“Qué aburrido es el amor moderno. Qué aburrido. Todos tratando de sentir lo menos posible para que el otro no se espante. Te quiero, pero no te lo digo. Te extraño, pero no te hablo. Te quiero ver… sí, sí te quiero ver, pero no me muevo. Demostrar interés hoy en día parece un acto de vergüenza”, escuché hace poco en la voz de Luciano Betancor, un hombre mayor que se dedica a postear reflexiones para TikTok. No fue difícil detenerse a escucharlo.
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¿Será cierto que amar para toda la vida perdió vigencia? Sentir que hoy es más complicado no es solo una impresión personal. En 2003, el sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman publicó Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos, en donde aseguraba que, para amar de verdad, hay que enfrentarse a lo desconocido, sin mapas, sin garantías. Que se requiere coraje y humildad cada vez que nos abrimos a otra persona, porque siempre hay incertidumbre. Que enamorarse nunca es predecible ni cómodo: “eso es lo que hace que el amor parezca un capricho del destino”.
No es que en la antigüedad —si podemos llamarla así, en relación con nuestra época— los vínculos fueran más sanos o duraderos por sentimientos perfectos o más genuinos. Generalizar sería perder la batalla por falta de argumentos. Pero esa comparación es, de hecho, una de las principales razones por las que el amor actual no se vive como el de antes: en el afán de huir del romanticismo, caímos en la era del desapego.
Viene a mi cabeza haber tenido una conversación al respecto con Sara y Laura, dos de mis amigas de la universidad, y unas enamoradas empedernidas del romanticismo.
—Pero es que, ¿por qué todo ahora se suelta tan fácil? No entiendo. Hay una pelea y se van. Todo es motivo para terminar. Nadie lucha por las cosas —decía Laura, casi que desesperada.
—Creo que aún seguimos muy ligadas a esa visión de que el amor todo lo puede y todo lo soporta, Lau, pero soltar también es una opción.
—¿Y quedarse no?
Un mundo que huye de la espera
Amar es la condición más vulnerable y sublime que tenemos como seres humanos. Y en esta época de la transacción, de los videos de menos de un minuto para que la atención no se disperse, de compras impulsivas por mercancía que parece acabarse (aunque al día siguiente haya una exactamente igual), del scroll infinito, de la necesidad de quedarse en casa, de las aplicaciones de citas que usamos más por diversión que por deseo real —porque la sensación de soledad nos alcanza—, todo está diseñado para que no esperemos ni trabajemos por nada, y mucho menos por algo incierto. Esa vulnerabilidad humana, al menos hoy, parece prácticamente inútil.
“No es que más gente esté a la altura de los estándares del amor en más ocasiones, sino que esos estándares son ahora más bajos”, escribió Bauman.
Amar es, también, una construcción: “encuentra su sentido no en el ansia de cosas ya hechas, completas y terminadas, sino en el impulso a participar en la construcción de esas cosas”. El problema es que, como parece que todo se nos escapa de las manos, la gratificación instantánea no tiene lugar. Construirlo significa lidiar con la incertidumbre del otro, aceptar que no sabemos cómo resultará la relación, que puede fallar y doler. En la época moderna, eso nos asusta: preferimos lo seguro, lo completo, lo inmediato. Por eso se huye de la parte más esencial del amor: participar en su creación y no dejarlo a la deriva.
Eso choca con nuestra expectativa sobre los resultados inmediatos, algo que ya es cultural. Según explica, amar no es simplemente disfrutar de alguien “terminado” o perfecto, pero la lógica de esta, nuestra modernidad líquida, rechaza la permanencia. Todo lo que implique tiempo, cuidado o sacrificio —una relación, un trabajo o incluso una amistad— se considera innecesario, indeseable.
Lo curioso es que no hace falta vivirlo para entender la fragilidad en el amor moderno. Está frente a nosotros en películas, canciones, libros y series. Lo reconocemos, nos reímos o nos indignamos, pero casi nunca cambiamos. Es más sencillo que hacer algo al respecto.
Por ejemplo...
En la película 500 days of Summer, aunque no es exactamente una explicación del amor líquido, Summer deja claro desde el principio que no quiere ningún tipo de compromiso con Tom —aunque es cierto que se comporta de manera afectuosa y confusa—. Él, a pesar de saberlo, decide quedarse, insistir, idealizarla. No es que ambos estén evitando enamorarse para protegerse; el problema es que uno de ellos se engancha con una ilusión, con ese deseo de pertenecer, de avanzar, y termina pagando el costo de su propia resistencia a soltarla.
O en Pura Pasión, un libro de Annie Ernaux, cuando la protagonista está dispuesta a pasar días, semanas y meses enteros perdida en los deseos de ver a su enamorado. Aunque ella sea tan solo una amante, la desesperaba ese sentido de posesión. La autora lo retrató muy bien cuando escribió: “Para mí, este proceder formaba parte de un derroche general, necesario, inseparable de mi pasión por A., que incluía también el del tiempo (perdido en ensoñaciones y a la espera)”. En la era del desapego y los vínculos modernos, apuntaba Baumann, “el deseo destruye su objeto, destruyéndose a sí mismo en el proceso”.
La trampa del deseo líquido
Irónicamente, ese intento de protegernos del dolor y de no exponernos demasiado termina alimentando la idealización. Al no permitirnos construir el amor paso a paso, proyectamos en la otra persona todo lo que queremos y necesitamos, como si pudiera darnos de lo que nosotros mismos no nos atrevemos a ofrecer. Ese afán de no comprometerse y, al mismo tiempo, quererlo todo genera expectativas que muy rara vez se cumplen y relaciones que, más que fugaces, son frustrantes.
Como si fuera una bola de nieve, y no siendo suficiente con idealizar, comenzamos a confundir el deseo con el amor.
Bauman aseguraba que “el deseo es el anhelo de consumir. De absorber, devorar, ingerir y digerir, de aniquilar”. Hemos perdido tanto la noción de esto que, como aseguraba él mismo, “las relaciones de una noche son descritas por medio de la expresión ‘hacer el amor’”. Es un estilo de vida.
El deseo moderno tiene una tendencia a “consumir” al otro. Implica apropiarnos de lo que nos interesa de esa persona, quitándole su otredad y su autonomía. Cuando intentamos explorar lo que nos es distinto y ajeno, automáticamente pierde ese “aguijón de la tentación”: se vuelve predecible, nos aburre y es demasiado seguro para que logre estimularnos. Después de este proceso, explicaba Bauman, solo sobreviven las partes que hemos logrado digerir; lo que no encaja con nuestras expectativas o necesidades queda fuera, desechado como cualquier objeto. Todo pasa de ser atractivo o deseable a convertirse en irrelevante, y con ello, las “relaciones” también se vuelven efímeras.
Decía Eva Illouz, socióloga y escritora franco-israelí, en El consumo de la utopía romántica. El amor y las contradicciones culturales del capitalismo, que los medios no inventaron el amor, pero sí nos mostraron un ideal de felicidad, glamour y seducción que parece alcanzable si compramos lo correcto. Que una es práctica económica, que se mide en productos, en fotos, mientras la verdadera construcción de la que hablaba Baumann queda relegada, como un detalle que se olvida entre tanta promesa de ensueño.
“El amor implica el impulso de proteger, de nutrir, de dar refugio, y también de acariciar y mimar, o de proteger celosamente, cercar, encarcelar″, escribió el filósofo en su libro. Y eso implica dejar de ver el sentimiento a través del cristal del mercado. Porque, ¿qué pasaría si dejáramos de cosificarlo y empezáramos a vivirlo, aunque fuera desordenado, incompleto y sin garantías? Si, “después de todo, la definición romántica del amor ‘hasta que la muerte nos separe’ está, decididamente, pasada de moda”, resolvió.