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“Deja de ser migajera” es el nuevo “amiga, date cuenta”. O tal vez es solo un complemento. Y no lo escribimos en femenino porque sea una expresión que aplique únicamente en el género; de hecho, obedece a la lógica de las redes sociales —sobre todo de TikTok—, que lograron viralizar la crítica en forma de “humor”.
Incluso si usted todavía no está familiarizado con el enunciado, hay algo con lo que sí: todos hemos visto una paloma alguna vez, y reconocemos que su forma de alimentarse es, literalmente, con las migajas que encuentran en el suelo o que un humano, un domingo por la mañana en la Plaza de Bolívar o en algún parque, les ofrece.
¿Y qué tiene que ver eso con las relaciones amorosas? Probablemente todo. Las personas conocidas como “migajeras” sobreviven —hagamos énfasis en el prefijo— en el mundo del romance gracias al poco afecto que consiguen. Es decir: se conforman con la poca atención o “lo mínimo”, como lo llamarían algunos. No es realmente una decisión, sino una forma de relacionarse que han aprendido a lo largo de su vida. Como los chistes, los motivos pueden ser múltiples. Si usted cree que puede estar viviendo una situación así, déjenos contarle un poco más al respecto.
¿Qué dice la psicología de los “migajeros”?
Parece evidente, pero la aclaración es válida: no es un término médico y mucho menos utilizado en terapias o consultas. Esto es meramente coloquial. Una forma de “comprender” o volver popular un concepto que categorice lo que ocurre en una relación desequilibrada emocionalmente.
Lo que sí podemos entender desde el ámbito psicológico es la necesidad de recibir afecto, de ser aceptados, de evitar que las personas con las que se sostiene un vínculo, sea cual sea, elija quedarse, incluso si la reciprocidad es nula y es uno de los dos el que rema solo en esa barca.
Por eso vale la pena revisar cómo se forman esos repartos tan desiguales. En un artículo de Psychology Today, por ejemplo, se plantea que muchas relaciones terminan organizándose alrededor de expectativas. No necesariamente porque alguien quiera aprovecharse, sino porque ciertas dinámicas se asumen como dadas. Si una persona comienza tomando más iniciativa o mostrando mayor disponibilidad y eso no se conversa, se estabiliza ahí y luego es muy difícil que cambie.
El artículo también señala que muchas de estas dinámicas se apoyan en aprendizajes tempranos sobre cómo asegurar cercanía. Si alguien creció entendiendo que el afecto se gana, que la permanencia depende del esfuerzo propio o que ceder evita el conflicto, es probable que replique ese esquema en sus relaciones adultas. No porque quiera recibir poco, sino porque asocia el dar con estabilidad.
Ser “migajeros” puede sentirse simplemente como “vivo con eso y recibo lo que hay”. Los dos siguen funcionando dentro de ese esquema, incluso si una de las partes siente que está entregando más de lo que recibe. Entonces, ¿si la necesidad de ser elegido pesa mas que la incomodidad del desequilibrio, qué lugar ocupa el propio límite?