Y aun si lo interrumpiera…

POR FORTUNA PARA EL PAÍS Y PARA LA salud reproductiva de sus
habitantes, el Consejo de Estado rechazó la petición hecha por el
ciudadano Carlos Humberto Gómez para que el uso de la píldora del día
después, o píldora de emergencia, fuese prohibido.<br />

La píldora, más conocida como Postinor 2, fue avalada por el Instituto Nacional de Vigilancia de Medicamentos y Alimentos (Invima) e importada y vendida, en 2001, por Profamilia. Su utilización, recomendada para casos de emergencia en los que ha habido violación, accidentes en el uso de los métodos anticonceptivos tradicionales, o simple olvido, llegó a la cifra de 60.000 unidades vendidas en 2006. Desde entonces, el registro de ventas que maneja Profamilia indica que hubo una estabilización en la comercialización del producto y sugiere que al mercado entraron otros medicamentos que surten el mismo efecto.

La píldora ha sido entonces bien recibida por la población, a pesar de que desde que se aprobó fue objeto de demandas provenientes, en su mayoría, de personas que comulgan con la fe católica y consideran que su uso es equivalente a la práctica de un aborto. Sobre el particular se pronunció el fallo del Consejo de Estado después de escuchar lo que las autoridades médicas tenían para decir y quedó claro, para los que aún guardan dudas, que en casos de embarazo la píldora no afecta ni al feto ni a la mujer. La píldora previene el embarazo, no lo interrumpe.

La anticoncepción de emergencia, como cualquier otro método de anticoncepción, hace parte de los derechos al progreso científico y reproductivo que tenemos todos los colombianos. Pensar en su prohibición, 30 años después de que las políticas de planificación familiar permitieron que las personas escogieran libremente cuándo tener hijos y cuántos, es un sinsentido.

La religión católica, la misma que profesa la mayoría de los colombianos, ha sido reacia a aceptar las bondades de los métodos anticonceptivos. El único sistema que parecería servir, ineficiente e ingenuo, es el del ritmo. No se compadecen los altos jerarcas ni de las posibles enfermedades que se pueden contraer sin la adecuada protección, ni de las jóvenes madres que por inexperiencia o falta de educación se ven abocadas a la crianza de un niño sin haber terminado incluso los primeros niveles de la primaria.

El fallo del Consejo de Estado, oportuno y lógico, debe dar pie a que se abra un debate frente a los vertiginosos cambios culturales que vive el país y las recurrentes trabas que afectan la modernización de las costumbres. La Iglesia colombiana, en esta y en otras cuestiones como la de la despenalización del aborto en casos de violación o malformaciones del feto, sigue renuente a aceptar los mandatos promulgados por la ley. En sus doctrinas, sigue instando al personal médico encargado de realizar los abortos a ejercer la objeción de conciencia de manera tal que, dos años después de la despenalización, los resultados no han sido los esperados, ante las trabas interpuestas por médicos e incluso hospitales enteros.

Quizás sea hora de retomar algunas de las doctrinas del propio papa Juan Pablo II, quien, si bien en asuntos de familia solía ser bastante conservador, llegó a pronunciarse a favor de los anticonceptivos. La Iglesia colombiana, de cuyo papel depende en buena medida la salida a muchos de los problemas de pobreza que aquejan al país, debería considerar el avance que le significa al país mantener bajo control los índices de natalidad. Los cambios en sus doctrinas, aunque llegan, lo hacen demasiado tarde.

De cualquier manera, es un hecho que las fuerzas que dan forma a la sociedad y la hacen cambiar se sobreponen a las creencias religiosas, como bien lo ilustran, por ejemplo, los altos índices de divorcio y las relaciones prematrimoniales. El Consejo de Estado, en ese sentido, no hace otra cosa que reafirmar los derechos que con tanto trabajo han adquirido las mujeres en materia de independencia y libre desarrollo de su personalidad. Bien empleada, ya que no se trata de una herramienta de planificación sino de emergencia y por tanto no se debe utilizar regularmente, la píldora del día después, que incluso debería venderse sin receta médica y tras una serie de programas educativos de largo aliento, les permite a las mujeres hacerse cargo de sus cuerpos sin que interfieran en ello terceros de ninguna naturaleza.

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