Antes de ser empresario, de hablar de producción, moldes y proyecciones de mercado, Mauricio Rodríguez aprendió a caerse y a levantarse.
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No fue en Colombia. Fue en Montreal, en medio de un invierno largo, cuando estudiaba Diseño Industrial gracias a una beca. Ahí, en una ciudad donde la nieve hace parte del paisaje cotidiano, descubrió el snowboard. Descender lomas cubiertas de blanco se convirtió en ritual de fin de semana. “Primero me caí muchas veces”, recuerda. Luego le tomó el pulso.
Fueron sus compañeros quienes le hablaron de otra tabla, una que no necesitaba nieve. “Es como un snowboard, pero en la calle”, le dijeron. Así conoció el longboard y empezó a escribir una historia que terminaría llevándolo tres veces a obtener el título nacional en esta modalidad.
Surfear el asfalto
Cuando regresó a Colombia, el longboard no tenía un panorama claro. Existía el skate tradicional desde los años 80, pero no la modalidad de descenso en carretera. Mauricio y otros pioneros comenzaron a construirla casi que desde cero.
Entrenaban en Guasca, Subachoque y Choachí. El Parque Nacional, con su bajada emblemática desde la Circunvalar hasta la Quinta, se convirtió en el epicentro. “Éramos un grupo pequeño, muchos veníamos del skate o del surf. Era como surfear el asfalto”, dice.
El deporte creció con disciplina y riesgo. Bajaban temprano, con carro guía adelante y atrás, luciendo cascos de carbono, rodilleras y espinilleras. Las carreteras seguían abiertas y en aquella época no había margen para la improvisación.
Con el paso de los años, los campeonatos empezaron a tomar forma. Circuitos en Bogotá, Cali, Pereira, Medellín, Ibagué, Boyacá. 100 competidores, 64 clasificados, rondas eliminatorias hasta que cuatro definían el podio. Mauricio fue sumando puntos durante tres temporadas consecutivas, donde fue tres veces campeón nacional.
A los 30 años competía contra jóvenes más rápidos, pero compensaba con gimnasio, buena alimentación y entrenamiento mental. Representó al país en Perú, viajó a Estados Unidos y cumplió el sueño de correr un Mundial en Francia. Además, recuerda con cariño el Festival de la Bajada en Bogotá, donde esas mismas estrellas internacionales se hospedaban en casas de los propios riders: “Ya estaban con nosotros esas figuras que tanto idolatrábamos”, comenta.
De importador a fabricante
El cambio no ocurrió de un día para otro. Primero, la demanda. “Venga, yo quiero hacer ese deporte, ¿dónde consigo la tabla?”, empezaron a preguntarle. Mauricio tenía contactos con marcas de Estados Unidos y Canadá, y fue entonces como nació Longboard Colombia, inicialmente, como distribuidora especializada.
Durante siete años importó tablas y estudió catálogos y materiales. La industria norteamericana trabajaba tradicionalmente con maple canadiense, una madera resistente pero que tardaba hasta 30 años en crecer.
Hasta que vio una empresa californiana fabricando tablas con bambú chino. “Ahí dije: esto lo podemos hacer en Colombia”.
Como diseñador industrial, la idea dejó de ser romántica para materializarla. Colombia no solo tenía bambú, tenía guadua, una de las especies botánicas más grandes del mundo, concentrada especialmente en el Eje Cafetero y en el norte del Valle del Cauca.
Mientras el arce tarda décadas en madurar, la guadua está lista en tres o cuatro años. Además, no exige tala rasa, el corte es selectivo, se retiran las varas maduras y el guadual sigue creciendo, regenerándose y preservando biodiversidad.
Mauricio decidió dar el salto. Pasó de importar a diseñar y fabricar. Moldes con corte láser, diseño digital e impresión especializada, pero con un proceso aún semiartesanal de alta calidad. “Parecía utópico decir que en Colombia podíamos hacer un producto de alto rendimiento”, admite.
Hoy producen cerca de 1.500 tablas al año. Empezaron con 20 mensuales, luego 50, y ahora proyectan 300 al mes para cubrir la demanda nacional y explorar mercados como Perú y Ecuador. Las tablas viajan a La Guajira, Yopal, Villavicencio, Sogamoso, Medellín, Cali. “Donde haya una cicloruta, hay alguien que quiere rodar”, menciona.
Movilidad con identidad
Para Mauricio, el longboard no es solo deporte, es movilidad. En trayectos urbanos de dos a cinco kilómetros, la tabla se convierte en aliada porque puede combinarse con transporte público, no requiere parqueadero, se guarda bajo el brazo o en un locker. Las ruedas anchas —de 70 milímetros o más— suavizan el terreno. La guadua aporta flexibilidad y amortiguación.
Pero insiste en algo más profundo: la educación vial. “Lo primero es respetar. Pasarse un semáforo en rojo no depende del vehículo, depende de la cultura”, afirma.
El casco es obligatorio, así como los guantes y las rodilleras, e insiste en que hay que saber frenar antes de acelerar. Además, hay que saber elegir la tabla adecuada según la estatura y el peso, entendiendo que el cuerpo es el chasis.
Y luego de esto, llega la experiencia. “No eres un espectador. Sientes el aire, el sol, las subidas y bajadas de la ciudad. Moverse en longboard es recorrer como si fuera un videojuego real, anticipar carros, leer intersecciones, fluir”, explica.
La pendiente continúa
Mauricio ya no compite por puntos. Compite por consolidar una industria alternativa. Dejó el podio, pero no la tabla. Su historia no es solo la de un campeón nacional, es la de alguien que entendió que el vértigo también puede transformarse en empresa, que la velocidad puede dar paso a la ingeniería y que una loma puede convertirse en laboratorio.
Rodó sobre nieve, sobre asfalto y ahora sobre guadua, y en cada descenso, continúa persiguiendo el equilibrio con la pedagogía en las llantas, para enseñar a quienes les gusta rodar: el arte de hacerlo con responsabilidad.