Los muros, como las fronteras, casi siempre sirven para dividir, separan pueblos, marcan límites y protegen de lo que está al otro lado. Pero en París hay uno que hace exactamente lo contrario, en vez de distanciar, funciona como un punto de encuentro, un lugar de reconciliación y una especie de refugio para intentar contener la fuerza más grande de todas: el amor.
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El muro parece una gran libreta abierta en medio de la ciudad, está formado por baldosas oscuras, de un azul profundo, casi nocturno, sobre las que aparecen cientos de declaraciones de amor escritas en blanco.
Las frases no se leen de corrido, algunas están dispersas, una junto a otra, en alfabetos distintos, con trazos que a veces parecen dibujo, a veces secreto y a veces promesa. Entre ellas se ven pequeñas marcas rojas y fragmentos de un corazón roto que la obra intenta reunir pieza por pieza.
Se llama Le mur des je t’aime, el muro de los “te amo”, y está en el jardín Jehan Rictus, junto a la plaza de Abbesses, en Montmartre. Allí se lee “te amo” y “te quiero”. Pero también aparecen I love you en inglés, ti amo en italiano, je t’aime en francés, Ich liebe dich en alemán, 사랑해요 en coreano, 愛してます en japonés e incluso una declaración representada en lengua de señas.
Sobre el muro aparece una figura femenina que parece escapada del cine clásico. La intervención, atribuida a Rue Meurt d’Art, seudónimo del artista francés Jean-Marc Paumier, conocido por sus collages urbanos en París, ha sido relacionada con Rita Hayworth, actriz y bailarina estadounidense que se convirtió en ícono de Hollywood por películas como Gilda. Algunas referencias, sin embargo, también la identifican como Ava Gardner, otra gran estrella del cine clásico estadounidense.
A un lado se lee: “Aimer, c’est du désordre… alors aimons!”, es decir, “Amar es desorden… entonces amemos”. Una frase perfecta para un muro que entiende el amor como encuentro, no como orden.
Frente al muro, la escena se repite durante el día, pero nunca es la misma. Una pareja espera turno para la foto y otra le arregla el cuello de la chaqueta a su esposo antes de posar. Dos turistas revisan la imagen y la repiten porque alguien se cruzó, porque faltó luz, porque París merece una segunda toma. Hay quienes llegan por curiosidad, otros porque lo vieron en una guía, mientras que algunos parecen haber planeado ese instante desde antes de comprar el tiquete hacia ese destino.
Y a veces las palabras no alcanzan para el sentimiento, entonces llegan los gestos, un abrazo largo, un beso rápido o uno más largo e intenso olvidándose del resto del mundo. El muro se vuelve una postal íntima y colectiva a la vez, en él, cada pareja cree estar guardando su propio recuerdo, sin embargo, todas terminan haciendo parte del mismo momento, dándole vida a una declaración de amor escrita en cientos de formas.
La historia detrás del muro
El Muro de los “te amo” fue creado por el artista Frédéric Baron y la calígrafa Claire Kito e inaugurado en el año 2000. La idea empezó como una colección de frases, y fue el mismo Baron quien preguntó a vecinos, desconocidos, embajadas y personas de distintos países cómo se decía “te amo” en sus lenguas natales. Así reunió cientos de formas de nombrar una emoción que cambia de sonido, escritura y acento, pero que casi siempre logra entenderse.
La búsqueda terminó convertida en una obra de 40 metros cuadrados, compuesta por 612 baldosas de lava esmaltada. El formato de cada placa recuerda las hojas sobre las que el artista recogió las frases manuscritas. Sobre esa superficie aparecen 311 declaraciones de amor en 250 idiomas, una selección tomada de una colección mucho más amplia que el artista reunió durante el proceso.
Kito fue la encargada de dar forma visual a esa colección, por eso la obra no funciona solo como una atracción turística, sino como una especie de mapa sentimental, pues no ordena países ni fronteras, sino maneras de expresar un mismo sentir. Allí conviven lenguas reconocibles con otras menos comunes para muchos viajeros, como el dzongkha, el kirguís, el bislama, el inuktitut, el navajo, el occitano o el yidis.
Quizá por eso el muro no necesita competir con la Torre Eiffel, ni con el Arco del Triunfo, ni con la Basílica del Sagrado Corazón, su encanto está en ser sencillo, directo y fácil de entender para casi todo el mundo. Es un lugar al que se llega por una foto, pero en el que muchos se quedan unos instantes más, leyendo idiomas que no conocen, observando parejas que no conocen, y pensando quizá en alguien que sí conocen a miles de kilómetros.
La ruta del amor en París
El muro puede ser el comienzo de una ruta romántica y turística por la ciudad. La caminata arranca en Abbesses, frente a Le mur des je t’aime, y sigue por Montmartre, el barrio donde París parece acordarse de su lado más bohemio. Allí las calles suben y bajan entre escaleras, cafés con flores en las fachadas, tiendas de recuerdos, árboles que suavizan las esquinas y artistas que cantan o pintan mientras los turistas pasan con el celular en la mano.
En la plaza del Tertre, los retratistas ofrecen dibujar rostros en pocos minutos. Más arriba, la Basílica del Sagrado Corazón mira a París desde la colina, blanca y luminosa; a su alrededor, entre turistas, músicos y barandas marcadas por candados de parejas, la ciudad se abre como un balcón para mirar el amor desde lo alto. Después viene bien una pausa dulce, un café, una crêpe o un chocolate caliente antes de bajar hacia el Sena.
En París, el amor aparece en los puentes, en los jardines y en esas calles donde todo parece quedar bien en una foto. También aparece en las pedidas de mano con flores, fotógrafos y turistas que celebran el “sí” como si la afirmación, por un instante, también fuera su historia.
Desde el Sena, el recorrido puede continuar por el Puente de las Artes, el exterior del Museo del Louvre y el Jardín de las Tullerías. Luego avanza hacia la plaza de la Concordia, los Campos Elíseos y el Arco del Triunfo. En el camino, no es raro ver parejas recién casadas, muchas de ellas viajeras asiáticas, con trajes impecables, velos largos, ramos de flores y fotógrafos que buscan la luz exacta para llevarse de París una imagen de matrimonio.
El cierre debería guardarse para Trocadero o el Campo de Marte, frente a la Torre Eiffel. Llegar al atardecer, ver cómo cambia el cielo, esperar a que la torre se encienda, quedarse un poco más, escuchar a los músicos callejeros, tomarse una copa de vino y ver cómo la ciudad se llena de luces. Disfrutar del momento es el propósito, y ahí es donde la torre titila y París hacen lo que mejor saben hacer: convencer incluso al más escéptico de que esta ciudad enamora con solo activar los sentidos, usando el corazón como brújula en el camino.
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