¿Hacia el acuerdo humanitario?

LA LIBERACIÓN DEL SOLDADO JOSUÉ Daniel Calvo le dio un nuevo aire al hasta ahora inexistente tema de negociaciones de paz con la guerrilla de las Farc.

Pese a que no se dio el oportunista protagonismo de algunos intermediarios, lo mediático de la entrega del plagiado tomó la forma de un espectáculo y permitió, incluso, que más de uno les diera las gracias a los guerrilleros. Ahora estamos todos atentos a la liberación, igualmente unilateral, del sargento Pablo Emilio Moncayo. Todo indica que el enrevesado proceso de sacar a un secuestrado de la selva y llevarlo a su libertad será seguido con igual detenimiento por la ciudadanía. Es, sin duda, un momento alegre en medio de la execrable práctica del secuestro.

Si este es un gesto de buena voluntad, con seguridad las familias de los secuestrados sabrán valorarlo. De hecho, son ellas las únicas que están en capacidad de impartir perdón por una acción que es considerada un crimen de guerra por la legislación internacional. En el caso de la liberación del sargento Moncayo, interno en la selva desde su secuestro, el 21 de diciembre de 1997 en el ataque de las Farc al cerro de Patascoy, difícilmente puede hablarse de un hecho encomiable que pueda celebrarse. Por muy obvio que parezca, no está de más insistir en que los culpables del secuestro son los actores que lo perpetran y nadie más. Las Farc deberían entregar a todos sus mal llamados rehenes, sin condición alguna, toda vez que ni siquiera les garantizan dignas condiciones de reclusión. Deberían, también, comprometerse a poner fin a los secuestros de una vez por todas.

Con todo, además del sargento Moncayo son 21 los militares y policías que no han sido rescatados por el Estado colombiano. Con éstos y sus familias existe, de parte del Gobierno, una obligación por mucho tiempo aplazada. Las Farc ya han hecho explícito, con su habitual cinismo, que no habrá más liberaciones unilaterales. Pasarán, pues, muchos otros días sin que sepamos de su suerte, salvo que el tantas veces discutido tema del intercambio humanitario se abra camino por entre las obstinadas posiciones del Gobierno y la guerrilla.

Esta no es tarea fácil. Quizá debido a la obvia alegría que siguió a la liberación del soldado Calvo, las palabras del presidente Uribe fueron interpretadas como favorables al intercambio humanitario. Pero lo cierto es que el Primer Mandatario continúa en su misma posición de exigir que los guerrilleros que recobrarían su libertad no vuelvan a formar parte de las Farc. En otros términos, que se rindan. Y las Farc, no obstante el haber desechado su exigencia en el despeje con miras a un acercamiento, parten de la base de que guerrilleros que ya han sido extraditados por el delito de narcotráfico, como Anayibe Rojas, alias Sonia, y Ricardo Palmera, alias Simón Trinidad, deben estar entre la lista de presos que tomarían parte del intercambio humanitario. Al final, ninguna de las dos partes está realmente interesada en un acto puramente humanitario. Importan más el cálculo y la estrategia.

Aun así, labores como la de Colombianos y Colombianas por la Paz son esenciales para mantener abiertas las ventanas a la negociación. No hay señales de debilidad, como algunos lo indican, en querer humanizar la guerra. Por lo demás, ya ha quedado claro con las recientes declaraciones sobre el tema dadas por los candidatos presidenciales, que habrá mano firme frente a la guerrilla. Sus violentas actividades son ampliamente repudiadas y el secuestro no es la excepción. Es hora de pensar en los soldados y policías que están en las selvas.