El lenguaje del metal

Homenaje a un artista influenciado por sus viajes y por la poesía, dos de los temas más recurrentes en su vasta obra.

El maestro Negret en su casa en Bogotá. /  Cortesía Cromos - Inaldo Pérez
El maestro Negret en su casa en Bogotá. / Cortesía Cromos - Inaldo Pérez

“… el teléfono sonó tres veces en mitad de la noche y la voz al otro lado preguntó por alguien que no era él”. En la novela de Paul Auster sucede así. Sólo ahí.

A la 1:30 a.m. la voz al otro lado de la línea dijo: “Joven Jaime, lamento despertarlo”. Era una llamada urgente, una petición importante: Édgar Negret buscaba poesía y no la encontraba en su biblioteca. De ahí la llamada a su sobrino, Jaime Carrasquilla Negret.

Con un cigarrillo entre los labios, el sobrino se acercó a la biblioteca para encontrar un tomo de José Asunción Silva. Regresó al teléfono. Cuando la lectura paró, el reloj daba las 4:00 a.m. “Sigue leyendo bien. Ahora en la mañana pasan por el libro. Que descanses”, y colgó.

Abstracto fue la denominación oficial. “Soy concreto. Creo que quien ha estado en el abstracto, ya puede hablar de todo. Está armado de un vocabulario. Lo abstracto es lo abstraído, lo simplificado de la realidad”.

Uno de los vehículos para encontrar el lenguaje, las palabras para moldear el metal, fue la poesía. Entre 1944 y 1945, el maestro Negret realizó una serie de homenajes en forma de monumento a Porfirio Barba Jacob, Gabriela Mistral y Guillermo Valencia.

Fue con Valencia, nacido también en Popayán, que Negret dio algunas de las primeras muestras de lo que sería su obra, al menos en términos de visión. ¿Qué buscas? Me busco.

La idea de las autoridades era un homenaje, de pronto algo en forma de estatua, de figurativa reacomodación del personaje en un material que resistiera los días. Lo que salió de las manos de Negret fue la Cabeza de Valencia, una pieza que no se ciñe a los hechos, sino más a la intención y a la visión particular: lo real reinterpretado por la visión del artista.

La escultura, entonces, como termómetro interior. “Cuando encuentro cosas con las manos que concuerdan con lo que tengo adentro y que me era desconocido, llego a un estado en el que se podría hablar de un gran orgasmo espiritual”.

Celebrar la obra del escultor es honrar la disciplina con la que desarrolló un lenguaje forjado con el calor del soplete contra el metal, un material que conoció como posibilidad narrativa en el Clay Club Sculpture Center, de Nueva York.

El trabajo de Negret es un elemento indisoluble de sí mismo. Mi obra soy yo; una especie de mutación del “Madame Bovary soy yo” de Flaubert.

Sus estructuras responden a las cuestiones que también le fueron planteando los lugares en donde vivió: Popayán, Nueva York, Madrid, París, Mallorca, Bogotá.

El choque entre una ciudad sin semáforos (Popayán) y un lugar con trenes que paraban cada 10 minutos en las estaciones subterráneas (Nueva York) lo llevó a reflexionar sobre las máquinas. En París se volvió asiduo visitante de las misas cantadas como una forma de conectarse con una dimensión mística, desprovista, sin embargo, de carácter religioso.

La primera experiencia impactaría su obra, pues el concepto de máquina permeó su producción, no tanto como un saludo a la ingeniería, sino más como la respuesta poética ante un mundo entregado a la tecnología. En palabras de Marta Traba: “Negret trata con serenidad de dar una crónica del mundo hecha a imagen y semejanza de esa seguridad inalterable en el dominio del hombre sobre las cosas”.

Lo segundo dejaría una semilla que perduraría en su trabajo. Una tarde en París alineó sus obras con temática religiosa. Después de analizarlas encontró que sólo aquellas que bordeaban la simetría albergaban un sentido de religiosidad. Parafraseando a un crítico: la obra de arte como una herramienta que sirve a un propósito espiritual.

El maestro abandonó su taller en el 2000. Aún no resulta claro si fue cáncer, dolencias cardíacas, alzhéimer, todas las anteriores. Sus fuerzas se agotaron y lo que continuaba saliendo de su taller eran obras aprobadas por él y legadas a sus asistentes, a quienes denominó como parte de su familia, de acuerdo con un texto publicado en la revista Cromos. Negret era el último de nueve hijos.

En sus últimos años, el maestro a veces visitaba algunas de sus esculturas ubicadas en sitios públicos de Bogotá. Sus asistentes dejaron de llevarlo a estos lugares por la tristeza que le producía ver el estado de descuido de su trabajo.

La vocación de Édgar Negret llegó pronto en la vida, de niño, en Popayán. Sería artista. Tal vez esa claridad fue una de las cosas que le permitieron desarrollar una vasta obra de varios cientos de piezas que descansan en museos, colecciones privadas y algunas plazas públicas de ciudades como Bogotá. Adoptó el sombrero a los 26 años.

El discurso necesita tiempo, exploraciones, viajes, dudas y lecturas. Un lenguaje con varias décadas de maduración siempre en el tránsito continuo hacia la representación por medio de la forma, los materiales y el volumen. Arañar el fuero interior para que brote el metal.

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