Terremoto en la política

NO DEJA DE ESTREMECERSE EL ambiente político local con la sorprendente ruptura de los acuerdos para la elección de las mesas directivas del Congreso de la República al comienzo de la semana y la fractura que dicha rebelión ha generado en la coalición de gobierno.

Mientras el Gobierno apura encuentros para tratar de recomponer su gobernabilidad y la oposición celebra este primer traspié del Ejecutivo en mucho tiempo, algunas conclusiones comienzan a aflorar sobre el alcance de este sacudón político.

Aunque resulte arriesgado asegurarlo, dada la reconocida habilidad del presidente Uribe para idearse salidas de las dificultades, todo parece indicar que el referendo para permitir su segunda reelección inmediata está herido de muerte. Si bien los nuevos presidentes del Senado y de la Cámara han dicho que no torpedearán la conciliación, también es claro que no está entre sus prioridades sacarla adelante y mucho menos esforzarse para que se imponga la versión para 2010. La debilidad del Gobierno, además, representa un lógico reacomodo de fuerzas, tanto más ahora que ha vuelto a ser legal el llamado transfuguismo. Y por si fuera poco, la sombra de la investigación de la Corte Suprema y el riesgo de pérdida de investidura para quienes voten la conciliación sigue ahí, amenazante.

Aun cuando hay quienes insinúan que el Gobierno trabaja desde el mismo lunes en un ‘Plan B’ que permita mantener viva la posibilidad de la reelección inmediata, o al menos dejar explícito el deseo popular de un período más para dejarle al Presidente la salida elegante de decidir voluntariamente si va o no, el tiempo parece agotarse para la creatividad oficial.

¿Qué hará entonces el presidente Uribe ante estas circunstancias adversas a su gran propósito del último tiempo? ¿Será capaz de desistir de su intención de imponer el que llama “Estado de opinión” y, pese a su gran popularidad, dejar que la política cabalgue sobre nuevos liderazgos? ¿O, por el contrario, recurrirá a la medicina de las transacciones bajo la mesa para realinear sus fuerzas y tratar de revivir el referendo reeleccionista o cualquier otra fórmula que le permita seguir de largo? De cuál de esos dos caminos decida transitar depende en buena medida el desenlace de la agitación de esta semana y —no resulta exagerado decirlo ante la agria división de la sociedad en el momento— de la estabilidad política del país en el mediano plazo.

Algunos han pretendido presentar la rebelión del lunes como un acto de independencia del Congreso. Pamplinas. Todos sabemos que las alianzas de ahora se basan en la misma negociación de prebendas que las puede diluir mañana. Lo peor que podría hacer el Gobierno sería persistir en ese camino de las transacciones para imponer una nueva reelección que, aunque las encuestas muestren que podría ser apoyada popularmente, en el camino institucional que se siguió para abrirle paso ha llegado ya a un punto muerto.

Por el contrario, con un año de gobierno aún por delante, con una economía y un desempleo urgiendo concentración absoluta de las mentes más brillantes y con una campaña presidencial crucial al frente para darle respiro a la política y devolverle la transparencia perdida, el camino que debería tomar el Gobierno es el de la unidad alrededor de unos propósitos comunes a todos. Si en siete años no se quiso hacer, habiendo tenido varias oportunidades, ojalá que ahora en la derrota se decidiera a intentarlo. Esa sí sería una buena manera de invertir el apoyo y el respeto que le demuestran los colombianos en las encuestas. Suena ingenuo el planteamiento, claro, pero si el presidente Uribe comprende que el haberse encerrado en un círculo cada vez más cerrado de colaboradores y asesores tiene buena parte de la explicación del baño de realidad que le propinaron el lunes los congresistas, muchos de ellos admiradores suyos por cierto, no es impensable una muestra de liderazgo de ese talante. Los colombianos se lo agradeceríamos.

 

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