Una leyenda llamada Joe

Un año después de su muerte, el genial cantautor costeño sigue más vivo que nunca en Barranquilla, ciudad que lo acogió y en donde se quiso quedar para siempre.

Un día como hoy, hace exactamente un año, Barranquilla se despertó temprano y con la misma expectativa que la turbaba desde hacía varias semanas: El Joe Arroyo había recibido la noche anterior los santos óleos por parte de monseñor Víctor Tamayo y todos estaban a la espera de la fatal noticia.

No pasó mucho tiempo hasta que, promediada la mañana, los medios confirmaron con dolor el desenlace que todos temían: Álvaro José Arroyo había muerto, víctima de una larga y penosa enfermedad que le afectó la respiración, la función renal y finalmente le paralizó el corazón.

“Yo estaba pendiente de la radio, porque ya muchas veces se había dicho que el Joe se había muerto. Ese día, cuando volví a escuchar la noticia, inicialmente no le di crédito”, dijo Richard De la Hoz, un barranquillero inquieto amante de la salsa, que vive de manejar un taxi y que dos días después había de formar parte de la turba bulliciosa y ebria, que por poco no deja sepultar a quien en vida se le conoció como ‘El Centurión de la Noche’.

Ya en Barranquilla estaba por esos días Wilson Manyoma, su eterno compañero en la orquesta de Fruko y sus Tesos, con quien compartió años de fama y gloria. También habían llegado otros artistas y personalidades, que habían desfilado por los pasillos de la clínica en la que estuvo recluido Joe durante varias semanas.

Manyoma fue uno de los que se quedó (aún vive en Barranquilla) y cantó en la tarima que folclóricamente se montó a un costado de la Catedral para conmemorar los funerales más ruidosos y multitudinarios de los que se tengan noticia en años recientes en esta ciudad.

Llegaron cantantes de todas las estirpes y géneros musicales, muchos de ellos tan jóvenes que acaso habrían logrado conocer al Joe en persona, viéndolo quizás de lejos en algún escenario. Pero no importaba. Había que estar allí. Había que formar parte de ese alboroto colectivo, festivo y mediático en el que se convirtió la muerte de un artista, al que en sus 55 años de vida jamás se le rindió un homenaje de tal envergadura.

“El Joe fue un artista que labró su fama a punta de talento. Jamás se le vio en los medios de comunicación tratando de que le sonaran un tema y la verdad es que las disqueras que manejaron su carrera casi nunca le dieron el respaldo contundente que se hubiera esperado para un músico de su calidad, dice Patricia Escobar, versada periodista de farándula barranquillera.

En Barranquilla se quedó

Como él mismo lo dijo en sus canciones, en Barranquilla se quedó. El Joe había nacido en Nariño, un barrio negro ubicado en las faldas del cerro de La Popa en Cartagena, de donde su talento sanguíneo lo sacaría pronto a los escenarios que le correspondían.

A Barranquilla llegó cuando tenía ‘14 primaveras’, como voz líder de la orquesta La Protesta de Colombia. Aquí conoció al maestro Julio Estrada ‘Fruko’, quien se lo llevó a Medellín, donde se radicó por muchos años cosechando fama con ese talento que le brotaba por los poros. Cantó para Los Tesos de Fruko, los Latin Brothers y otras agrupaciones, hasta que a principios de los años 80 fundó su propia orquesta: La Verdad. Se radicó en Barranquilla, donde se quedó hasta el día de su muerte.

“El Joe alcanzó tal altura musical que la salsa que le dio la fama en los años 70 se le fue quedando corta en su inagotable talento. Era un tipo que todo el día estaba pensando y creando música. A cualquier hora de la madrugada lo llamaba a uno para que escuchara alguna vaina que se le había ocurrido y solía ser casi siempre otra de sus genialidades”, dice Ricardo ‘El Pin’ Ojeda, uno de sus grandes amigos y compañeros musicales de toda la vida.

Con su orquesta La Verdad no tuvo límites. Rescató del olvido memorables piezas del folclor ribereño y Caribe, fusionó ritmos insospechados, grabó sones, cumbias, guajiras socas, maestranzas, puyas, porros y llegó a hacer tal mixtura musical que no tuvo más remedio que patentarlo con nombre propio: el ‘Joeson’.

“Su época era el Carnaval. Larga duración que sacaba, era larga duración del que pegaban todos los temas. Si no los ponían las emisoras, la gente los imponía en la calle, lo cual es un fenómeno muy natural en Barranquilla, pero el Joe era un ídolo como no ha habido otro en la ciudad”, afirma Patricia Escobar.

El adiós a un ídolo

Dice la leyenda que desde la tumba del Joe Arroyo, en el cementerio Jardines de la Eternidad, en las afueras de Barranquilla, en ocasiones se escuchan sus canciones en voz baja, sin acompañamiento musical ni nada. Es posible que se trate de alguna de las exageraciones propias de los caribeños, pero lo cierto es que en esta ciudad todos coinciden en señalar que cuando más se ha conocido y reconocido la obra musical del Centurión de la Noche es desde que aquella mañana del 26 de julio de 2011, cuando partió de este mundo terrenal.

Ese día murió el Joe y nació su leyenda. No hubo emisora que no pusiera su música hasta el cansancio. Los estaderos, casetas ocasionales, bares de alta, media y baja gama retumbaban sus melodías, en las discotecas solo se advertía el estridente chillido equino con que matizaba sus canciones y desde entonces el fenómeno se perpetuó hasta el aburrimiento durante largos meses, donde no hubo un solo tema de su larguísimo repertorio que no se recordara en incontables ocasiones.

Se hicieron novelas sobre su vida, se crearon mitos sobre su insólito genio creador, Barranquilla lo acogió oficialmente como su hijo adoptivo, se le esculpió una enorme estatua en plena calle 72 frente al viejo estadio Romelio Martínez donde baila con los palitos de la clave en la mano, se bautizó una plazoleta en su nombre y no es extraño decir a alguien “voy para el Joe”, porque la Alcaldía decidió inmortalizarlo aún más poniéndole su nombre a la estación de retorno más importante que tiene el sistema de transporte masivo, Transmetro.

Joe quiso quedarse en Barranquilla y parece que su deseo se cumplió de manera tan estricta, que hoy muchos piensan que más bien la ciudad fue la que quiso quedarse con él. Su leyenda renace cada día con el mismo fuego que ponía en los escenarios siempre que se presentaba y dedicaba sus canciones a “Barranquilla la bella”, como él le decía.

Como el día que llegó a cantar con La Protesta, como cuando regresó a fundar su orquesta La Verdad, como cuando echó raíces con su música y familia, como cuando en sus delirios creativos magnificaba el folclor y la cultura barranquillera y Caribe, como cuando se le henchía el pecho y la multitud lo ovacionaba sin descanso en los festivales de orquesta del carnaval, como cuando cayó en la desgracia de la enfermedad, como cuando partió al más allá, como cuando los barranquilleros casi no permiten que lo sepulten, como hoy, un año después de su fallecimiento, el Joe está y seguirá estando más vivo que nunca.

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