‘La guerra que no hemos visto’

EL TEMA DE LA VIOLENCIA EN EL arte no es nuevo en Colombia.

Ya desde El Bogotazo, de la mano de pintores como Alipio Jaramillo y Enrique Grau, hay registros gráficos que permiten ahondar en la violencia partidista de los años cincuenta y sus 300.000 víctimas, la mayoría campesinos. Pintores reconocidos internacionalmente como el fallecido Alejandro Obregón, que nos legó el emblemático cuadro La violencia, con el que ganó el Premio Nacional de Pintura del XIV Salón de Artistas Colombianos, y los retratos de algunos de los actores emblemáticos del conflicto más reciente hechos por Fernando Botero, dan fe de lo difícil que es para los artistas abstraerse de la violencia como tema.

Casi podría decirse que para todo fenómeno de violencia contemporánea existe una respuesta desde el arte (y no sólo a partir de la pintura). El arte comprometido con la revolución, las desigualdades y la denuncia; el arte que cuestiona al establecimiento y las fuerzas del orden desplegadas para contener la protesta; el arte que aborda el narcotráfico y sus secuelas; el arte que arremete contra el sinsentido de la violencia de la guerrilla y los paramilitares; el arte, en general, que abre espacios de reflexión frente al desplazamiento, las viudas y sus huérfanos, la desaparición, la ausencia, la sevicia, la repetición y el papel de los medios de comunicación, entre otros.

La lista es larga. De Débora Arango, Luis Ángel Rengifo, Carlos Granada, Norman Mejía y Pedro Alcántara, pasamos a Beatriz González, Óscar Muñoz, Doris Salcedo, Patricia Bravo, Johanna Calle, María Elvira Escallón y tantos más, que ya hay entre los críticos quienes se oponen a que a la violencia le siga un falso compromiso —uno estratégico— de parte del artista.

No parece que ese sea el caso de la exposición que por estos días inauguró el Museo de Arte Moderno bajo el sugestivo título de La guerra que no hemos visto. En total, 90 pinturas hechas por ex combatientes del Ejército y reinsertados de la guerrilla y el paramilitarismo bajo la supervisión del artista Juan Manuel Echavarría, quien acogió a los otrora victimarios en su taller y puso fin a los límites que encuentra la palabra frente a experiencias traumáticas. Historias de guerra, entonces, narradas por sus protagonistas y ya no tamizadas por el artista, muchas veces ajeno a lo vivido.

En el fondo de un verde intenso que nos recuerda que la violencia sigue siendo fundamentalmente rural, víctimas convertidas en victimarios, escenas explícitas de crueldad y tortura, vejaciones, cuerpos mutilados, gallinas y vacas sacrificadas, armas, cuchillos, machetes, palas, cementerios, entierros, iglesias, plegarias y sangre roja, muchas manchas de sangre roja, componen un registro inédito de la guerra que no hemos visto.

No hay un único mensaje que la exposición desee transmitir. Estamos ante una declaración formal de rechazo a la violencia que cada persona habrá de interpretar a su manera. Lo cierto es que en las pinturas, y junto a una agresividad casi genérica —sin color o idea política que la pueda justificar—, transcurre una vida apacible y bucólica. Es la propia banalización de la violencia, el testimonio de que ésta ha sido parte fundamental de la geografía, como ocurriera en el cuadro insignia de Obregón.

El reconocido artista Juan Manuel Echavarría explicó, para el caso de una exposición anterior, su interés en la estética para atraer y atrapar al espectador. “Una vez seducido, llega lo fuerte, la historia detrás”, sentenció. Podríamos agregar, en esta ocasión, que las escenas pintadas en acrílico ayudan a construir la memoria que se nutre de todas las historias. Quizás esta sea una buena oportunidad para ahondar en eso que los teóricos denominan memoria histórica.

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