La reunión del G-20

LA SEMANA PASADA, LOS JEFES DE Estado de las veinte economías más poderosas del planeta se reunieron en la ciudad de Londres, en medio de la expectativa y la esperanza de todo el mundo.

La crisis económica mundial ha hecho evidente la necesidad de la coordinación de políticas. La crisis es global. Pero las respuestas han sido hasta ahora individuales y en muchos casos contradictorias. Muchos países, por ejemplo, respondieron a la crisis mediante el aumento de las barreras al comercio internacional, lo que, a su vez, ha contribuido a ahondar la recesión mundial. Hasta la semana anterior, los Estados Unidos y Europa parecían no ponerse de acuerdo sobre el camino a seguir. Los Estados Unidos pedían más gasto. Y Europa, mayor moderación.

Los analistas eran escépticos sobre los resultados de la reunión. Las cumbres presidenciales son vistas, en general, con cierto cinismo. La grandilocuencia de los pronunciamientos, se dice, es apenas comparable con la irrelevancia de las decisiones. Las cumbres producen usualmente más noticias de farándula que decisiones concretas. Pero esta vez la reunión fue más allá de la retórica. Los resultados sorprendieron positivamente a casi todo el mundo, con la excepción de los presidentes del autodenominado grupo de los dos (G2), que agrupa a Irán y a Venezuela.

El G-20 tomó la decisión de aumentar sustancialmente los recursos disponibles del Fondo Monetario Internacional y de otras entidades multilaterales. En conjunto, las nuevas líneas de crédito aprobadas superan un billón de dólares. Esta decisión indica la disposición por parte de los países desarrollados de incrementar la liquidez mundial y los créditos a los países en desarrollo. El G-20 también prometió combatir, así sea solamente mediante el señalamiento de los infractores, el proteccionismo. Todos los países estuvieron de acuerdo en que el proteccionismo unilateral es inconveniente y termina agravando, en una suerte de trampa colectiva, los problemas que intenta resolver.

Adicionalmente, los europeos lograron su cometido de incrementar la regulación financiera global. Los jefes de Estado acordaron, entre otras cosas, una serie de principios que deben guiar la compensación de los ejecutivos bancarios, un conjunto de medidas en contra de los paraísos fiscales y un mayor control a los inversionistas de portafolio. Al mismo tiempo, llegaron a un compromiso de promover la convergencia de la regulación bancaria.

América Latina estuvo representada por los presidentes de Argentina, Brasil y México. El presidente de Brasil, Lula da Silva, se ha convertido en uno de los principales voceros de las economías en desarrollo y ha señalado repetidamente que los países desarrollados tienen una obligación inaplazable con el resto del mundo en la solución de una crisis causada por los excesos del primer mundo. Lula también ha mencionado, no sin cierta ironía, los dobles estándares de muchas entidades multilaterales de crédito. Mientras en las crisis anteriores estas entidades predicaban en la austeridad, en esta crisis han hecho lo contrario y se han convertido en las principales promotoras del gasto.

Las decisiones del G-20 no van a solucionar la crisis. El desajuste de la economía mundial es muy grande y no puede resolverse, de buenas a primeras, en una reunión. Seguramente vendrán semanas y meses difíciles. Pero la reunión no sólo logró que se adoptaran algunas medidas concretas, sino que también mostró la disposición de los países más poderosos del planeta de trabajar conjuntamente y tomar medidas concertadas para lo que es, sin duda, el mayor problema global en una generación.

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