La guerra antiterrorista de Obama

EN LA SEMANA QUE TERMINA SE HIzo pública la decisión del presidente Obama de aumentar en 4.000 efectivos la fuerza estadounidense estacionada en Afganistán. Estos soldados se unen al envío de 17.000 anunciado en febrero pasado.

Sin embargo, los últimos 4.000 cumplirán con una misión inusual para una brigada de combate como la que fue escogida para viajar a Afganistán: no se desempeñarán propiamente en enfrentamientos directos, sino que servirán como asesores de las fuerzas locales en contra de Al Qaeda.

Esta decisión envía diversos mensajes a la comunidad internacional acerca de la política exterior y de defensa de la nueva administración del presidente Obama. Para empezar, quiere dejar en claro que, al contrario de las acusaciones que recayeron durante la campaña presidencial, su gobierno no será ‘suave’ en materia de la guerra antiterrorista. Obama quiere dejar atrás la ya histórica reputación de los demócratas como ‘palomas’ en materia de preservación de la seguridad de los estadounidenses. Así que la guerra contra el terrorismo no sólo, no desaparecerá de la agenda sino que se intensificará seriamente.

Claro está, los cambios son sustanciales y si bien el objetivo permanece intacto, las estrategias han variado y lo seguirán haciendo. De un lado, y como lo sugirió en su campaña, Obama quiere concentrar esfuerzos en Afganistán y en Pakistán, donde se encuentra, según él, la verdadera fuente del terrorismo global.

De otro lado, los objetivos son mucho menos ambiciosos que los de su antecesor, el presiente Bush. En el anuncio del envío de tropas la justificación fue contundente: el objetivo principal es desactivar, desmantelar y derrotar a Al Qaeda. El tono es visiblemente menos pretencioso que el de Bush, quien decía buscar también la promoción de la democracia, la defensa de los derechos humanos y, en síntesis, la construcción de nación. Los estrategas de la administración Obama tienen claro que una guerra exitosa en contra del terrorismo debe pasar por el fortalecimiento del Estado afgano y por hacer de sus fuerzas armadas instrumentos capaces y responsables en contra de esta amenaza. Pero también tienen claro que involucrarse en un proceso de construcción y transformación mucho más profundo de las instituciones y de la nación puede desviar la atención de su objetivo principal e inmediato.

La decisión también permite observar el estilo de gobierno de Obama. Varios medios estadounidenses señalaron cómo para el nuevo presidente es de crucial importancia contar en sus deliberaciones con exponentes de todas las posibles tesis en materia de seguridad: desde las más radicales e intervencionistas hasta las más cautas y aislacionistas.

Otro componente de esta estrategia que contrasta con la del anterior gobierno republicano tiene que ver con las condiciones del apoyo militar y la ayuda económica tanto a Afganistán como a Pakistán. Obama lo anunció con grandilocuencia: “La era de los cheques en blanco se acabó”. Aunque los denominados benchmarks u objetivos a lograr para Afganistán y Pakistán aún no han sido dados a conocer, la administración ha insistido en la necesidad de estipular demandas claras y medibles para los gobiernos de Kabul e Islamabad.

Pero el escepticismo abunda y no por razones triviales. Varios expertos han sugerido que Obama se puede estar metiendo en un problema muy parecido al que se metió Bush en Irak. El nuevo gobierno puede estar escalando una guerra muy difícil de ganar y corriendo el riesgo de quedar atrapado en ella. Esta situación, acompañada de la crisis económica estadounidense que sigue sin encontrar salida, puede estar imponiendo desafíos difíciles o imposibles de enfrentar, incluso para el país más poderoso del mundo.

Temas relacionados