Íngrid y el odio

QUE ES UNA MALA MUJER, DI- cen unos. Que ni siquiera abrazó con cariño al hombre que luchó aquí y allá por su liberación. Sólo un beso frío y distante fue su premio, aseveran. Tampoco lograron gratitud los demás secuestrados, dicen otros. Esa mala mujer se fue al exterior y se olvidó del país.

Ahora sí es francesa, qué tal la conveniencia, qué tal la traición, enjuician unos más. Igual, era de esperarse, añaden los que se unen al rechazo, al fin de cuentas, lleva la misma sangre de Yolanda Pulecio, esa otra mala mujer que despotricó del mismo gobierno que le rescató a su hija. Son ambas unas desagradecidas, sentencian. Esas brujas, esas arpías, vinieron al aniversario de la avanzada militar y sólo dos días después presentaron una “simbólica” demanda contra el Estado. Y, ahora, como si la desfachatez no fuera suficiente, se volvió escritora y va gritando a los cuatro vientos que la misma sociedad que rezó y marchó por ella, es despiadada. Que se vaya o se muera mejor, se lee en foros virtuales y redes sociales.

Difícil y preocupante reacción, sin duda. Es cierto que Íngrid Betancourt se convirtió en una figura pública que no asumió con acierto y responsabilidad su visibilidad y poder. Es cierto que varios de sus discursos y acciones desconocieron y ofendieron el país entero. Y es cierto también que su personificación de “víctima especial”, de víctima de víctimas, no tiene sentido en una sociedad que ha sufrido, sin excepción, las consecuencias de la violencia. Pero a pesar de sus errores, nadie puede olvidar que ella es una mujer que duró seis años en la selva en condiciones infrahumanas y Yolanda Pulecio, una madre con su hija secuestrada. El país no puede, de buenas a primeras, perder la sensibilidad de tan extenso y extremo sufrimiento. Un sufrimiento de tal magnitud, que rebasa la imaginación de los que han podido permanecer a salvo. Se puede disentir, por supuesto. Se puede juzgar su actitud, manifestar la distancia e, incluso, hacer pública la decepción. Pero vociferar odio de la manera como se ha hecho esta semana con motivo de la aparición de su libro no hace más que convertir a esta sociedad en la “despiadada” que la ex candidata del Partido Verde Oxígeno denunció el domingo en este diario.

Mal se hace al aborrecer de esa manera a una víctima del conflicto y peor aún cuando además se le responsabiliza de su suerte. Como le dijo Íngrid en su entrevista exclusiva para El Espectador a Héctor Abad: “Lo que me sucedió a mí, les sucede a las víctimas en Colombia todo el tiempo. Matan a un cura y dicen que tenía relaciones con los paramilitares; matan a una mujer o la violan, culpa de ella: se prestó. En Colombia no aceptamos que las víctimas sean víctimas”. Razón no le falta. Pareciera como si el país necesitara descargarse de la responsabilidad. O peor, que la violencia ha calado de tal forma que se juzga necesaria. Está muy mal una sociedad que hace culpables a las víctimas de lo que hacen sus victimarios.

Sin entrar al torpe juego de odios y amores, es necesario detener la avalancha de rencor y revisar con cuidado las implicaciones de juicios tan severos. El calibre de los calificativos que ella ha recibido no refleja la magnitud de sus faltas sino la voluntad de una sociedad deseosa de una caza de brujas. Los comentarios que la desacreditan como mujer y como víctima son muy desafortunados. Ella puede amar y dejar amar, hablar y dejar de hablar y refugiarse en el país del mundo que prefiera. Colombia no puede mirar hacia abajo desde una falsa grandeza, desconocer el dolor de un largo encierro y condenarla con desprecio. La insensibilidad tiene límites y la opinión pública hace tiempo está excedida. Puede que no se compartan sus actitudes, pero la obligación al respeto nunca se suspende.

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