Por: Fernando Araújo Vélez
El Caminante

Ayer

Amores y periódicos de ayer, cuando se amaba para "toda la vida", se hacían canciones que decían “Tu amor es un periódico de ayer”, sin programas computarizados ni manuales de composiciones vendedoras y aquellas canciones permanecían por años y años, y se escribían periódicos según el criterio de quienes los escribían, no el de un robot. Palabras de ayer, cuando aún escribíamos a mano y en cuatro letras repasábamos la historia, porque escribíamos a-y-e-r, y mientras lo hacíamos nos íbamos al ayer, al blanco y negro y a los grises, al rock and roll, a Elvis y los Beatles, al peace and love y los tacones y la corbata impecables, e incluso al antes de ayer, a Camus, a Picasso, a Óscar Wilde y a Napoléon y a Beethoven. Sonidos e imágenes de ayer, nombres y personajes de ayer, Marilyn Monroe, Frank Sinatra, Chaplin o Sean Connery, que se transformaron en mito, o los transformamos en mito, recreándolos de tanto imaginarlos y de tanto esperar a que apareciera su siguiente película, u otro disco, un artículo en una revista o su foto en el diminuto recuadro de un diario.

Valores y principios de antes de la guerra, cuando pedir era tomado como incapacidad y ayudar a alguien sin que ese alguien lo pidiera era insultarlo, cuando caer era fortalecerse, y lo cómodo y lo fácil, una debilidad. Cuando ser soplón era una ignominia, y los problemas se arreglaban frente a frente, cara a cara, sin necesidad de intermediarios ni de oficinas de conciliación. Cuando cada quien se hacía cargo de su vida, de sus aciertos y de las consecuencias de sus errores, y decidía por sí mismo, sin llamar a un acudiente o a un “tomador de decisiones”. Largas tardes de ayer, en las que el aburrimiento llevaba a la imaginación, y con la imaginación, por la imaginación, aparecían los juegos mágicos, los amigos invisibles, las espadas fantásticas y la fantasía. Quien jugaba era protagonista de su juego. Se lo tomaba tan en serio como la vida, y jugando aprendía a proponer y a hacer más que a reaccionar, y a perder y a ganar, tanto en el juego como en la vida.

Viejos tiempos de ayer. Lentos, pacientes, profundos. Tiempos en los que la espera era parte esencial de la búsqueda, y la búsqueda, un motivo para vivir. Tiempos para conversar, para caer, perder y levantarse, para amar a fuego lento, para mirar a lo lejos y descubrir el vacío, para borronear letras en un poema inconcluso que vaticinara estos otros tiempos en los que cada vez somos menos humanos.

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2020-01-18T16:55:51-05:00

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