Dolor a la patria

EL ATAQUE GUERRILLERO DE LA madrugada del viernes pasado es, por ahora, el último episodio de una serie lamentable y dolorosa de arremetidas contra la Fuerza Pública de Colombia.

En un fallido intento de las Farc por ingresar al casco urbano del municipio de San Miguel, Putumayo, nueve policías perdieron la vida. El primero de septiembre en Caquetá, 14 más fueron muertos e incinerados por el mismo grupo terrorista. El primer domingo de este mes, cinco soldados, en un paraje del municipio de El Bagre, en Antioquia, fueron asesinados por el Eln. Como si no fuera suficiente, tres policías perdieron la vida en ataques de las Farc cerca de las fronteras con Ecuador y Venezuela a comienzos de mes y otros seis perecieron hace una semana en una incursión conjunta de esa guerrilla y el Eln en una zona rural de Samaniego, en Nariño. A una acción conjunta se atribuye también el atentado del pasado miércoles contra la sede de la central estatal de inteligencia en Pasto, que dejó trece heridos.

Así las cosas, van 37 policías y militares asesinados y por lo menos 50 heridos en lo corrido del mes. Número que genera indignación y rechazo. Y que responde al ya conocido saludo al gobierno que comienza. Es difícil olvidar el atentado del 7 de agosto de 2002, en el que las Farc lazaron varios cohetes durante los actos de posesión presidencial de Álvaro Uribe y que, al desviarse, mataron a 27 personas en el barrio El Cartucho. Saludo que se complementó cinco meses después con el carro bomba en el Club El Nogal, que dejó un saldo de 36 muertos y más de 200 heridos. También se recuerda que al ex presidente Pastrana, además de un par de atentados personales, se le inauguró con ataques contra la base antinarcóticos de Miraflores, contra la sede del DAS en Cúcuta, contra la Cuarta Brigada en Medellín y contra otros cuarteles del Ejército. También esperaron al ex presidente Samper agresiones a la infraestructura petrolera, retenes y emboscadas en las que cayeron por igual soldados, policías y civiles.

Los eventos sugieren, entonces, que las guerrillas colombianas quieren mostrar, de nuevo, que aún mantienen presencia en el país y que cuentan con la capacidad suficiente para golpear a la Fuerza Pública. Quieren mandar el mensaje de que todavía son fuertes y poderosas. No obstante, golpean con el conocido método de aquellos que son incapaces de sostener una lucha frontal: el terrorismo. Por fortuna, sus atentados hasta ahora no han logrado el muy anhelado pánico. Aunque los titulares se han sentido, éstos han venido acompañados más de repulsión y tedio que de un miedo generalizado. Si bien se sabe que la situación del país es compleja, que la guerrilla se transforma más rápido que el Ejército y que ahora cooperan, no sólo entre ellos sino además con las llamadas Bacrim, el país no parece haber perdido la recobrada confianza en el Estado.

 Todos reconocemos que la situación en los departamentos del sur del país es grave y que las fronteras hacen más compleja la defensa. También, que mientras el narcotráfico exista, existirán sus hijos bastardos. Sin embargo, la confianza en las instituciones públicas hace que las cosas ya no sean las mismas. Es muy probable que no veamos “al terrorismo totalmente doblegado”, como aseguró el presidente Santos. Sin embargo, confiamos, y con buenas razones, que las guerrillas están debilitadas y que la Policía y las diversas fuerzas militares están en capacidad de sostener el esfuerzo. Claro está, no sin una revisión de estrategias y frentes de combate, que parece necesaria.  Esperemos  que el saludo al nuevo mandatario sea corto y que no sean más los muertos que pague la Nación por las simplistas, anacrónicas y devaluadas pretensiones de los alzados en armas, pues aunque no generen zozobra, a la patria le duele, y bastante, la muerte de sus héroes y servidores.

 

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