Periodismo y posconflicto: retos y desafíos para el próximo cuatrienio

hace 1 hora

Noticias desde el Vaticano

LA CRECIENTE OLA DE SEÑALAmientos hechos a la Iglesia católica por el silencio cómplice que ha acompañado las graves denuncias por abusos cometidos contra miles de niños tuvo una primera respuesta con la Carta Pastoral que emitió en días pasados el papa Benedicto XVI.

Sin embargo, y como lo señaló acertadamente un editorial del diario El País de España, la respuesta no sólo llega tarde, sino que se queda corta frente a las expectativas que se tenían al respecto.

No se puede señalar a toda la Iglesia católica, en su conjunto, como responsable de lo que está destapándose. Pero tampoco debe caerse en el simplismo de pensar que los gravísimos hechos denunciados fueron producto de algunas “ovejas descarriadas” sin comprometer por ello a quienes debieron no sólo vigilar, sino impedir, denunciar y castigar prácticas que van en contra de los principios morales que el catolicismo busca proteger.

La creciente indignación obedece a dos hechos significativos. Que los casos de pederastia, torturas y malos tratos se produjeron de manera reiterada contra niños que habían sido llevados a colegios o internados con el fin de aprender las bondades de un credo impartido mediante la educación religiosa, y que dichos sacerdotes, escudándose en la autoridad de sus sotanas, terminaran haciendo de la doble moral una forma de vida. Mientas en el púlpito defendían la moral cristiana, en la intimidad daban rienda suelta a las peores vejaciones.

Primero fueron personas agraviadas en Estados Unidos quienes se atrevieron a romper el silencio. Estos hechos llevaron a un remezón fuerte que cobró algunas cabezas y que en materia económica le ha costado a la Iglesia una millonaria fortuna en indemnizaciones. En México, la verdadera historia de Marcial Maciel, fundador de Los Legionarios de Cristo y protegido de Juan Pablo II, da por sí sola para un tratado de psiquiatría. Maciel terminó siendo un santo con pies de barro al ser acusado de pederastia entre 1940 y 1970, y tras comprobarse que tuvo una esposa y tres hijos en su país natal, a dos de los cuales abusó, y otra hija en España, donde había sentado sus reales desde la época del franquismo.

Luego el asunto saltó a Australia y a Europa. En Irlanda, cientos de personas se atrevieron a denunciar lo ocurrido allí, con la complicidad de autoridades estatales, y pronto el horror se extendió a Holanda y Alemania. Precisamente el tema de Irlanda fue el que llevó a que el papa Benedicto XVI, criticado por su silencio frente al tema, emitiera una Carta Pastoral en la que pide perdón a las víctimas de pederastia y expresa “vergüenza y remordimiento”.

Lo anterior es un paso en la dirección correcta, pero no se trata solamente de reconocer culpas, sino de promover una profunda reforma en el interior de la Iglesia que evite casos similares a futuro y que lleve a los culpables ante las autoridades civiles encargadas de este tipo de delitos. Dice la Carta que dichos sacerdotes “deben responder ante Dios y ante los tribunales legítimamente constituidos”. ¿No sería bueno, además, aceptar la sana discusión sobre temas vetados como el del celibato?

De hecho, el asunto del silencio cómplice, en el ejercicio del cargo, ha llegado hasta el propio Vaticano, pues se conoció en estos días el caso de un sacerdote acusado de pederastia en Alemania y trasladado a la diócesis de Munich cuando Joseph Ratzinger era obispo en 1980. Hasta ahora no ha habido pronunciamiento del Papa al respecto. A propósito, flaco favor le hace al Obispo de Roma el reciente apoyo del primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, quien, contando con el silencio cómplice de la Iglesia, ha hecho de la doble moral un asunto de Estado.

Un conocedor del tema religioso trajo a colación el hecho de que en 1545 el catecismo del Concilio de Trento determinó que “ofender la inocencia de los niños” es uno de los cuatro pecados más abyectos que se pueden cometer, uno de los que “claman venganza en nombre de Dios”. ¿Qué más puede hacerse si la sal se corrompe?