Entre copas y entre mesas

El México del vino

Los primeros viñedos plantados por los españoles en este continente brotaron en México, en 1521, unos 33 años después del descubrimiento y a escasos doce meses del desembarco ibérico en territorio azteca.

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Cada vez que menciono la posición de México como primer productor de vinos de las Américas, las caras de mis contertulios proyectan categóricas muecas de incredulidad. Claramente, no se la creen. A ellos que les hablen de tequila, mezcal, pulque o pozol. Incluso, de cerveza. Pero ¿de vinos mexicanos?

Como en alguna ocasión lo mencioné, los primeros viñedos plantados por los españoles en este continente brotaron en México, en 1521, unos 33 años después del descubrimiento y a escasos doce meses del desembarco ibérico en territorio azteca.

La necesidad de producir vinos era vital para los conquistadores, quienes los requerían no solo para la eucaristía, sino para proporcionarse alimento, calorías y algo de placer.

Por eso, en uno de sus primeros edictos, Hernán Cortés ordenó a los nuevos colonos españoles plantar sarmientos (mil plantas por cada propiedad entregada en concesión).

La orden de Cortés recibió el aval del rey Carlos V, quien en 1531 decretó que cada embarcación enviada al Nuevo Mundo transportara vides para cultivar. Resultaron tan acertadas estas decisiones que, hacia finales del siglo XVI, México se había convertido en productor autosuficiente, reduciendo sus compras a las vitícolas andaluzas.

En 1597, México produjo su primer vino comercial en las instalaciones de la Misión de Santa María de las Parras, en el estado noroccidental de Coahuila. El recinto alberga hoy a Casa Madero, la bodega más antigua del continente.

Inspirado en Santa María de las Parras, el sacerdote Juan Ugarte fue estableciendo misiones con bodegas anexas, hasta llegar al actual estado de California, principal productor de vinos de Estados Unidos.

También florecieron viñedos en Aguascalientes, Baja California (Valle de Guadalupe), Chihuahua, Durango, Guanajuato, Nuevo León, Puebla, Querétaro, Sonora y Zacatecas.

Pero no todo fue prosperidad. En 1699, el rey Carlos II introdujo medidas proteccionistas que prohibían la elaboración de vinos en las colonias americanas. Fue un rudo golpe para México, que solo quedó autorizado para elaborar vinos sacramentales.

En consecuencia, pocos viñedos mexicanos quedaron en pie. En los siglos posteriores, la vitivinicultura estuvo llena de altibajos, entre ellos una serie de violentos conflictos entre colonos y la población nativa. Pero uno de los mayores retrocesos se dio con la decisión de los revolucionarios mexicanos de prohibirle a la Iglesia tener posesiones en suelo nacional. Lamentable, porque, durante centurias, la Iglesia fue depositaria, tanto en Europa como en América, de todo lo relacionado con el arte de hacer vino.

Posteriormente, en el siglo XX, también hubo tiempos de bonanza y de crisis. Pero más recientemente, en los albores del XXI, se ha visto un renacimiento gracias al apoyo de conocidos cocineros, quienes incluyen en sus restaurantes vinos locales al lado de reconocidas etiquetas europeas.

En una próxima visita a México pregunte por los vinos de Casa Madero, Monte Xanic, Vinos Bibaoff, Cavas Valmar, Casa de Piedra, LA Cetto, Casa Pedro Domecq y Bodegas Ferriño, entre otras. Y pronto se enterará de que muchas han recibido cientos de reconocimientos y trofeos en concursos internacionales.

Variedades tintas —como Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc, Merlot, Petite Syrah, Zinfandel, Nebbiolo, Barbera y Tempranillo— y blancas —como Colombard, Chenin Blanc, Chardonnay y Sauvignon Blanc— conforman el repertorio de vinos mexicanos. Asimismo, el turismo enológico va en ascenso, beneficiando a regiones y bodegas por igual.

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Hugo Sabogal

Gastronomía

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