Los retos de la Cancillería

TRAS LA LLEGADA DEL NUEVO MINIStro de Relaciones Exteriores, Jaime Bermúdez, soplan vientos de cambio en la que ha sido una de las más cuestionadas carteras del gobierno del presidente Álvaro Uribe.

La enérgica (y oportuna) carta de protesta enviada por el nuevo Canciller al presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, quien, de manera desafiante, catalogó de “amigos” a los guerrilleros de las Farc, y la exitosa visita del presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, que terminó con la inclusión del país en el Consejo de Seguridad de la Unión Suramericana, son anticipos, muestras tempranas de la habilidad y la capacidad de gestión del nuevo funcionario.

Esta semana el canciller Bermúdez viajó a Europa y sus gestiones, aparentemente, comienzan a rendir frutos. Después de su encuentro con el canciller colombiano, el ministro de Asuntos Extranjeros francés, Bernard Kouchner, manifestó que su país “volteará la página en el tema de los secuestrados”. Atrás quedaron las críticas por el uso indebido del logo de la Cruz Roja o las sospechas sobre la ‘Operación Jaque’.

La expedición de las resoluciones 1373 y 1369 de la ONU contra el terrorismo y la inclusión de los grupos guerrilleros en la lista de grupos terroristas constituyen logros importantes de las relaciones exteriores colombianas. Pero éstos no son definitivos. Muchos países latinoamericanos se resisten a considerar a las Farc como un grupo terrorista. Varios gobiernos, incluso, parecen haber mantenido contactos con este grupo: los computadores de Raúl Reyes sugieren, por ejemplo, que algunos funcionarios brasileños tenían contactos  con las Farc. El canciller tiene, sin duda, un largo trecho que recorrer en este aspecto. Las Farc todavía tienen una política internacional actuante que es necesario neutralizar.

Pero este aspecto no puede copar toda la atención del nuevo canciller. Superar las dificultades con Ecuador es un asunto crítico, prioritario. Colombia, asimismo, debe recomponer sus relaciones con algunos sectores políticos de Estados Unidos. Las relaciones con el gobierno de Bush son inmejorables, con el Partido Republicano también, pero con algunos sectores del Partido Demócrata no lo son tanto. Por último, y quizá de mayor importancia, el país requiere urgentemente una política exterior profesional, coherente, con un horizonte de largo plazo. El servicio exterior no puede seguir siendo un dispensador de favores políticos o un refugio de burócratas en retirada.

Históricamente la diplomacia colombiana ha estado dominada por criterios políticos. La profesionalización ha sido un objetivo muchas veces enunciado, pero siempre aplazado. El Canciller tiene el reto de cambiar la historia, de eliminar la politiquería y modernizar una cartera en la que el clientelismo (y las formas decimonónicas) ha mandado por mucho tiempo.

El arribo del ex embajador de Colombia en Argentina resulta, en este complejo escenario, bastante esperanzador. Su experiencia en el manejo de las comunicaciones, su talante tranquilo y reposado, y sus excepcionales credenciales académicas permiten pensar que las relaciones exteriores entran en una nueva etapa. Los retos no son fáciles. El aislamiento internacional de las Farc es un objetivo importante, pero no puede ser el único. Hacemos votos para que las esperanzas depositadas en el nuevo Canciller se hagan realidad. Colombia lo necesita.

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