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El matrimonio lavanda es, en términos sencillos, una forma de unión que tiene como base acuerdos prácticos y no necesariamente una noción de amor romántico de por medio.
Es una relación formal entre dos personas que deciden compartir casa, gastos, responsabilidades y, en algunos casos, beneficios legales, sin establecer un vínculo afectivo real de pareja. De hecho, el concepto tiene antecedentes históricos, pero con el tiempo se le dio un sentido distinto. Antes, tenía como función describir matrimonios entre personas LGBTIQ+ que buscaban una especie de protección ante el rechazo de la sociedad. Por ejemplo, era posible que se consolidara una relación entre un hombre gay y una mujer lesbiana para ocultar su verdadera orientación sexual y que pudieran vivir con más tranquilidad.
Pero hoy en día es una elección deliberada, en parte por las redes sociales que han contribuido a visibilizar el fenómeno y porque las formas de vivir y expresar el amor han evolucionado muy rápido: ya no es necesario que la pareja esté conformada necesariamente por personas que no sean heterosexuales.
El equipo de Selia —plataforma de salud mental con la que solemos respaldar términos y análisis psicológicos de nuestros artículos— mencionó en su explicación al respecto un análisis desarrollado por la Universidad de Harvard, que señalaba que este tipo de acuerdos no responde a una tendencia o a una moda, sino que funciona como estrategia frente a varios problemas estructurales que afectan a las nuevas generaciones. Entre ellos están la dificultad para acceder a una vivienda propia, la falta de responsabilidad afectiva, el desgaste frente a las dinámicas de las citas en las aplicaciones que se han desarrollado para tal fin y, claro, la sensación de soledad.
¿Qué otras características tiene?
A diferencia de un matrimonio tradicional, el matrimonio lavanda se construye a partir de negociaciones explícitas, como las parejas LAT, por ejemplo.
Las personas que deciden llevar este modelo de relación suelen acordar desde el inicio cómo se dividirán los gastos, qué tipo de apoyo o respaldo emocional esperan recibir del otro y qué límites van a trazar respecto a la vida íntima y a posibles relaciones externas. En muchos casos, estos acuerdos también contemplan la posibilidad de acceder a servicios por igual y compartidos (como la salud, los seguros, una pensión, entre otros) dependiendo de las decisiones que puedan tomarse en el aspecto legal del matrimonio de cada país.
Como lo mencionábamos anteriormente, uno de los principales factores detrás de esta elección es económico. En el artículo del portal web también se citan resultados de investigaciones que indican que el costo de la vivienda —a nivel mundial— ha aumentado de manera desproporcionada frente a los ingresos que manejan las personas menores de 35 años. Casarse es, en realidad, una alternativa ante las dificultades que deben enfrentarse y que, con un documento legal de por medio, pueden llegar a solventarse un poco más rápido.
Desde el punto de vista de la salud mental, los mismos especialistas aseguran que estos acuerdos pueden reducir la presión asociada a las expectativas románticas y desarrollar vínculos con un poco más de libertad. Cuando se definen reglas, también se ponen sobre la mesa los posibles riesgos: confundir el papel verdadero que se tiene, la dependencia económica desigual o las dificultades para gestionar sentimientos que puedan surgir con el tiempo.
Este último aspecto es importante, ya que aunque el acuerdo establezca que no habrá sentimientos, esto no impide que puedan surgir. Como seres humanos con una dimensión social y afectiva que se construye a diario, la convivencia y la cercanía pueden dar lugar a vínculos mucho más fuertes.
Por esa razón, se recomienda revisar esas normas periódicamente, así como contar con espacios de acompañamiento profesional para que, como en las parejas tradicionales —y en cualquier vínculo, a decir verdad— haya claridad y especificidad en quienes buscan estabilidad, convivencia y apoyo sin que el romance sea el eje de la relación.
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