¿Dónde está Facundo?

Algunas de las masacres paramilitares de los últimos años llenaron de sangre y horror San Onofre. Informe de Sergio Fajardo.

La parapolítica en su máxima expresión, alcaldes encarcelados, corrupción, etc. Uno de sus corregimientos, a 17 kilómetros de la cabecera municipal, está a la orilla del mar y tiene unas playas preciosas, se llama Rincón del Mar. Desde allí, el pasado 10 de enero a las 6 a.m., salí en bicicleta con un amigo rumbo a San Onofre (Sucre). Carretera destapada en la mayor parte del trayecto (dicen que en el municipio aparece pavimentada cuatro veces). Antes de las siete de la mañana llegamos y paramos a tomarnos un tinto, en frente de la casa de una señora que había sacado una mesita a la acera para vender tinto dulce y empanadas.

Cuando estábamos tomándonos el primer tinto, pasó al lado un joven que se dirigía a su trabajo y, no sé por qué, se me ocurrió preguntarle:

– Amigo, ¿me puedes dar el nombre de una persona de este pueblo que te merezca respeto, admiración y que orgullosamente puedas señalarlo como ejemplo?

Sorprendido, y después de pensar por un momento, me respondió:

– Políticos no hay.

– Me imaginé —le dije— pero, otra persona, no tiene que ser un político.

De nuevo pensó y me dijo, Facundo Blanco.

–¿Y quién es Facundo Blanco?, le pregunté.

– Es un ingeniero, sanonofrino, profesor, una persona seria, respetuosa, decente y estudiosa, que quiere a su pueblo y entiende el país.

Un par de minutos después se acercó al lugar una señora y le pregunté si conocía a Facundo Blanco; me dijo que por supuesto y al interrogarla sobre la calidad de persona repitió, más o menos, las mismas palabras del joven.

Entonces mi amigo les preguntó dónde vivía Facundo Blanco, y nos señalaron el parque, dos cuadras más abajo, en la casa de la esquina. Todo el mundo lo conoce.

Decidimos ir a buscar a Facundo.

La casa queda en una esquina y está pintada con color mostaza. Tocamos la puerta. Nos abrió una mujer que nos miró atónita. Me presenté. Era la hija de Facundo, quien no estaba; me reconoció, le conté por qué estábamos allí y le pedí una forma de comunicarme; me dio el número del celular de su papá. En la noche llamé a Facundo, le manifesté la razón de mi curiosidad por conocerlo y quedamos en vernos el día siguiente a las 7 a.m. Allí aparecimos cumplidos, él estaba en la puerta esperándonos y nos invitó a seguir.

Nos sentamos a charlar. Estudió Ingeniería Industrial en la Universidad de Antioquia; sus hijos e hija también habían ido a estudiar sus carreras profesionales a Medellín. Fue profesor en la Universidad de La Guajira y en la Tecnológica de Bolívar. Le pregunté si tenía interés en política y me dijo que en algún momento había participado en un movimiento cívico, que había apoyado a un alcalde que fue bueno, Lubián Pérez, y con un tono de nostalgia y amargura, mencionó que lo habían asesinado en una masacre. Nos dijo entonces,

– Ese día me salvé porque tengo zancada larga.

La frase todavía me estremece. Al ver sus ojos no quise preguntarle por detalles. Dejé que sus recuerdos fueran sólo suyos. Contó cómo funcionaba la política en la región, la plata y el ron para el día de las elecciones, y todo lo que sabemos acerca de la compra de votos y conciencias. Los esquemas bien conocidos de contratación pública. En resumen, las formas más burdas de politiquería y corrupción. Nada nuevo, después de todo.

Le conté que estábamos haciendo política, una política diferente. Política que no compra conciencias, que no paga por un voto ni por un líder, que no le pone precio a la dignidad de las personas, que no negocia los intereses públicos. Lo invité a que nos acompañara, me dijo amablemente que le entusiasmaba, compartía nuestros sueños, y que después de tantos años necesitábamos recuperar el sentido de la política. Que necesitábamos abrir de nuevo el camino. Nos despedimos y le dije que si conocía a algunas personas del pueblo con quienes tuviera sentido hablar y compartir ideas me dijera. Esa noche me llamó. Tenía un grupo de personas amigas para reunirnos a charlar. El sábado a las 10 a.m.

Allá llegamos. En el quiosco de la casa de Facundo, en el patio de atrás, había cerca de 80 personas. De todos los tipos y condiciones. Hombres y mujeres. Jóvenes y viejos. Profesionales, gente que durante años se recluyó mientras pasaba el huracán de la violencia que dejó el dolor marcado en las calles y en la memoria del pueblo. Personas amables, educadas, inteligentes, decentes, alegres, interesadas, entusiastas, con ideas y con sueños. Nunca imaginé que en San Onofre, ese pueblo enigmático, mezcla mágica de las culturas Caribe y Árabe, por el que pasé tantas veces durante tantos años, al que miraba con curiosidad, podía encontrar personas con esas condiciones. Conversamos y discutimos, tenían propuestas de todo tipo, querían salir del clóset del miedo en el que violentos y corruptos (muchas veces los mismos) los habían encerrado. Volver a hacer política con las lecciones aprendidas.

En nuestro recorrido por Colombia, pocas reuniones con el espíritu de ese día en San Onofre. Por la noche volvimos a hablar y nos despedimos. Facundo me dijo que parecía que hubiéramos sido amigos desde hace años, de toda la vida, y le dije sí, claro, tenemos los mismos sueños mi querido Facundo, mi amigo.

Conclusión: Colombia está llena de “Facundos y Facundas”. Nuestro reto: encontrar todas las personas que tienen esa condición. Están por todos lados, en el bus, en el edificio, en el barrio, en la vereda, en todos lados. Tenemos que descubrir todos los Facundos y Facundas de Colombia para llenarnos de decencia y calidad humana, de esperanza.

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