El alma en un acordeón

EL 25 DE ABRIL DE 1968, LEONOR PALmera, reina de belleza del departamento del Cesar, visitó las instalaciones del periódico El Espectador para promocionar la primera versión del Festival de la Leyenda Vallenata, que se celebraría en Valledupar del 27 al 30 de abril.

Cinco días después, ataviada con el tradicional vestido de pilonera, Cecilia Caballero de López, primera dama del departamento, le entregaba a Alejandro Durán un cheque de cinco mil pesos y un trofeo que lo acreditaba como el primer rey del Festival Vallenato.

Alejandro Durán, un joven juglar nacido en la población de El Paso (Cesar), que amenizaba parrandas interminables sin tomarse un trago de licor, había hecho la travesía desde Planeta Rica (Córdoba), el pueblo donde vivía, hasta Valledupar, dejando una estela de míticas anécdotas a su paso. En la final, Durán derrotó a los destacados acordeonistas Luis Enrique Martínez y Emiliano Zuleta Baquero; la leyenda de Alejandro Durán empezaba a superar la realidad y el Festival de la Leyenda Vallenata pasó a convertirse en el referente cultural más importante de la ciudad de Valledupar.

El 21 de diciembre de 1967 se creó el departamento del Cesar, de manera que la organización del Festival de la Leyenda Vallenata hacía parte de las estrategias políticas para fortalecer la identidad del nuevo departamento. Alfonso López Michelsen, su primer gobernador, estuvo muy atento a los pormenores de la organización y la realización del Festival. En varias ocasiones la prensa registró su presencia en cada uno de los eventos acompañado por Consuelo Araújo y Rafael Escalona. Era una época en la que había que acumular capital electoral, de modo que la relación entre las élites andinas y las provinciales era de doble vía. Mientras se construían leyendas de memorables parrandas vallenatas al calor del whisky, los políticos de la región le inventaban la identidad a un nuevo departamento, con la ayuda de sus amigos andinos. Hay todo un archivo fotográfico de políticos del interior del país intentando seguir con las palmas las cadenciosas notas del acordeón.

Hoy, cuando los acordeones empiecen a sonar y se dé inicio a la versión 42 del Festival de la Leyenda Vallenata, es inevitable pensar en los problemas de un departamento y una ciudad que han sido agobiados por la violencia y la corrupción política. Y la verdad es que esto ha sido así desde el principio. La idea de Valledupar como una arcadia feliz, de casa de bahareque, donde no había sufrimiento, es algo que sólo cabe en la añoranza bucólica de algunas canciones vallenatas. Siempre hubo gamonales abusivos, colonizadores que acumulaban tierras desplazando indígenas y políticos dispuestos a apostar todo con tal de tener poder. A diferencia de la leyenda de Francisco el Hombre, los cantos vallenatos no derrotaron al diablo y en ocasiones han andado los mismos caminos.

A pesar de todo, el Festival sigue siendo un referente para todos los sectores de Valledupar. Es una fiesta que convoca incluso a aquellos que nunca han sabido quiénes son los miembros de la Junta del Festival, que jamás han estado en una parranda en el Callejón de la Purrututú, y que por supuesto jamás han “parrandiado” en la casa de Hernandito Molina “hasta el otro día”. Esa gente de la barriada, que todos los años se toma por asalto la plaza Alfonso López y el Parque de la Leyenda Vallenata, y que especula en la calle sobre los posibles ganadores, es la que hace que el festival tenga sentido. Como todos los años para esta época, los vallenatos, sin distingos de clases, dejan el alma en un acordeón.

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