¡Galán vive!

CON ESTE ESLOGAN Y LA PUBLICAción en este y otros diarios el pasado domingo del famoso afiche de campaña que en su momento ideó Carlos Duque, con el propósito de que la gente, como antaño lo hizo con el original, lo recorte y lo ubique en las ventanas de casas y apartamentos, se ha querido conmemorar el abominable asesinato de Luis Carlos Galán, hoy hace exactamente 20 años en la plaza de Soacha, a manos de los carteles de la droga, presumiblemente, quizá nunca lo podamos comprobar, con el apoyo de fuerzas poderosas incluso dentro del propio Estado.

No deja de sonar utópico, en este país de la desmemoria, este intento por despertar algo del fervor que en aquel momento generaba quien con seguridad iba a ser elegido como presidente de la República en 1990. Tanto más insistir en que Galán vive, cuando lo que su muerte representó fue ni más ni menos que la sepultura de una esperanza porque la decencia en la política y la moral como principio básico y fundamental de nuestra sociedad se impusieran. La muerte de Luis Carlos Galán y la de tantos valiosos colombianos que, bastante solitarios, libraron esa lucha definió el camino que tomó Colombia y que significó, antes bien, ir corriendo los linderos de lo aceptable, siempre en favor de los ilegales y sus compinches.

La misma suerte de la investigación penal sobre el asesinato de Galán es ilustrativa de lo que representó su muerte. La impunidad, como en tantos de estos casos, ha sido la norma, lo que se habrá de confirmar hoy mismo con la prescripción del caso. La desviación estratégica de la investigación y el asesinato de todos los testigos valiosos —los que aparecen hoy y de los que se echa mano, a las carreras, para tratar de enmendar la tarea están contaminados por su deseo de escribir su propia versión de la historia y de aprovecharse del afán de justicia tardía para obtener beneficios judiciales— sirvió además para encubrir a los responsables y permitirles mimetizarse en la sociedad para irnos llevando al todo vale, a esa cultura mafiosa que se terminó imponiendo y de la que no hemos podido librarnos.

Lo que en tiempos de Galán era una advertencia valiente por los casos más bien esporádicos de infiltración de las mafias en la política y en el Estado, hoy ya es el enquiste profundo de la ilegalidad en nuestra vida pública que, lo que es peor, parece a nadie sorprender. Y quienes siguen levantando su voz o sus funciones contra esa penetración mafiosa vuelven hoy, como ayer le sucedía a Galán, a ser calificados de moralistas trasnochados, fundamentalistas, obstáculos para la reconciliación, cuando no enemigos de la patria o aliados del terrorismo.

El asesinato hace 20 años de Luis Carlos Galán —que simboliza la eliminación sistemática de todos aquellos verdaderos héroes que como él lucharon porque el país corriera por una senda más limpia y, por lo mismo, con más sólidos cimientos— con todo y que haya sido un triunfo de la mafia sobre nuestra sociedad, lo que pone de presente es la vigencia plena de sus ideas. Por eso cuando por estos días hemos vuelto a escuchar la fuerza de su voz y de su pensamiento, sentimos que nos estuviera hablando de la coyuntura. Y ahí es donde recupera en toda su dimensión aquello de que ¡Galán vive! 20 años después. Ojalá que este aniversario no se quede en unas cuantas publicaciones sentidas, especiales radiales y documentales de televisión que se lleve el viento en pocos días, sino que nos permita ver cuán diferente hubiera sido este país si no lo hubieran asesinado —a él y a todos los que libraron su misma lucha— y cómo su visión de un país moderno y limpio está aún por ser desarrollado. Para que por fin sea cierto, porque no lo fue durante estos 20 años, que “cuando a veces se elimina a los hombres se fortalecen las ideas”, como decía Galán previendo su suerte, mas no la del país.

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