El corazón de las tinieblas

CON EL MÁS GRANDE TERRITORIO de costas sobre el mar Pacífico colombiano, con la mayor concentración de biodiversidad y riqueza natural del país y la segunda en todo el mundo, el departamento de Chocó ocupa un lugar privilegiado dentro del contexto ambiental mundial.

Sin embargo, en este mismo contexto geoespacial, que envidiaría cualquier región del mundo, habita un rosario de problemas sociales: la mayor tasa de mortalidad infantil, los más altos índices de analfabetismo, el mayor índice de corrupción administrativa, el menor índice de desarrollo humano, la más baja cobertura de servicios públicos básicos y el mayor índice de pobreza humana.

Desde tiempos ancestrales, la economía del Chocó se ha caracterizado por su carácter extractivo. Desde los reales de minas del siglo XVII, hasta la extracción del oro actual por compañías nacionales y extranjeras y la explotación maderera, este departamento ha sido una gran despensa económica que sin embargo no ha dejado en la región los dividendos necesarios para su desarrollo. Lo que sí generó este sistema económico extractivo fue la imagen de una región hostil habitada por negros e indígenas. En 1823 el viajero Gaspard-Theodore Mollien se refirió al Chocó como una región habitada por “negros pobres y desgraciados” sin interés por el progreso, lo que de paso justificaba cualquiera forma de explotación. Los propietarios y gerentes de los proyectos extractivos construyeron una élite blanca que en vez de integrar, exacerbó el carácter racista y excluyente de la región y perpetuó sobre la región la imagen de tierra exótica y salvaje.

Recientemente el ministro de la Protección Social, Diego Palacio, afirmó que la falta de vías es una barrera para la llegada de programas de asistencia a la población chocoana. Sin embargo, esto no ha impedido la incursión de cultivos como el de la palma africana, subsidiado con generosos créditos del Estado, que devastan la tierra y amenazan la rica biodiversidad del entorno. Un informe del Ministerio de Agricultura, incluso, reconoció que detrás de los cultivos de palma existía una realidad de usurpación de tierras a campesinos y comunidades afrodescendientes e indígenas.

A todo esto se le suma una dantesca corrupción. Desde los tiempos en que Diego Luis Córdoba y Manuel Mosquera Garcés se paseaban por los pasillos del Congreso de la República, pocos años después de la creación del departamento, los chocoanos fueron perdiendo la esperanza en sus dirigentes políticos. Patrocinado por las viejas y renovadas prácticas clientelistas de los partidos tradicionales, el ejercicio de la política se convirtió en el espacio ideal para el enriquecimiento personal a costa del erario. El actual gobernador, Patrocinio Sánchez Montes de Oca, ostenta el penoso récord de haber acumulado, durante el período en que fue alcalde de Quibdó (2001-2003), 100 denuncias ante la Procuraduría General de la Nación.

Así las cosas, el problema del Chocó no se soluciona con campañas de solidaridad y arrebatos de generosidad, ni mucho menos con visitas ministeriales relámpago con las predecibles fotos de funcionarios acariciando niños famélicos. Se requieren compromisos reales, estrategias económicas que integren, a partir del respeto a la especificidad regional y cultural, el departamento del Chocó a la economía nacional. Los problemas del Chocó, además, sólo empezarán a solucionarse cuando los funcionarios del Estado —y la población colombiana en general— entiendan el concepto de diversidad consignado en la Constitución Nacional y dejen de creer que cuando viajan al Chocó se adentran en el corazón de las tinieblas.

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