Hollman Morris: con Zelaya en la línea

El periodista relata las negociaciones entre un coronel del ejército hondureño y el depuesto presidente.

Un joven busca desesperadamente por los pasillos del hotel preguntando quién ha visto el sombrero blanco. Es la indicación de que el presidente Manuel Zelaya se dispone en los próximos minutos a salir. Él nunca deja su sombrero, como tampoco a su fiel alfil, la canciller de su gobierno, Patricia Rada. Alfil y sombrero, pareciera, eran los elementos más importantes este sábado para la jornada en la que Zelaya, como lo hiciera en la víspera, intentara volver a entrar a Honduras.

En el hotel La Campiña, en la población nicaragüense de Estelí, a unos 45 minutos del puesto fronterizo de Las Manos, lo veo venir, impecable: vestido, pantalón negro, chaleco de cuero negro, camisa blanca y sombrero blanco. No usa botas, porque quizá lo harían ver más alto de lo que es -casi dos metros-. Me toma por el brazo y dice a la cámara: "Hoy, en Honduras, se están jugando los derechos de la democracia y los del pueblo hondureño que me eligió en las urnas".

Sigue hablando de la democracia mientras se sube a su Jeep blanco. Un alfil importante lo acompaña, de nuevo, en esta jornada: el canciller venezolano, Nicolás Maduro.

Inicia la marcha. Sobre la carretera, jóvenes mujeres nicas gritan "¡Viva Zelaya!", mientras al borde se divisa una que otra bandera de Honduras. Los carros de periodistas buscan rebasar furiosos el carro de Zelaya. Es lógico, todos quieren la imagen de frente del campero estacionado en la línea fronteriza en el municipio de Las Manos.

Cuarenta minutos después, ahí está el Presidente, a unos 50 metros de la línea fronteriza. No sabe qué hacer. Llueve. Los gritos de los adeptos de Zelaya empiezan a escucharse con más fuerza en el lado nicaragüense, gente humilde, la mayoría. Otros empiezan a llegar por un camino de herradura desde el lado hondureño. "¡Ahí vienen!", vociferan los que los divisan: son cincuenta, cien, doscientos seguidores de Zelaya. Vienen de su departamento natal, Olancho, muchos andrajosos, con los pies descalzos.

Un joven con la bandera de Honduras amarrada a su cuello grita: "Vivo o muerto con Zelaya hoy pasamos". Muchos repiten el lema. Del otro lado de la cadena, del lado hondureño, aparece el coronel Recarte. Me dirijo a él instintivamente con la cámara prendida. "Coronel, ¿usted tiene orden de detener al presidente Zelaya?". El coronel me dice que no y me deja ver que quiere hablar con el presidente Zelaya. Lo interpreto como un mensaje que rápidamente tengo que transmitir. Corro diez metros y me encuentro frente a frente con ‘Mel', como le dicen al depuesto presidente. Le digo: "El coronel hondureño quiere hablar con usted". El presidente deja de contestar la artillería de preguntas de los periodistas y me dice: "Pídale el teléfono, que me mande el número celular". Nuevamente corro al lado hondureño.

Regreso con el número del coronel. Me subo al coche de Zelaya y le paso mi pequeña libreta con todos los apuntes de mi viaje a Honduras (nunca la volvería a ver). El presidente coge la libreta y marca: "Coronel, habla el presidente Zelaya. Necesito que dejen pasar a mi familia". Deja de hablar y me pide que le diga al coronel que se reúnan en el campero.

De nuevo, del lado hondureño, el coronel se quita las armas y me responde. "Yo voy desarmado, pero no puedo pasar la cadena". Lo que sucede después me recuerda una escena del Medio Oeste norteamericano. El coronel Recarte se aproxima a la cadena del lado hondureño. El presidente Zelaya, del lado nicaragüense, está a cinco metros. Instintivamente los periodistas abren un corredor. Los dos se quedan mirando frente a frente. La prensa, toda la tribu mediática, es capaz sorpresivamente de guardar un minuto de orden.

El minuto de orden se rompe y esa es la luz verde para que Zelaya avance hasta el coronel. Se dan la mano, intercambian unas frases que no escucho y entonces Recarte se retira a hacer unas consultas. Zelaya, impulsado por sus seguidores, alza la cadena y entra a territorio hondureño. Después se dirige hacia el cartel donde comienza Honduras y es allí donde todos los flashes se disparan. Zelaya logra con esto un gesto simbólico al estar un par de minutos en territorio hondureño.

¿Espectáculo? No estoy de acuerdo. Zelaya logró, al estar un par de minutos en Honduras, que todos los medios del mundo hayan vuelto su mirada al país y logra presionar al gobierno norteamericano para que se defina una vez por todas frente a la crisis hondureña (hay quienes opinan que Estados Unidos está demorado en retirar a su embajador en Tegucigalpa).

Con sombrero o sin sombrero, show o no show, lo que logró Zelaya este sábado, a las 2:10 de la tarde cuando pisó tierra hondureña, fue hacer ver, de nuevo y con urgencia, que las democracias en América Latina se juegan en esta frontera su futuro.

*Esta historia formará parte del tercer capítulo de la serie documental Tiempo Real con Hollman Morris, del canal The History Channel.