¿Qué ha pasado con la Feria del Libro?

DESDE ABRIL DE 1988, EDITORES, distribuidores, libreros, escritores, lectores e intelectuales se han dado cita en la Feria Internacional del Libro de Bogotá.

Encuentro tras encuentro, la Feria ha intentado anudar una gigantesca plaza comercial con un magnífico evento cultural. Por esta razón, el desarrollo de la industria editorial ha estado siempre acompañado de música, danza, pintura, fotografía, películas, documentales, al igual que de cientos de talleres para niños y encuentros especializados. Hoy, la vigésimo tercera edición de la Feria abre sus puertas. Con 500 expositores, 100.000 títulos exhibidos y más de 30.000 metros cuadrados de espacio habilitado, Corferias y la Cámara Colombiana del Libro esperan mostrar por qué es éste el tercer evento editorial más importante de América Latina.

Cada año, sin embargo, y a pesar del gran esfuerzo, las expectativas son menos ambiciosas. La Feria todavía es un importante evento, pero está perdiendo fuerza con respecto a la feria de Guadalajara y a la de Buenos Aires. Bogotá ha preferido las alternativas más seguras y ese exceso de prudencia le ha restado vigor y ha dado lugar a críticas que incluso le auguran su fin. Posición infundada, por supuesto. La Feria del Libro seguirá siendo un gran evento cultural, las tertulias y exposiciones se llevarán la atención de los visitantes y los eventos especiales, como el III Encuentro Internacional de Periodismo de Opinión, serán bienvenidos por muchos. Pero, con todo y su éxito, que nadie discute, un cambio de norte sí se deja entrever.

No pasa inadvertido que los mejores locales son, desde hace un tiempo, para las librerías comerciales. Esta vez, Panamericana tiene dos pabellones exclusivos y el Fondo de Cultura Económica tiene un pabellón de país invitado, más sus propios puntos. Las pequeñas editoriales y las académicas están más bien escondidas y carecen de atractivos que inviten al lector. Aunque es difícil lograrlo, la Feria sí debería mantenerse fiel al doble objetivo de antojar al público con miles de libros de distinto género y origen, al tiempo que les abre oportunidad a editoriales pequeñas y académicas para darse a conocer. Sería una tristeza que este tradicional evento terminara, con el tiempo, convertido en una oportunidad para las grandes casas de salir de sus saldos, que ya de por sí están disponibles todo el año a lo largo del país.

Tampoco deja de llamar la atención la falta de participación internacional. Valdría la pena preguntarse cuál puede ser el interés de verse continuamente el propio ombligo. Éste debería ser un espacio para mostrarles a los visitantes, a través de una gran variedad, en qué consiste la lectura y antojarlos a coger el hábito de leer. El promedio de dos libros por ciudadano al año es algo vergonzoso, pero lo es más aún que al amplio abanico de la oferta sólo estén accediendo aquellos que pueden viajar al exterior. Los libros no deberían ser un gran privilegio. Traer editoriales extranjeras —de Canadá, de EE.UU. y de Europa— es difícil, pero no imposible. Sin mencionar, por supuesto, a los vecinos. Ya hemos dado un paso grande al traer escritores internacionales y uno aún mayor en tener varias editoriales con sede en Colombia, pero queda tarea por hacer.

Aunque hay quienes le temen a la llegada de la competencia, un gremio más preparado y dinámico es clave para enfrentar lo que viene: las nuevas tecnologías. Los libros de papel tenderán a disminuir su importancia, al igual que el periódico impreso, pero por muchos años seguirán conviviendo con los electrónicos. Lo importante es irse ajustando a las nuevas tendencias y aprovechar que el 75,5 por ciento de los encuestados por el DANE dicen leer por gusto, en pantalla o en papel. La lectura se puede generalizar mucho más en el país, y eventos como la Feria del Libro son vitales para este propósito. Es importante darle más fuerza, lo que presupone reconocerle los logros pero también verle los errores y no perderse en el ánimo festivo que por algún motivo envuelve toda actividad cultural.

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