Después del paro

TERMINADO EL PARO DE TRANSPORtadores que estremeció Bogotá durante cuatro días los balances sobre posibles ganadores y perdedores resultan algo inciertos y en general están permeados por el ambiente político del momento.

Si bien el alcalde Samuel Moreno se paró firme frente al chantaje, al final no logró imponerse. Tampoco es claro que los pequeños transportadores puedan festejar sobre la base de las concesiones hechas por el Distrito. La gran perdedora, eso sí, fue la ciudad tras los desmanes y gestos de violencia de los que nunca se supo la procedencia. Pero la ciudadanía, al menos, asistió al último de los chantajes protagonizados por los controladores del transporte público, según quedó explícito en el acuerdo.

No ganó el pulso el Alcalde porque desde un principio sostuvo públicamente que no negociaría, que las condiciones de entrada al Sistema Integrado de Transporte Público (SITP) no estaban para ser discutidas por las vías de hecho, pero al final terminó cediendo. La presión lo llevó a ofrecerles a los pequeños transportadores una renta fija mensual equivalente al 1,5% del valor del bus que entregarán en concesión, pese a que los pliegos de las licitaciones fijaban la tarifa en el 0,8%. También se estableció que los valores de los vehículos que participen del SITP y cuyos modelos estén entre los años 2001 y 2010 se incrementarán el 5%. Ahora nadie está en capacidad de determinar cuáles serán los efectos del alza porcentual sobre la rentabilidad del sistema, ni quién los habrá de asumir.

Sobre los pequeños transportadores y su aparente victoria puede argumentarse, junto con el concejal Carlos Vicente de Roux, que escaparon a un momento histórico. Los requisitos adoptados para la selección de las empresas operadoras del SITP, bastante exigentes en materia de patrimonio, capital de trabajo y capacidad para conseguir recursos de financiación, los llevaron a considerar que la conformación de una empresa entre todos era una batalla perdida. De ahí también el paro y la escogencia de una vía rápida: exigir más dinero por sus buses y pasar de potenciales empresarios a rentistas. Perdieron, pues, una gran oportunidad, frente a un Distrito que no presionó para democratizar un negocio altamente rentable que, de cualquier manera, ya dominan unos pocos.

En estos cuatro días de la semana que termina en que, por obligación, se debatió a fondo el paradigma del transporte público, surgió la necesidad de ponerles caras a los responsables del pésimo servicio ofrecido. Y no es justo, en esto, que se les endilgue toda la culpa a los choferes de los buses, víctimas de la explotación a la que los someten muchos de los pequeños transportadores. Estos últimos, a su vez, también han sido objeto de los abusos de quienes controlan las licencias que fueron otorgadas sin estudio alguno para dar vía libre a la explotación de las rutas. En total, 66 grandes empresas cuyos propietarios sí participarán de la gran torta en discusión.

Empero, con todas estas salvedades, la ciudad percibió cómo lentamente se va desmontando un sistema de transporte obsoleto, injusto e ineficaz que por décadas ha atormentado a los bogotanos. De entrar en vigor el SITP tal y como está estipulado, la tristemente famosa guerra del centavo habrá de llegar a su fin. La paralización de la ciudad, paradójicamente, hizo palpable la necesidad de tomar el control de este servicio público con los usuarios como prioridad, una tarea por años aplazada por un temor reverencial al poder del gremio. Y esa ha sido una gran ganancia. El reto ahora es que el Sistema Integrado de Transporte y sus pliegos para la licitación se perfeccionen en las mesas de trabajo de manera que el proceso se pueda dar con la transparencia y el rigor que amerita un negocio millonario que tiene incidencia en la vida de todos los ciudadanos.