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Cómo “sobrevivir” a las conversaciones incómodas en las reuniones de Navidad

Para entender por qué estas escenas siguen repitiéndose —y por qué “hoy generan más ruido e incomodidad que antes”—, es necesario entender el trasfondo cultural del que vienen.

Paula Andrea Baracaldo Barón

24 de diciembre de 2025 - 05:11 p. m.
Foto: Pexels
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Hoy es Navidad. Eso significa que comienzan las cenas y reuniones familiares, tan atravesadas por la nostalgia, por los encuentros (o reencuentros), como por las conversaciones que incomodan: preguntas sobre el dinero, comentarios sobre la vida sentimental y las decisiones personales, críticas a los cuerpos ajenos o la forma de criar a los hijos. Opiniones heredadas de una época en la que poco o nada se cuestionaba.

Pero, para entender por qué estas escenas siguen repitiéndose —y por qué “hoy generan más ruido e incomodidad que antes”—, es necesario conocer el trasfondo cultural del que vienen.

Durante muchos años, las dinámicas familiares se sostuvieron en esa idea de que los adultos tenían la razón. Papás, abuelos, tíos y otras figuras de autoridad podían opinar, corregir, decidir e imponer sin que eso se entendiera como una intromisión en la vida de quien recibía los comentarios y guardaba silencio, tal vez, por el miedo disfrazado de respeto. Y, si bien esa lógica operaba dentro de las casas, también lo hacía en el colegio o en otros espacios de encuentro. La palabra del adulto se asumía como válida por su lugar jerárquico.

Y luego, sin importar la edad, comenzamos a normalizar opinar sobre la vida del otro, actuar como jueces para decidir qué está bien y qué está mal, tomar decisiones por los demás.

Todo esto lo explica Claudia Barreto, psicóloga egresada de la Fundación Universitaria Konrad Lorenz, que aclara que, aunque no ocurre de la misma manera en todas las familias, generalmente sí existen figuras que refuerzan esos roles y terminan alimentando dinámicas incómodas del grupo.

No fue hasta hace poco que comenzamos a hablar con más claridad y seguridad sobre lo poco o mucho que logran afectarnos los comentarios externos: que si engordamos, que si ya casi nos independizamos, que “nos está dejando el tren”. Pero, afortunadamente, como lo explica la doctora Barreto, el aumento de estudios sobre estos temas ha permitido entender que muchas conductas antes vistas como normales generan consecuencias en la salud física y mental.

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La popular generación de cristal

"Es que ya no aguantas nada” funciona como el típico cierre de conversación cuando alguien intenta establecer un límite. La etiqueta de generación de cristal aparece entonces para explicar —y descalificar— una incomodidad o dolor. “Es un término que no tiene respaldo psicológico, sino que se ha establecido por su uso popular, por su origen cultural”, asegura Barreto.

“Venimos de una dinámica en la que, sobre todo para los hombres, el más fuerte era el más valiente y, por tanto, el mejor”, continúa. Por eso, cuando alguien se toma la libertad de expresar emociones, poner límites, cuestionar discursos tradicionales o a hablar de derechos de cuidado, se asume que se rompe fácilmente, que no tolera ni acepta nada: “Y ahí aparece la transición y la pregunta: ¿es que realmente tendríamos que aceptar aquello que nos lastima?”.

Para algunas generaciones, ese cuestionamiento se vive como una crítica a la forma en que vivieron, lo que explica reacciones defensivas y frases como que “antes todo estaba bien”. Reconocer emociones, hablar de lo que duele, ir a terapia o poner límites se interpreta ahora como debilidad, cuando, de hecho, “muchas personas mayores viven con enfermedades crónicas asociadas a una mala gestión emocional”.

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Guía práctica (aunque no tan sencilla) para sobrevivir a las reuniones incómodas de Navidad

  • Está bien decir “no”

El límite no se pone para castigar ni para corregir al otro, no busca cambiar a nadie ni hacer que piense distinto, sino marcar hasta dónde algo resulta tolerable. Por eso es importante diferenciar una opinión de una intromisión: no todas los comentarios que nos hacen requieren respuesta.

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Si durante nuestra presencia, alguien opina sobre un tercero y eso incomoda, es posible no entrar en discusión o no participar de la conversación. Levantarse de la mesa de manera respetuosa, cambiar el tema sutilmente o, incluso, ignorar el tema pueden ser una opción. “Las reacciones que eso genere en los demás no son responsabilidad de quien pone el límite”, comenta nuestra experta.

  • ¿Cuál es el momento justo para intervenir?

“Cuando el comentario es repetitivo, cuando genera un malestar corporal o emocional que es bastante evidente, cuando toca decisiones personales o cuando la interacción se vuelve hostil”, comenta la profesional.

  • Elegir el momento para responder (o no)

No siempre hay energía física o emocional para responder en medio de una comida o del brindis. No todos los límites deben ponerse de inmediato, aunque las críticas puedan llegar en el momento menos oportuno de la noche. A veces retirarse un momento, cambiar de espacio o hablar después con la persona que hizo el comentario es mucho más adecuado.

No es signo de debilidad guardar silencio; por el contrario, evita peleas que puedan escalarse y hacernos entrar en una dinámica pasivo-agresiva durante el tiempo que resta del encuentro familiar.

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  • “Bajar los guantes"

Poner límites tampoco implica estar a la defensiva. Muchas veces basta con no engancharse, pues las respuestas breves o monosílabas pueden ser suficientes: “sí”; “no”; “no lo considero así, pero gracias”; “no me parece relevante hablar de ese tema, pero agradezco tu preocupación”; “valoro tu opinión, aunque yo me siento bastante cómodo/cómoda con mis decisiones”, etcétera.

  • Lo que se dice también habla de quien lo dice

Detrás de todo juicio hay una necesidad no atendida. Las personas suelen hablar desde sus propios miedos o carencias, y entender esto no significa justificar el comentario, sino evitar tomarlo como algo personal.

Aunque parezca incómodo o pasivo para algunos, agradecer la preocupación y aclarar que ese tipo de comentarios incomodan o no hacen sentir bien, permiten reservar tiempo, disposición y energía para lo que realmente se necesita.

Algunas consideraciones finales...

Hablar de límites como una “receta” que se sigue paso a paso puede llevarnos a cometer a errores. Es cierto que la incomodidad puede movilizarnos y hacernos actuar desde la emoción; lo importante es identificar qué se está sintiendo y qué hacer con ello.

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“Sentirme incómoda o molesta no implica romper vínculos ni dejar de asistir a reuniones familiares, pero tampoco significa aceptar todo. En la mayoría de los casos no habrá control sobre lo que otros digan o hagan; lo que sí se puede trabajar es la manera de responder y de cuidarse dentro de esos espacios”, aconseja la psicóloga consultada.

No obstante, si cuidar la salud mental y el bienestar implica rechazar algunas invitaciones, también es una opción válida. Cada persona conoce sus propios límites y no todas las presencias ni todos los espacios resultan sostenibles en todos los momentos de la vida. Reconocerlo forma parte del mismo ejercicio de autocuidado del que tanto hablamos.

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Por Paula Andrea Baracaldo Barón

Comunicadora social y periodista de último semestre de la Universidad Externado de Colombia.@conbdebaracaldopbaracaldo@elespectador.com

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