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Resulta muy común que usemos de manera indistinta términos que, aunque están relacionados, no significan lo mismo. Ocurre, por ejemplo, cuando confundimos palabras como “oír” con “escuchar”, o “ver” con “mirar”.
Y ese es el caso de conceptos como “emoción”, “sentimiento” y “estado de ánimo” que, ciertamente, nombran experiencias distintas. Entender su función o qué los provoca nos ayuda a interpretar mejor lo que nos pasa y saber cuándo algo deja de ser momentáneo para convertirse en un desequilibrio relacionado con la salud mental.
¿Qué es cada uno y cómo diferenciarlos?
Las emociones son reacciones inmediatas que tenemos frente a aquello que consideramos importante. Ante un estímulo —que puede ser una palabra, una foto, un sonido o una situación— el cuerpo responde liberando sustancias químicas que no se limitan al cerebro, sino que recorren todo nuestro sistema. Es un proceso que ocurre en fracciones de segundo y tiene, de igual forma, una duración muy corta.
Por ejemplo...
Utilicemos este tráiler de Intensamente, la película de Disney, para entender cómo las emociones de Riley (su protagonista) surgen de manera automática y guían su conducta en ciertos momentos:
Por eso las emociones son intensas, rápidas. Su propósito es prepararnos para responder: acercarnos, alejarnos, protegernos o, simplemente, actuar.
Los sentimientos, en cambio, aparecen cuando esa reacción inicial empieza pensarse, a elaborarse más. Mientras que a la emoción podríamos definirla como “fugaz”, el sentimiento es más duradero y está atravesado por nuestra capacidad de interpretación: pensamos en lo que sentimos, lo nombramos, lo revivimos o lo anticipamos para que perdure más en el tiempo.
De ahí que los sentimientos sean más complejos; porque combinan varias emociones y tienen una “vida” más larga, incluso cuando el estímulo o la persona que los provoca ya no está presente.
Y, por último, hablemos sobre los estados de ánimo. A diferencia de los anteriores, estos no siempre tienen una causa puntual, no responden a un hecho concreto. Su detonante es, básicamente, todo.
La acumulación de factores que pueden provenir del entorno, el cuerpo y la mente: cosas como el cansancio, la buena o mala alimentación, los pendientes, a lo que le prestamos atención, las conversaciones, quienes nos rodean o nuestro entorno general influyen en ellos.
Puede verse algo así:
Los estados de ánimo pueden acompañarnos durante horas o días y logran moldear nuestra forma de percibir la realidad. Es como si determinaran el lente desde el cual vemos y leemos el mundo durante ciertos periodos.
Entonces, ¿en qué momento lo que sentimos deja de ser “normal”?
Tal como explica APAI Psicólogos en su blog, las emociones, los sentimientos y los estados de ánimo forman parte de nuestra naturaleza y cumplen una función adaptativa. Lo que cambia es lo que ocurre cuando, lo que en principio es una señal de gestión emocional, comienza a convertirse en un obstáculo.
Por ejemplo, cuando un desamor —una tusa— empieza a afectar el sueño, el apetito o la concentración, y da lugar a pensamientos repetitivos y dañinos. Cuando la tristeza deja de ser pasajera y se convierte en un desánimo prolongado. O cuando un enojo mal gestionado o una discusión termina detonando respuestas violentas.
Sentir forma parte de estar vivos. Pero aquello que limita nuestras capacidades, rutinas o interacciones debe tratarse con acompañamiento profesional antes de que el malestar avance hasta convertirse en algo crónico.
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