Todavía me falta un poco para los 30. Siempre he escuchado que esa década es como un punto de quiebre: o todo se rompe, o todo se acomoda. Es como una cinta métrica invisible que empieza a medir lo que hicimos y lo que dejamos pasar. Para algunas cosas uno todavía está joven, para otras parece que llegó demasiado tarde.
Toda mi vida me pregunté qué habría sentido mi mamá cuando llegó a los 30, teniendo hijos y dejando de lado su vida académica y profesional. Ahora, al mirar alrededor, veo que muchas mujeres compartimos las mismas preguntas, los mismos miedos. Y es justo eso lo que hay en este libro: una mujer que, sin ser escritora, quiso hablar con honestidad sobre cómo lo enfrentó, los mitos que hay alrededor de la edad y cómo, curiosamente, que su vida se desmoronara la llevó a construir algo mucho mejor.
Carolina Monsalve, la autora, empieza hablando de su infancia, de jugar con muñecas y casas improvisadas para ensayar la vida adulta, de imaginar lo que quiere y lo que no. Pero no era solo jugar. Realmente, estaba probando su capacidad de decidir y crear algo propio en medio de limitaciones externas, como la falta de recursos en su familia o las expectativas sociales sobre lo que debería ser una niña.
Esa chispa de tomar la vida en las manos aparece muy temprano. Por eso, al crecer, lo que la sociedad esperaba de ella chocó con sus propios deseos y sueños.
La presión por cumplir con los roles, como ser la mujer completa, la esposa perfecta, la madre ejemplar, la profesional exitosa, es un hilo que atraviesa la vida adulta. No importa qué tan “deconstruida” tengamos la idea: en algún momento las comparaciones comienzan a ser mayores.
En su historia, a medida que crece, Monsalve empieza a trabajar vendiendo ropa de marcas reconocidas mientras estudia. Y su intento de vida profesional se entrelaza con la observación de los caminos de las demás: muchas de sus amigas siguen la ruta esperada de matrimonio, hijos y hogar. Hay que aprender a navegar entre esos mundos: trabajar, estudiar, sentirse satisfecha con lo que tiene, pero luchar por más. Mantenerse fiel a sus propios intereses, sin necesidad de explicarlos ni justificarlos.
El matrimonio llega y, con él, la necesidad de equilibrar varios roles. Los primeros años de convivencia son un ajuste: intentar tener el balance, la receta perfecta para responder por tantas aristas le sea posible. A medida que leía, vino a mi cabeza una referencia que confirmaba, luego de dos años, que el famoso discurso de América Ferrera en Barbie era más que acertado.
Nunca hay que envejecer, nunca ser grosera, nunca presumir, nunca ser egoísta, nunca caer, nunca fallar, nunca mostrar miedo, nunca salirse de la raya. ¡Es muy difícil! ¡Es demasiado contradictorio y nadie te da una medalla o dice gracias! Y resulta que, de hecho, no solo lo estás haciendo todo mal, sino que además todo es culpa tuya.
América Ferra en "Barbie" (2023)
El divorcio llega sin artificios y la vida cambia de manera abrupta. Hay que reorganizar su hogar y su tiempo. Firmar documentos, retomar estudios, trabajar, desarrollar su marca de moda y mantener la relación con sus hijos. Cada paso que da después de “perderlo todo”, como algunos podrían pensarlo, es un ejercicio de autonomía.
De alguna forma, a veces le perdemos la práctica a la propia vida. Un momento difícil no es un fracaso, sino una oportunidad para reescribirse, para priorizar lo que importa y para reconocerse fuera de lo que otros esperan. Algo que muchas veces olvidamos cuando hablamos o definimos el “éxito” a los 30, a los 15, o a los 50.
Más allá de contar su historia -un ejercicio valioso, porque verbalizar el dolor, las pérdidas y las batallas ganadas es complejo- el libro ofrece ejercicios que invitan a escribir, contar o reflexionar sobre el día a día, la alimentación, la salud mental y los proyectos personales. No es un manual ni una guía de “cómo vivir”. Es una mujer, como cualquiera de nosotras, pidiendo que nos permitamos mirar hacia adentro, que nos hagamos preguntas y exploremos lo que significa construir la vida en los propios términos.
La autora deja ver que, incluso antes de los treinta, no hay prisa ni retraso, solo un espacio para probar caminos y encontrar pequeñas formas de sostenerse a sí misma mientras la vida sigue. Siempre sigue.
👗👠👒 ¿Ya te enteraste de las últimas noticias sobre Bienestar y amor? Te invitamos a verlas en El Espectador.