Alarma y serenidad

EN LAS SITUACIONES GRAVES NO SON incompatibles la alarma y la serenidad.

Hay que alarmarse, para tomar las medidas pertinentes y actuar con rapidez y eficiencia, y al mismo tiempo hay que mantener la calma, porque no es conveniente que a la pandemia se le añada el pánico. La declaratoria de alerta 5 (en una escala de 6) por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS) indica que la influenza porcina es ya una “pandemia”, lo cual indica que desde todo punto de vista la situación es grave y susceptible de empeorar.

Es preocupante que la transmisión de la enfermedad no muestre una curva descendente, como lo ha confirmado el director general adjunto de la OMS, el doctor Keiji Fukuda. Pero los bajos índices de mortalidad en personas contagiadas del virus y la respuesta positiva de los pacientes a medicamentos antivirales conocidos permiten mantener las esperanzas de que la gripe porcina quizá no llegue a la temida fase 6.

Frente a las tres pandemias, en sentido estricto, del siglo XX, las cifras de la gripe porcina, que ha causado hasta ahora ocho muertes y 132 contagios confirmados en 11 países, son alentadoras: en 1918 la gripe española cobró entre 20 y 50 millones de vidas; en 1957 la gripe asiática se llevó a dos millones de personas; y en 1968, la gripe de Hong Kong mató a un millón. Más aún, es importante recordar, en aras de conjurar el miedo, que alrededor de 36 mil personas mueren cada año sólo en Estados Unidos a causa de virus gripales conocidos. Estos son los datos que invitan al optimismo.

Pero también hay temores e incertidumbres que deben mantener alto el nivel de alerta, de modo que se extremen los cuidados por parte de las autoridades y las precauciones (sin pánico contraproducente) por parte de la población. Estos virus que los hombres transmiten a los animales, y que luego vuelven a la población humana, tienen un grado de virulencia muy variable y una capacidad de mutar rápidamente que pueden hacerlos terriblemente nocivos. Si desarrollaran, como puede ocurrir, resistencia a los medicamentos antivirales existentes, su peligrosidad aumentaría de inmediato.

La calma y la serenidad necesarias no deben ser interpretadas como señales para bajar la guardia. Cuando personas adultas y saludables, como en el caso de México, caen enfermas por un virus de aparición reciente, con una genética muy compleja, y mueren en poco tiempo, recibimos un recordatorio de lo frágil que es la subsistencia de nuestra especie en el mundo natural.

Sobre la gripe porcina, o virus A/H1N1, es poco lo que se sabe. A partir de un análisis de su código genético, científicos han afirmado que se trata de un virus que de los humanos pasó a los cerdos, allí mutó y ahora regresa a nosotros desde ellos. Por otro lado, en México, donde se cree está el epicentro del brote, no hay casos conocidos de cerdos infectados recientemente, y Édgar, el niño de cinco años señalado como el primer infectado, no tuvo, hasta donde se sabe, contacto directo con porcinos. Esto podría indicar, sin embargo, que hay individuos asintomáticos que portan el virus, y que éste podría ser altamente contagioso. Así se entiende que el nivel de alerta haya subido tan rápidamente.

Del Gobierno Nacional los colombianos esperamos una coordinación epidemiológica seria y eficiente. Sin alarmismo ni pánico innecesarios, pero sin titubeos. Hasta ahora la mortalidad de esta cepa no es ni de lejos la terrible que tuvo hace poco la gripe aviar (61%) en un brote aislado del Extremo Oriente. Pero si sus cambios sucesivos llegaran a potenciarla, el país tiene que estar listo para tomar todas las medidas que los científicos del mundo indiquen como las más adecuadas. Las consideraciones para proteger la salud de la población deben primar sobre cualquier otra: ni el turismo, ni la economía, ni la movilidad pueden estar por encima de la salud. En estas situaciones extremas se entiende bien cuáles son las verdaderas prioridades de una nación.

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