¿Cuántas veces hemos dejado de intentar algo por miedo a equivocarnos? ¿Cuántas veces preferimos cancelar una cita, posponemos enviar nuestra hoja de vida, no aceptamos una invitación o le huimos a una tarea pendiente desde hace mucho?
Podría parecer que lo que nos motiva a postergar es la falta de interés o la pereza, pero, en muchas ocasiones, el único pensamiento que acompaña esas aparentes decisiones es: “¿y si fallo?”. Porque equivocarse significa exponerse al juicio, a la decepción, a la burla o a la sensación de no estar a la altura.
Cuando ese miedo obliga a retraerse, condiciona la forma de actuar o nos hace sentir constantemente que dejamos escapar personas, oportunidades y experiencias, se denomina “atiquifobia”. Y es, precisamente, el terror y la ansiedad desmedidos que nos produce equivocarnos.
¿Por qué evitar parece ser la mejor opción?
En nuestra mente y nuestro sistema esto funciona como un placebo. Es decir, que puede dar alivio momentáneo y reducir la ansiedad, al menos por un rato. El problema es que esa aparente calma dura poco, porque esas oportunidades, salidas, parejas, exámenes o trabajos perdidos suelen traer frustración, culpa o sensación de estancamiento. Lo único que provoca ese famoso verbo “procrastinar” es hacernos caer en un círculo vicioso.
Por miedo a fallar, no intentamos. Pero, al huir, aparece esa sensación de fracaso y mucha más desmotivación.
Y es que para muchas personas el temor no radica únicamente en el error que pueden cometer, sino en lo que eso representa: decepcionar a otros —amigos, familiares, pareja—, confirmar dudas o sospechas que resultan siendo ciertas y difíciles de asimilar, quedar expuestos al juicio ajeno —esto, sobre todo, si se tiene una baja autoestima, si hay una autoexigencia o un síndrome de complacencia desmedidos, si casi siempre se ha dependido de las opiniones ajenas—.
Así, cualquier situación que implique un juicio de valor, como un parcial de final de semestre, una entrevista de trabajo, una conversación incómoda o un concurso, se convierte en una fuente de angustia.
¿De dónde puede provenir esta fobia?
Su aparición puede estar ligada a experiencias en el pasado —como lo hemos hablado en otros artículos sobre traumas, patrones y síndromes— en donde equivocarse tenía consecuencias dolorosas. También el convivir en entornos en donde el error no era (o no es) aceptado, presentar antecedentes de ansiedad y otros trastornos emocionales.
Pero no hay que confundirlo con el perfeccionismo.
Este último apunta a querer hacerlo todo bien. Aunque es cierto que puede actuar como un arma de doble filo y provocar comportamientos dañinos y poco autocompasivos, el perfeccionismo suele, la mayoría del tiempo, alentar a obtener mejores resultados y cumplir metas. La atiquifobia, como la otra cara de la moneda, apunta a ni siquiera intentarlo para no equivocarse.
Mientras una persona perfeccionista se exige, alguien con miedo al fracaso puede inmovilizarse.
Identificarla y buscar apoyo
Esta fobia, además, puede dificultarnos tomar decisiones (por mínimas que parezcan) y llevarnos a rechazar a críticas, incluso cuando son bienintencionadas. En otros casos, se traduce en ansiedad incontrolable que puede provocar insomnio, pensamientos rumiantes sobre la situación, taquicardias, sudoración, mareo, vómito, irritabilidad o tristeza.
Pero no. Realmente no existe una prueba específica para diagnosticar la atiquifobia; se identifica cuando el miedo empieza a afectar el día a día. Por supuesto, la terapia psicológica es una de las principales formas de abordaje, ya que permite revisar la forma en que se interpreta el fracaso y desarrollar herramientas para manejar la ansiedad.
En algunos casos, la medicación puede ser un apoyo si hay otros trastornos asociados y si es un psiquiatra quien así lo determina.
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