Bernardo

El 13 de junio de 1954 los colombianos vieron televisión por primera vez. En la noche de estreno se presentaron: Rojas Pinilla, un concierto de violín, un sketch cómico, unas danzas folclóricas y un dramatizado. El protagonista de ese dramatizado era Bernardo Romero, que tenía 12 años. Desde entonces, la vida de ese niño genio estuvo ligada a la televisión.

Bernardo  Romero  Pereiro. / Archivo
Bernardo Romero Pereiro. / Archivo

Es difícil sobreestimar la influencia de Bernardo. Él hizo todo: comedia familiar, melodrama intimista, musical, farsa, suspenso, costumbrismo, crítica social y culebrón tremendo. Y todo lo hizo bien. Disfrutó del raro don de hacer coincidir la calidad literaria con el entretenimiento. Los diálogos de Bernardo eran musicales y tenían profundidad, sus personajes tenían encanto, sus historias se quedaron a vivir en la memoria colectiva del país y colaboraron en la educación sentimental de dos generaciones.

En un día típico de su época más productiva, Bernardo se levantaba a las cuatro de la mañana, escribía de cuatro a siete un capítulo de novela y a las ocho de la mañana estaba en los estudios de Gravi, dirigiendo la primera escena de las 85 que era capaz de realizar hasta el momento en el que se iba a su casa a dormir. Todo esto mientras daba cuenta de una botella de aguardiente, se fumaba dos paquetes de cigarrillos y disparaba chistes y madrazos en todas direcciones. Los domingos, cuando no dirigía, consagraba la madrugada a escribir el capítulo de Dejémonos de vainas de la semana y —una vez desayunado— se encerraba de nuevo en su estudio a leer y a soñar con nuevos proyectos.

Siempre fue así: un fanático de hacer la tarea, alguien que tuvo muy claro su destino de creador y que supo que más allá de la inspiración estaba la transpiración. A los 19 años, según consta en su libreta de notas, podía leer 500 páginas, dirigir un ensayo de una obra de teatro, escribir un sketch cómico, asistir a una reunión de negocios y sostener una charla de tres horas sobre los elementos estructurales de Macbeth. Todo en el mismo día.

Alguien con tanto talento y tanta fuerza, no podía estar en segunda línea. Bernardo siempre fue una estrella. No sólo de la escritura, o de la dirección, sino de los negocios.

En 1981 era el empleado consentido de Fernando Gómez Agudelo y logró dirigir doscientas escenas a control remoto desde la cama de un hospital, con cuarenta grados de temperatura y la cara salpicada por ronchas de varicela. Después de esta hazaña renunció a la vicepresidencia creativa de RTI y se lanzó a la vida independiente. Primero en Coestrellas —al lado de Pacheco, el Gordo Benjumea y Gustavo Cárdenas—; y después en Producciones BRP.

Como productor, cuando le abrió la puerta a un talento que entró con el pie derecho a la televisión. La lista de personas que se estrenaron con Bernardo es larga. Fernando Gaitán, Mónica Agudelo, Mauricio Navas y Anita de Hoyos escribieron para él. Diego León Hoyos, Miguel Varoni, Víctor Mallarino, Alí Humar y Magdalena La Rotta dirigieron sus textos. A todos ellos —y a otros—, Bernardo les demostró que era posible encontrar un destino contando historias populares y que el entretenimiento era una forma superior de la comunicación.

No se conformó con ser una estrella local. Exploró mercados más allá de Colombia. Fue el primero en tener éxito en España y en México. La televisión colombiana le debe mucho a proyectos como Caballo viejo y Señora Isabel. Sin ellos, hubieran sido imposibles Betty, la fea, Pasión de gavilanes o Pedro el escamoso.

Pero por encima de cualquier cosa, a Bernardo —que lo tuvo todo— le sobró corazón. Corazón que usó para construir unos personajes de una dignidad asombrosa y para hacer una fiesta con su propia vida. Su matrimonio con Judy Henríquez tuvo el privilegio de ser feliz. Bernardo se casó con Judy en 1968, vivió con ella 37 años y tuvo dos hijas.

Él, que conoció como pocos el alma femenina, transitó por el mundo acompañado por sus tres mujeres y a la hora de la muerte ahí estuvieron ellas, a su lado, para tomarlo de la mano y despedirlo.

Bernardo murió joven. Pero vivió rápido y le alcanzó para convertirse en el dramaturgo más importante de Colombia. No fue un maestro, porque tenía claro que las cosas importantes no se aprenden y que el que tiene la maldición de escribir es incorregible. Pero igual. Gracias a él perseveramos en un oficio duro y lleno de magia que jamás pretendió enseñarnos.

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