El Municipio Gendarme

Desde que el niño entra a casa de sus progenitores se vuelve sujeto del manipuleo a su existencia. Es casi un inválido y en sus necesidades básicas es suplido e interpretado por sus padres. Sus manecitas y sus lloros son las únicas señales que envía de que algo le inquieta, le duele o le escoce. Luego empieza a agradecer cuando la mamá y abuelos le enseñan a sonreír con tanto mimo. El bebé no puede voltearse en su cunita ni tampoco puede hacer lo que más tarde se le convierte en ansiedad: tomar el pezón y chupar la leche amada.

Desde que apareció el poder de las ciudades-estado y luego de las naciones, el ser humano se ha visto avasallado por el control patriarcal de la autoridad. Su manera de vivir, de construir, y hasta de reproducirse, - de subsistir - se han visto reguladas. No hay casi actividad del hombre en sociedad que no sea intervenida por el Estado. Vive casi maniatado y tiene atrás en el cogote una mirada incógnita que le sigue a todas partes. Ni siquiera su vida privada está ausente de la tutela odiosa de las leyes. Un ojo encima del techo de su casa está abierto siempre a sus acciones. Para eso se crearon los Consejos revolucionarios y las redes de informantes. Hitler las llamó SS o SA,  Mussolini las Camisas pardas y el tierno padrecito Stalin las bautizó como la KGV. ¡Qué estados tan paternales!

Se acabó el Estado interventor y de bienestar que inventaron los franceses que protegía y  subsidiaba a los hijos más zoquetes. Ya no habrá trabajo fácil, no habrá drogas en las clínicas, no habrá frutos en el campo, la propiedad privada será para los amigos del Estado. ¿La labor del Estado es apenas poner en el potro de tortura al ciudadano para que produzca impuestos con la lengua afuera y los zapatos rotos? Alguien tiene que sostener al mandatario, a los ministros, a los jueces y a la banca.

Pero a un Alcalde nadie lo ronda. Es la verdad. Él dejó de ser ciudadano. Es el padre de familia sibarita. Cobra su sueldo puntualmente, tiene aire acondicionado en su cuarto y quien le escriba los decretos. Su firma es muy corta y no gasta ni tinta. Asiste a almuerzos y no le queda tiempo para salir al sol ni necesita impermeable para guarecerse en la lluvia. El micrófono y las cámaras corren hasta su mesa para coger la última chiva. Y tiene a sus hijos a raya.

Mientras tanto ¿qué pasa en las calles y cuál es la vida del ciudadano corriente? Obedecer el desenfado del padre burocratizado. Que se abstenga de tomar su cervecita en la puerta de su casa, que tome la escoba y barra andén y calle, que maneje con precaución por entre huecos y lodo, que espere hasta el 2010 para estrenar los buses en bodega, que pague puntual los servicios caros y los  impuestos.

¿Acaso no tiene él también responsabilidades? ¿Hasta cuándo despegarán sus planes y obras? ¿Se acabarán un día los estudios, reuniones de trabajo y empezará en dos años a mostrar resultados? Es bueno mandar a los súbditos y andar en coche, pero en la campaña se habló del médico atento para la ciudad enferma, que cada vez se pone más grave. ¿Hasta cuándo el hombre de la calle será niño de cuna que aguante llorando a un padre ausente?