Irlanda le dijo ‘No’ a Lisboa

EL NO DE IRLANDA AL TRATADO DE Lisboa, que se firmó el 13 de diciembre
de 2007 y debía entrar en vigencia el 1° de enero de 2009, ha puesto
sobre la mesa varias de las contradicciones que desafían el proceso de
consolidación de la Unión Europea.

Se trata de contradicciones sanas y además inevitables en el intento por profundizar la integración en el Viejo Continente. Los tropiezos no deben ser siempre interpretados como muestras de debilidad. Al contrario, los obstáculos son también oportunidades para aprender lecciones, lecciones útiles no sólo para Europa sino también para la integración latinoamericana.

Para empezar, queda una vez más demostrado que la construcción de consensos alrededor de temas políticos y de relaciones exteriores es muy complicada en Europa. Algunas de las cláusulas más importantes del Tratado de Lisboa incluyen cambios en el funcionamiento del Consejo Europeo para producir votos con mayorías más calificadas, un empoderamiento del Parlamento europeo y, más importante aún, la creación de un presidente del Consejo Europeo y de un alto representante para Asuntos Exteriores. Todo ello para facilitar una mayor coherencia y unificación de las políticas de la UE. Finalmente, en caso de ser ratificado, el tratado hace de las provisiones de derechos humanos incluidas en la Carta de los Derechos Fundamentales, normas de obligatorio cumplimiento.

Éstos, por supuesto, no son temas menores y el contenido del tratado es complejo. Por ello, en los otros 26 países de la Unión Europea son los poderes Ejecutivo y Legislativo los que deciden la aprobación del mismo. 18 de estos 26 países ya le dieron el Sí. Sin embargo, Irlanda era el único país que, por ley, debía someter su contenido a referendo. Y estos referendos se han convertido, en cierta forma, en el talón de Aquiles de la Unión.

De hecho, el electorado europeo y sus políticos parecen ir en direcciones distintas en lo que a la integración se refiere. En 2000 el pueblo danés le dijo No a la moneda común; en 2001 los irlandeses le dijeron No al Tratado de Niza que reforma la estructura institucional de la UE (aunque un año y medio más tarde votaron a favor cuando el referendo se repitió); en 2003 los suecos rechazaron la adhesión al euro y en 2005 los franceses y holandeses le dijeron No a la Constitución de la UE. Lo interesante es que, en varios de estos casos, los partidos políticos mayoritarios se manifestaron públicamente e hicieron campaña en favor del Sí.

Algo no está funcionando. Algunos arguyen, con algo de razón, que se trata de una integración construida ‘desde arriba’, que no se ha preocupado por ‘vender’ bien su proyecto al electorado. El resultado es que pocas veces queda claro a favor o en contra de qué se está votando: ¿se trata de un Sí o un No al libre mercado? ¿A la globalización? ¿A la OTAN? ¿A favor o en contra de los inmigrantes?

Incluso, en ocasiones, los referendos se convierten en canales que los votantes utilizan para manifestar su insatisfacción con el gobierno de turno en su propio país. El electorado tiende a suplir su falta de comprensión (y a veces interés) en la letra pequeña de los tratados, con su posición en temas políticos más generales y más cercanos a su cotidianidad.

La lección no puede ni debe ser que para que la integración sea más rápida y efectiva debe ser menos democrática. Al contrario, lo que se necesita es justamente ir más allá de la dimensión puramente electoral y profundizar la participación de las diversas sociedades civiles en estos proyectos. Es decir, es de vital importancia intentar construir consensos ‘desde abajo’, no sólo para que el proyecto de una Europa unida sea más legítimo, sino también para que sea más real y de fondo y mucho menos formal y legalista.

Así, los acuerdos pueden ser de más largo plazo y menos sujetos a los vaivenes políticos de cada nación. Se trata de una lección de gran importancia para Latinoamérica en donde dichos vaivenes son drásticos y amenazan directamente la posibilidad de una unidad regional.

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