La furia de Correa

LA ENTREVISTA QUE EL PRESIDENte de Ecuador, Rafael Correa, se decidió de manera estratégica a dar durante el fin de semana, en vivo y en directo, a María Cristina Uribe de Noticias Uno, antes que aclarar inquietudes, como muchos esperábamos, dejó en el aire enormes preocupaciones sobre la ruptura de relaciones y el punto muerto en que continuará sumido cualquier intento de acercamiento.

Ni el más mínimo ánimo conciliatorio dejó ver el presidente Correa, que lució ofuscado y en todo momento quiso hacer burla de los cuestionamientos nada risibles que existen sobre la aparente relación de su gobierno con las Farc. Su reto al presidente Uribe, por ejemplo, para que acudan los dos a una sesión de detector de mentiras para ver quién tiene mayor cercanía con fuerzas delincuenciales, en lo cual insistió más de una vez, es tamaño despropósito. La relación de dos países vecinos y amigos históricos no puede depender de la pendencia de sus gobernantes, y eso desde la orilla colombiana debe también de servir de lección.

Si el presidente ecuatoriano por fin se había decidido a hablar a una audiencia colombiana interesada, como está, en que sin obviar el origen de las diferencias se puedan crear canales de acercamiento, era de esperarse que pusiera el énfasis en la realidad ecuatoriana y su apenas entendible dificultad para manejar un conflicto que sí, como lo dijo mil veces, es colombiano pero que ineludiblemente penetra en los países vecinos por muchos controles que se pongan en las porosas fronteras selváticas. Pero no, sus palabras parecieron más un discurso de oposición al presidente Uribe que de defensa de la posición ecuatoriana. Citar un libro de Virgina Vallejo o El Señor de las Sombras de Joseph Contreras a la vez que dijo no saber quién era Raúl Reyes da una muestra de sus obsesiones.

Difícil pensar de qué manera desde Colombia, con un presidente ecuatoriano en ese plan, se puede contribuir a limar asperezas y contribuir a recomponer la relación. Con todo, escuchando entre líneas, hay puntos sobre los cuales desde Colombia se podría hacer un trabajo diplomático para separar el conflicto político e ideológico de todos los elementos que hacen fuerte la relación.

El presidente Correa, de hecho, lástima que lo hubiera hecho con tal ofuscación, mandó el mensaje de que las salvaguardias cambiarias que ha impuesto a los productos colombianos obedecen, no al lío diplomático, sino al serio problema económico que vive hoy Ecuador —que es real— y la imposibilidad que tiene de actuar con la tasa de cambio por la dolarización de su economía. Bien haríamos en cuando menos dar el beneficio de la duda a este argumento y entender que, como decía un economista en estos días, “con o sin bombardeo, tarde o temprano Ecuador se vería obligado a cerrar sus importaciones”.

Otro asunto que Colombia debería asumir con seriedad, aparte del lío diplomático, es el de los nacionales refugiados en Ecuador, que se calcula suman más de 90.000 y quienes ciertamente han recibido un tratamiento digno del gobierno ecuatoriano. Que Colombia se una a las labores de registro y apoyo a estos connacionales es una obligación y una manera de avanzar en un propósito común, tanto más en cuanto existe la amenaza latente de que el discurso anticolombiano tome vuelo y esta población termine perseguida.

Finalmente, y ya en el espacio político, es urgente que desde Colombia se detenga definitivamente y para siempre el discurso desafiante de que un bombardeo como el de marzo del año pasado se repetirá cada vez que sea necesario, contrariando todas las normas internacionales y dejando sin piso las excusas públicas que presentó el presidente Uribe junto con la promesa de no repetición. Es una locura que Rafael Correa amenace con una respuesta militar si se repite una acción similar, pero también lo es seguir repitiendo que Colombia está lista para emularla.

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