Hay besos espontáneos y otros que se anuncian con una mirada larga. Algunos marcan el inicio de una historia de amor, otros sirven para despedirse, reconciliarse o simplemente recordar a alguien cuánto se le quiere y desea.
Aunque es un gesto cotidiano, besar sigue siendo una de las formas más universales de expresar afecto, pasión y complicidad. Sin embargo, en los últimos días un beso volvió a ocupar titulares y recordó que este gesto puede significar mucho más de lo que parece.
Y es que, si ha seguido las noticias de los últimos días, seguramente recordará el caso ocurrido el pasado 19 de julio, cuando una pareja gay denunció que un vigilante del Centro Comercial Andino, en Bogotá, les llamó la atención por besarse y les advirtió que podrían ser retirados del lugar. Días después, el establecimiento reconoció que el llamado de atención fue injustificado y ofreció disculpas públicas.
¿Qué ocurre en el cuerpo cuando besamos? ¿Por qué puede fortalecer una relación? ¿Y cómo llegó a convertirse, en algunos contextos, en una forma de reivindicar el derecho a amar?
¿Por qué besamos?
Aunque hoy parece un gesto cotidiano, el beso tiene una historia mucho más antigua de lo que muchos imaginan. Según explica Luz Marina Cano, líder de Corpas por el Respeto y Universidad Compasiva de la Fundación Universitaria Juan N. Corpas, no existe una única explicación sobre su origen, pero sí dos teorías ampliamente aceptadas.
La primera sostiene que el beso nació como una práctica de supervivencia. En la evolución humana, las madres alimentaban a sus hijos mediante la premasticación de los alimentos y el contacto de boca a boca, una acción que no solo facilitaba la alimentación, sino que también fortalecía el vínculo entre ambos y favorecía la transmisión de microorganismos beneficiosos.
La segunda apunta a un origen sociocultural. Los registros más antiguos aparecen hace más de 3.500 años en textos de la India, donde ya se describía el acto de “tocarse con la boca”. Más tarde, en la antigua Roma, el beso adquirió distintos significados según el contexto: podía representar un saludo, un acuerdo, el afecto entre familiares o una muestra de amor apasionado.
Pero ojo, no todos los besos hablan de amor romántico. El psicólogo, sexólogo y besólogo argentino Ezequiel López Peralta explica que este gesto no tiene el mismo significado en todas las culturas. Mientras que en gran parte de Occidente se ha consolidado como una de las principales formas de expresar el amor de pareja, en otras sociedades no ocupa ese lugar ni tiene el mismo peso simbólico.
“Aunque suele asociarse con el amor romántico, no todos los besos tienen el mismo significado. Existen los besos entre parejas, pero también aquellos que expresan afecto entre familiares, amigos, padres e hijos o incluso como saludo en algunos contextos. Cada uno responde a una intención distinta y cumple una función social y emocional diferente”, afirmó López.
Pero ¿por qué un beso puede llegar a ser tan importante para una persona?
Para el especialista, la respuesta está en que se trata de una experiencia que involucra prácticamente todos los sentidos.
La ciencia respalda esa idea. Según Valentina Cepeda Monsalve, psicóloga clínica, docente e investigadora de la Universidad El Bosque, un beso es mucho más que el contacto entre dos labios. Se trata de una experiencia sensorial en la que participan el tacto, la presión, la temperatura, el movimiento, el gusto y el olfato. Toda esa información viaja al cerebro, donde es procesada por distintas áreas encargadas de interpretar las sensaciones corporales y las emociones.
Cuando el beso es deseado, esa estimulación activa circuitos relacionados con el placer, la recompensa y el vínculo afectivo. Durante ese proceso se liberan sustancias como la dopamina, que aumenta la sensación de bienestar y la atención hacia la otra persona; la oxitocina, asociada con la confianza y el apego; y la vasopresina, relacionada con la formación de vínculos estables. Al mismo tiempo, disminuyen los niveles de cortisol, la hormona del estrés, lo que favorece una mayor sensación de calma y cercanía.
Cepeda aclara, sin embargo, que esa respuesta no es igual para todas las personas. La intensidad con la que se vive un beso depende del deseo, del consentimiento, del vínculo previo y del significado emocional que tenga ese encuentro. Por eso, además de despertar excitación o aumentar el ritmo cardíaco y la respiración, también puede transmitir seguridad, complicidad o convertirse en un gesto de reconciliación después de un conflicto.
Esa conexión va incluso un paso más allá. Según López, diversos estudios sugieren que durante un beso el organismo puede percibir, de manera inconsciente, señales relacionadas con el complejo mayor de histocompatibilidad (CMH), un conjunto de genes vinculado al sistema inmunológico que influye en la percepción de compatibilidad biológica entre dos personas.
Aunque este factor no determina por sí solo la elección de pareja, sí puede formar parte de ese proceso inconsciente de atracción.
“El beso suele indicar que dos personas se están entendiendo y que existe la intención de avanzar hacia una relación más íntima. Si hay complicidad en ese momento, esa conexión probablemente se refleje en otros aspectos de la relación. Si no la hay, muchas veces todo termina ahí”, explica.
López añade que, con el paso del tiempo, el beso también puede convertirse en un indicador de la calidad de la relación.
“No solo fortalece el vínculo de pareja, también funciona como un termómetro de cómo está esa relación. La forma en que una pareja se besa habla de su complicidad, de la comunicación no verbal, del deseo y del nivel de conexión que existe entre ambos. Incluso cuando una relación atraviesa un momento difícil, volver a besarse puede ser una forma de reencontrarse y fortalecer nuevamente ese vínculo”, concluye.
¿Un beso también es político?
Más allá del caso puntual, el episodio reabrió una conversación que lleva décadas: ¿por qué algunos besos siguen siendo cuestionados mientras otros pasan completamente desapercibidos?
Para Cano, la respuesta también está en el significado social que ha adquirido este gesto. Desde la antropología y la sociología, explica, el beso no solo expresa cariño o deseo, sino también identidad, pertenencia y el derecho de cualquier persona a demostrar afecto libremente en los espacios públicos.
“Durante buena parte de la historia, las muestras de afecto entre parejas del mismo sexo fueron censuradas o interpretadas bajo normas relacionadas con la moral pública. Por eso, para muchas personas LGBTIQ+, un beso en público no solo representa amor o cariño, sino también un acto político de vivir su relación con la misma naturalidad que cualquier otra pareja”, señala la especialista.
Esto se debe a que durante décadas el espacio público ha estado atravesado por normas sociales no escritas que dan por sentado que la heterosexualidad es la forma “normal” de expresar el afecto o “la más fácil” de ver y presenciar. Desde esta lógica, los besos entre parejas heterosexuales suelen pasar desapercibidos porque se consideran aceptables, mientras que las muestras de cariño entre personas del mismo sexo o de identidades diversas son con mayor frecuencia cuestionadas, hipersexualizadas, estigmatizadas o interpretadas como una provocación.
“Detrás de estas reacciones operan prejuicios heterosexistas e ideologías de control social que recurren a nociones ambiguas de ”buenas costumbres" para sostener los privilegios de unos grupos sobre otros. La reacción violenta o incómoda de ciertos sectores frente a un beso entre personas del mismo sexo no habla del gesto en sí, sino de la incomodidad que genera para la norma dominante ver desafiada su hegemonía en el espacio compartido”, puntualiza Cano.
En Colombia, el derecho a amar libremente ha sido respaldado por la Corte Constitucional. La jurisprudencia ha reiterado que besarse, tomarse de la mano o abrazarse en espacios públicos hace parte del libre desarrollo de la personalidad y de la intimidad, sin importar la orientación sexual o la identidad de género.
Sin embargo, las consecuencias van más allá del ámbito jurídico. Para Cepeda, este tipo de situaciones también afecta la salud emocional y sexual de las personas.
La especialista recuerda que la salud sexual no se limita a prevenir enfermedades o a las relaciones sexuales, sino que también incluye el bienestar emocional, la intimidad, el placer, la autonomía y la posibilidad de construir vínculos seguros y libres de discriminación. En ese sentido, poder expresar afecto (o decidir no hacerlo) forma parte de una vivencia saludable de la sexualidad.
“Esto no significa que todas las personas quieran besarse en público ni que cualquier manifestación de afecto sea apropiada en cualquier contexto. Siempre importan el consentimiento, el respeto por los espacios compartidos y la lectura de cada situación. Lo importante es que el gesto sea valorado por lo que representa y no por prejuicios sobre quiénes conforman la pareja”, afirmó.
Según Cepeda, diversas investigaciones han encontrado que, cuando las personas anticipan rechazo o discriminación por expresar afecto en público, aumentan los niveles de estrés, la hipervigilancia y la tendencia a reprimir estas manifestaciones. Eso limita el libre desarrollo de la personalidad y el derecho a habitar los espacios públicos en igualdad de condiciones.
¿Por qué entonces una besatón es simbólica?
Volviendo a una de las preguntas con las que comenzamos este recorrido: ¿cómo llegó un beso a convertirse, en algunos contextos, en una forma de reivindicar el derecho a amar? La respuesta está en que, cuando un acto tan cotidiano sigue siendo cuestionado dependiendo de quién lo protagonice, deja de ser únicamente una muestra de afecto y también se convierte en una forma de reclamar igualdad.
Por eso, la besatón convocada el pasado 22 de julio frente al Centro Comercial Andino trascendió el simple acto de besarse. Al convertir el mismo gesto que había sido cuestionado en el centro de la protesta, los participantes resignificaron el beso como una expresión de igualdad y libertad, reafirmando que las muestras de afecto no pueden restringirse en el espacio público.
Aquí Cano explica que, en estos casos, el afecto adquiere un significado adicional. “Un acto de amor privado se convierte en una herramienta de desobediencia civil pacífica que reclama la soberanía sobre el propio cuerpo y el derecho a la ciudad”, señala.
Sin embargo, la besatón no es el único momento en el que un beso ha trascendido para convertirse en un símbolo social, político o cultural. A lo largo de la historia, este gesto ha servido para hablar de amor, pero también de poder, resistencia, protesta e incluso traición.
Algunos de los ejemplos más representativos son:
- ‘El beso de los invisibles’ (Bogotá). El mural, inspirado en una fotografía del reportero Héctor Fabio Zamora, convirtió un beso cotidiano en un homenaje a quienes suelen pasar inadvertidos en la ciudad y en una reflexión sobre el derecho a ocupar el espacio público.
- El beso del Muro de Berlín. El artista ruso Dmitri Vrubel inmortalizó el famoso beso entre Leonid Brézhnev y Erich Honecker en la East Side Gallery. Lo que originalmente fue un saludo político terminó convertido en una sátira sobre el poder y la relación entre la Unión Soviética y la Alemania Oriental.
- ‘El beso’, de Gustav Klimt (1907-1908). La obra transformó un momento íntimo en uno de los símbolos universales del amor. En su época también desafió los cánones artísticos y morales más conservadores.
Así, un gesto que suele entenderse como una muestra de cariño también ha servido para cuestionar el poder, desafiar normas sociales, denunciar injusticias o representar algunos de los momentos más decisivos de la historia.
Por último, para Cepeda, el fondo de la discusión y la reflexión que deja este debate es mucho más simple de lo que parece.
“Darse un beso en público no busca hacerle daño a nadie. Puede ser simplemente una forma de reconocer que quien está al lado es alguien valioso. Nadie debería tener que esconder un gesto cotidiano de afecto para evitar una agresión ni elegir entre mostrar a quién ama y regresar con vida a su casa”, puntualizó.
Y es que, más allá de la ciencia, de la historia o de los símbolos, un beso sigue siendo una de las formas más simples y profundas de decirle a otra persona: “estoy aquí contigo”. Y ningún gesto de afecto debería necesitar una explicación para ser respetado.
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