El que a hierro mata

Hay una jerarquía de la maldad. Incluso en el Infierno hay diablos más malos y menos malos. Lo mismo ocurre en las jerarquías del secretariado (el secuestrariado, le dicen otros) de las Farc.

Leyendo el libro de Íngrid Betancourt uno se da cuenta de que entre los comandantes Joaquín Gómez y Jorge Briceño, alias Mono Jojoy, hay un abismo. Cuando los secuestrados entran en contacto con el primero, sus condiciones de vida mejoran un poco. Uno diría que Gómez conserva una brizna de compasión humana y no carga aún más la mano contra los secuestrados.

Cuando se leen los relatos sobre el secuestro escritos por Clara Rojas y por Íngrid Betancourt, uno se da cuenta de que las versiones difieren mucho y en algunos casos radicalmente. Clara dice que ella solicitó un diccionario y que luego Íngrid se apropió de él, cuando al fin se lo dieron.

Íngrid dice que fue ella quien pidió el diccionario y que en ciertas horas lo compartía. Clara afirmó que era mentira que ella hubiera pedido permiso para tener un hijo; Íngrid escribe en su libro que ese permiso se pidió.

También difieren las visiones de ambas sobre el Mono Jojoy. En el caso de Clara, su paso por el campamento no parece tener mayores consecuencias. Para Íngrid, es evidente que pasar del frente de Gómez al de Jojoy significó un deterioro de la situación de los secuestrados.

La memoria es frágil, la memoria tiende a justificar moralmente nuestras actuaciones. El recuerdo de un hecho, en la mente de dos personas distintas, parece más bien el recuerdo de dos hechos. Frente a dos recuerdos distintos, no es necesario que una de las dos personas esté mintiendo. En buena fe, cada una puede recordar cosas distintas. Si el destino de la mayoría de los embarazos de las guerrilleras de las Farc es el aborto obligatorio, ¿no habría sido lo más normal que las Farc obligaran a abortar a Clara Rojas? ¿No habrá tenido entonces que pedir autorización, como cualquier guerrillera, para seguir adelante con el embarazo? Parece probable.

En todo caso, en No hay silencio que no termine, el libro de Íngrid, es evidente que el Mono Jojoy pertenecía no sólo al ala dura y más militarista de las Farc, sino también a aquellos que tenían una visión más selvática (e incluso más salvaje) de la guerrilla.

Desde las mismas conversaciones del Caguán es evidente que quien estaba más en contra de cualquier negociación era Jorge Briceño. Por esto mismo da la impresión de que en este caso no había alternativa para el Gobierno: este era un guerrero que debía derrotar o ser derrotado. Para su caso no había la solución del diálogo. El único diálogo que él admitía era el del intercambio de disparos.

El Mono Jojoy parecía destinado, y así lo confirma su final, a cumplir aquel proverbio popular de origen evangélico: “El que a hierro mata, a hierro muere”.

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