El milagro de Berna

Ningún éxito deportivo ha tenido tanto valor para Alemania, como la conquista del Mundial de fútbol de 1954 en Suiza.

Ningún éxito deportivo ha tenido tanto valor para Alemania, como la conquista del Mundial de fútbol de 1954 en Suiza. Y no solamente porque fue el primer título que consiguió, sino por las circunstancias políticas y económicas que vivía esa nación tras perder la II Guerra Mundial y la manera dramática en que venció a Hungría en la final, en un episodio conocido como El Milagro de Berna, inspiración de varios libros y películas.

Hoy, 56 años después, el estadio Wankdorf es prácticamente un lugar de peregrinaje para los hinchas teutones, que no dudan en fotografiarse con el histórico reloj que marca el minuto 38 del segundo tiempo, cuando Alemania anotó el gol del triunfo 3 a 2, y las 6:15 de la tarde, la hora en la que terminó el encuentro. El escenario fue remodelado para la Eurocopa de 2008 y tiene como particularidad que debajo del mismo hay un moderno centro comercial. El tablero, que estaba en la tribuna norte, fue trasladado a una vía peatonal contigua, pero mantiene las mismas características que hace medio siglo.

Para quienes no conozcan mucho de la historia de los Mundiales, calificar de milagrosa una victoria alemana puede ser exagerado, pero a comienzos de la década del 50, Hungría era considerada, de lejos, la mejor selección de Europa. De hecho, en 1952 logró la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Helsinki, Finlandia. Y en la primera fase del mundial derrotó 8-3 a Alemania, razón suficiente para llegar como favorita a la final, ante un equipo teutón al que odiaban la gran mayoría de los aficionados, aún resentidos contra cualquier símbolo que se relacionara con el nazismo.

Como era de esperarse, los "magiares mágicos", como llamaban a los húngaros, se pusieron en ventaja rápidamente. A los ocho minutos ya ganaban 2-0, con anotaciones de Ferenc Puskas y Zoltán Czibor, por lo que a nadie en el estadio le cabía duda de que se coronarías campeones, excepto a los aguerridos alemanes, que sorprendentemente igualaron antes del entretiempo con tantos de Max Morlock y Helmut Rahn. En el complemento el clima cambió el rumbo del encuentro, pues la lluvia arreció y la cancha se puso imposible. Los húngaros, cuya principal fortaleza era el toque del balón, quedaron desconcertados cuando el pasto se convirtió en barro, mientras los teutones estaban en su salsa, jugando al pelotazo y haciendo prevalecer su superioridad física.

Adicionalmente, los botines adidas, que en vez de los tradicionales taches de madera, tenían unos recién implementados en plástico y metal, les permitían a los alemanes resbalarse menos y sacar ventaja. A sus creadores, los hermanos Adi y Rudolf Dassler, les deben buena parte de esa victoria, que se produjo gracias a un nuevo gol de Rahn, a siete minutos del final. Aunque la mayoría de los aficionados suizos habían apoyado a Hungría, al final terminaron aplaudiendo a los teutones, merecidamente campeones.