El retorno de la diplomacia

GUARDAR LAS FORMAS NO SIGNIfica renunciar a los principios ni ceder en los intereses.

Dicen los expertos que en diplomacia “la forma es fondo y el fondo es forma”, de manera que al margen de que la llegada a la Presidencia de Juan Manuel Santos, en esencia un continuador de Álvaro Uribe, no haya cambiado la agenda internacional, sus reuniones con Rafael Correa, el mismo 7 de agosto,  y con Hugo Chávez el pasado martes revelan un cambio significativo en la forma de gestionar la política exterior y, si nos atenemos a la máxima antes enunciada, también un cambio de fondo.

La utilización de la diplomacia directa, al más alto nivel, no puede pasar por alto las particularidades de cada caso y las lecciones que arroja. En la relación con Ecuador, es evidente que los progresos alcanzados son resultado no sólo de la voluntad de ambos países para avanzar, sino también de un proceso en el que los avances han estado sujetos al cumplimiento de tareas y compromisos. Entregadas las copias del disco duro del computador de Raúl Reyes, lo que queda por delante es, al parecer, menor y posible. Ya lo dijo Correa en una de las múltiples declaraciones que dio a los medios colombianos el fin de semana: tendrían que ocurrir hechos extraordinariamente graves para que el proceso de normalización se interrumpa.

En cuanto a la relación entre Colombia y Venezuela, en una decisión riesgosa que invierte el orden del hasta ahora venturoso proceso con Ecuador, pero que refleja la prioridad que se le está otorgando a lo bilateral, Santos y Chávez decidieron restablecer por completo las relaciones diplomáticas. La Declaración de Principios y la creación de las comisiones que se encargarán de gestionar los asuntos prioritarios son un buen principio para un proceso sobre el cual hay que guardar, para utilizar las palabras de la canciller María Ángela Holguín, un moderado optimismo.

La prioridad en la agenda, como se mencionaba el martes en ese espacio y ha sido reconocido por los dos mandatarios, es la restitución de unos niveles mínimos de confianza. No más diplomacia de micrófono y el establecimiento de un “teléfono rojo” para contener cualquier crisis antes de que escale. Acordado ese punto, sin el cual el resto de la temática es inviable, las cinco comisiones se ocuparán de los otros ítems, cuestiones de vieja data que van desde las relaciones comerciales (el bloqueo y el pago de la deuda a los exportadores colombianos), hasta los espinosos temas de seguridad, pasando por la atención a la problemática de la extensa frontera común.

Después del rompimiento ocurrido a raíz de la incursión en Ecuador, a la que sucedió una de las varias amenazas de guerra por parte del presidente Chávez, nunca se recobró la normalidad. Los embajadores en Caracas y Bogotá se volvieron actores ignorados, prácticamente invisibles, en la tambaleante relación, en tanto las cancillerías limitaron su papel a la de rectificadoras o cajas de resonancia de declaraciones emitidas por funcionarios sin responsabilidad en el manejo de la política exterior.

La reunión del martes entre un líder disminuido y acosado por la dura realidad interna, a un mes de una crítica elección interna, y un presidente que estrena credenciales es, en todo caso, buena noticia. De aquí en adelante los responsables del proceso, las cancillerías, tendrán que andar con pies de plomo para evitar que se altere el precario equilibrio que se ha empezado a construir. La realidad de hace una semana no ha cambiado, algunos de los temas sobre la mesa probablemente no se resolverán en tiempo previsible, lo que no puede ser óbice para que se mantenga interlocución civilizada, pues la vecindad es inevitable y a perpetuidad. Por esa razón, y especialmente por el bienestar de la población fronteriza, el retorno de la diplomacia es más que bienvenido.

 

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