La potencia regional

NO ES POCO LO QUE SE HA DICHO, en los últimos años, con respecto a la forma en que Lula ha transformado a Brasil durante los dos períodos al frente del gobierno.

Esto le permitirá retirarse con unos niveles de aprobación personal del 83%, así como posicionar a su país como la potencia regional que ejerce una creciente influencia dentro del continente. En octubre se llevarán a cabo elecciones para escoger su sucesor en una contienda en la cual Lula, sin participar directamente, será el tercer actor decisivo.

En el plano interno los cambios experimentados son sorprendentes para un país que por su extensión, población y actividad económica y comercial es un continente en sí mismo. Para ser justos, la mayor parte de los mismos tuvieron como antecedente la exitosa gestión de Fernando Henrique Cardoso, quien puso la casa en orden. Todo esto ha sido recibido y aumentado por un sindicalista que tras ganar las elecciones hizo “temblar”, de manera absurda, a las agencias calificadoras de riesgo, que vieron con temor a un hombre de izquierda en el poder. Sin embargo, los hechos le han dado la razón a Lula, quien en lo económico ha aplicado lo que algunos denominan como un “neoliberalismo con profundo contenido social”, que ha permitido que los beneficios se traduzcan en amplios y eficientes programas sociales para que 20 millones de brasileños salgan de la pobreza.

Con el frente interno fortalecido, el presidente brasileño se empeñó por igual en lograr un sueño recurrente para Brasil: ser un actor de primera línea en el ajedrez internacional. De esta manera, la diplomacia de Itamaraty se dirigió a fortalecer su presencia regional y mundial. El año pasado no le fue muy bien en la crisis en Honduras, donde su papel de mediación no obtuvo resultados positivos. Pero impulsó la creación de dos foros regionales que sirvan de contrapeso a Washington. El primero fue Unasur, con un papel muy activo en la reciente crisis entre Venezuela y Colombia, desplazando a la OEA y a Estados Unidos, así como la incipiente Unión Latinoamericana y del Caribe, que se lanzó a comienzos de este año en México. De igual manera, Brasil continúa en su campaña por lograr uno de los puestos permanentes en el Consejo de Seguridad de la ONU, en representación de la región, si se aprueba dicha posibilidad.

A la vez, es evidente su alejamiento de Obama —con quien inicialmente Lula mantuvo las mejores relaciones— debido al candente tema nuclear con Irán. En este último caso entró a jugar en las grandes ligas al proponer una fórmula conjunta con Turquía, desairando a Estados Unidos, para evitar que se impusieran sanciones al país musulmán. A pesar de que en este escenario Brasilia todavía no ha logrado ganar el espacio definitivo, no hay duda de que su peso específico ha aumentado de manera significativa merced a su importancia económica y política.

Estos y muchos otros esfuerzos le permitieron a Lula escoger a Dilma Rousseff como su candidata dentro del PT para sucederlo. Ella, en representación de la izquierda, se enfrentará a Jose Serra, ex gobernador y alcalde de San Pablo, apadrinado a su vez por Fernando Henrique Cardoso, en nombre de la centro-izquierda del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB). En esta medición de fuerzas la imagen de Lula va a pesar de manera significativa, pues la mayoría de la opinión pública se inclina en las encuestas por la continuidad que representa Dilma.

Lo cierto es que, sea cual fuere el ganador, todo parece indicar que la frase de Lula, según la cual “Brasil se ha cansado de ser de segunda clase", continuará su camino a la confirmación. De ahí que resulte tan significativo que el presidente Santos haya escogido ese país para su primera gira internacional. El futuro de Colombia, no hay duda, irá cada vez más de la mano del de Brasil.