El nuevo Ministro de la Defensa

FINALMENTE, TRAS UNA LARGA INterinidad desde que Juan Manuel Santos dejó vacante el puesto en mayo pasado para poder aspirar a la Presidencia de la República, el presidente Álvaro Uribe ha decidido ayer nombrar como Ministro de la Defensa a Gabriel Silva Luján, actual gerente de la Federación Nacional de Cafeteros.

Una decisión acertada, no solamente por las capacidades y amplia trayectoria de servicio público del nuevo ministro, sino además por el significado político de su nombramiento y los temores que aplaca ante los muchos rumores que se tejieron en estos meses sobre el sucesor de Santos.

Gabriel Silva es un politólogo de la Universidad de los Andes, de la generación que en su mayoría se formó muy joven en el servicio público durante el gobierno de Virgilio Barco, de quien fue asesor de asuntos políticos. Cursó estudios de posgrado en Economía y Relaciones Internacionales en la Johns Hopkins University de Washington, ciudad a la que llegó después como Embajador de Colombia durante el gobierno de César Gaviria. Cuando éste fue nombrado Secretario General de la OEA, allí mismo sirvió como su asesor para asuntos comerciales y económicos. Durante el gobierno Pastrana, el entonces ministro de Hacienda, a la sazón Juan Manuel Santos, lo integró a la Comisión de Reforma a la Institucionalidad Cafetera, labor que le abriría paso para ser proclamado en 2002 como gerente de la Federación, cargo que mantendrá hasta su posesión en el Ministerio el próximo 7 de agosto.

Mucha de esta experiencia en su carrera luce favorable para el momento que vive la Fuerza Pública. Su visión de internacionalista, y en particular su paso por Washington, parece importante para poner la cara  —como le tocó hacerlo en su momento cuando se descubrió la farsa de la entrega de Pablo Escobar, su escandalosa cárcel y su posterior fuga— por el escándalo de los llamados “falsos positivos”; pero a la vez, para hacer entender por dentro que el respeto absoluto de los Derechos Humanos no es un capricho de “auxiliadores del terrorismo” en el exterior sino un asunto de primer orden en el mundo civilizado. También, por supuesto, será importante esta experiencia para el manejo de la guerra en unión con la política frente a los países vecinos. Y su gestión gerencial puede resultar provechosa para profundizar el proceso de modernización de las Fuerzas con un uso eficiente del presupuesto, tanto más ahora cuando la carencia de recursos suficientes y la financiación de la seguridad están bajo debate.

Con todo, las señales políticas de este nombramiento parecen incluso más importantes que la escogencia de alguien capacitado para el cargo. Primero, se despejó el temor de que el presidente Uribe fuera a romper la tradición de un ministro civil dejando al hasta ahora encargado, el general Freddy Padilla, en propiedad. Segundo, no se designó al candidato que hasta la semana pasada parecía seguro, el secretario general de la Presidencia, Bernardo Moreno, lo cual hubiera sido una provocación innecesaria a la Rama Judicial, que lo investiga por la yidispolítica y por las chuzadas del DAS, escándalos que en la práctica se hubieran trasladado al Ministerio. Pero además, haber seleccionado a  Silva en lugar de Moreno da muestras de una renovada apertura política. Algunos lo interpretan como un guiño a Juan Manuel Santos, dada la cercanía del ex ministro con su sucesor. Pero igual de cercana es la relación del nuevo ministro con el ex presidente Gaviria, gestor del nuevo escenario político que ha quedado trazado luego del 20 de julio. Aunque las interpretaciones sean sólo eso, la decisión de ayer plantea un reacomodamiento de fuerzas para el último año de gobierno en el camino correcto de la inclusión. Si no es así, al menos el Ministerio ha quedado en buenas manos.