Nobby Stiles, a quien llamaban El desdentado

Un jugador que entre olores, patadas, marrullerías e insultos anulaba al talentoso rival.

Antes de salir a la cancha, luego de los últimos conceptos, de las rondas de motivación, de los himnos y demás, Alf Ramsey llamaba aparte a Nobby Stiles. Le pasaba un brazo sobre los hombros, y al oído, muy en secreto, le decía a quién tenía que hacerle el juego imposible. "Do suffer", murmuraba, seguro escupiendo un poco, al mejor estilo británico. Stiles le obedecía a su entrenador, por supuesto.

Desde que comenzaban los partidos perseguía a su enemigo de turno como una sombra. Lo provocaba, lo manoteaba, le pegaba en los tobillos y por detrás, lo pellizcaba. A veces se hacía el desentendido. Otras, se sacaba sus dientes postizos.

Se tiraba al piso como un perro a buscar sus lentes de contacto, aunque en realidad no los hubiera perdido. Hacía tiempo. Le hablaba al árbitro. Metía miedo, e incluso, como una estrategia, expelía olores de zorro para generar asco. Y así, entre olores, patadas, marrullerías e insultos anulaba al talentoso rival. Matt Busby, su descubridor en el Manchester United de los 60, afirmaba que eran tan locuaz que "escupía en varios idiomas".

Así, sin importarle la pelota, aniquiló a Uwee Seeler en la final de la Copa del 66 y celebró la victoria (4-2), como lo había hecho antes en semifinales con Coluna y Eusebio, los ejes de Portugal, y en cuartos, con Ermindo Onega, el conductor de Argentina.

Al final, la copa Jules Rimet pasó por las manos del capitán, Bobby Moore, de Charlton, Hunt, Hust y del portero Gordon Banks, quienes se la ofrecieron a la reina Isabel en pleno Wembley.

Y el público, aún por aquel entonces de saco y corbata, coreó sus nombres y le tributó una profunda ovación a Ramsey, quien una semana después era Sir Alf Ramsey. Stiles era una especie de anónimo inglés que pasados los 120 minutos de la final todavía rumiaba las rabias y rencores que le había dejado el partido. Había cumplido al pie de la letra sus misiones. Eso y la Copa del Mundo lo hacían feliz. No necesitaba nada más, pero deseaba formar parte de la fiesta.

Por eso, a los empujones, su costumbre, se aferró al trofeo, y desdentado, calvo, feo y rojo como era, bailó una misteriosa danza arítmica que los diarios, al día siguiente y para siempre titularon "La danza de Nobby".

Moore, dijeron, dirían, lo insultó en el vestuario por algún comentario verde sobre una mujer. Stiles se pasó de "macho" ante el fino capitán de los ingleses, defensor en la cancha y fuera de ella de las buenas costumbres, la decencia y la distinción. Se dieron trompadas al mejor estilo del desdentado.

Y fue Stiles quien salió airoso, pese a algunas cortadas y a que su camiseta, la número siete, acabó manchada de algunos chorros de sangre que se confundieron con el rojo de la tela.

Dos años más tarde jugó en la Eurocopa contra la Unión Soviética en Roma. Los diarios italianos lo calificaron como Nosferatu. Los tiffosi intentaron desbordarlo. Él les respondió sacándose la caja de dientes postizos que llevaba. Sonriéndoles después, escupiéndoles en lengua toscana.

"Era Nosferatu", dijo un fanático. Cuatro años más tarde se retiró de la Selección, sin homenajes ni adioses. Se fue como llegó. A fin de cuentas, su vida comenzó a quebrarse desde que nació en la sala más oscura de una funeraria que dirigía su padre en los suburbios de Manchester.

Desde niño sus días transcurrieron entre las peleas de barrio, su amor por el United y su resentimiento físico. A los golpes o con suerte, aquel pequeño Norbert Peter tendría que "ser alguien". Lo fue, pese a la falta de aplausos. Lo fue como provocador profesional con el Manchester y con Inglaterra, y como entrenador de las ligas menores del United gracias sus dos más celebrados descubrimientos, Ryan Giggs y David Bekham, sus más absolutos contrarios. Lo fue porque siempre entendió que para ganar no sólo hacen falta los genios. O mejor, que también podía ser un genio devorando rivales.