
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Sabemos que iniciar una relación conlleva una serie de procesos que pueden ser tanto emocionantes como desgastantes. Todas las personas tienen un pasado; no es posible borrarlo ni modificarlo, solo seguir adelante con él. Ese historial incluye experiencias y, por supuesto, personas que hicieron parte de ellas.
Vivimos en un mundo en el que la sensación de no ser suficientes es cada vez más común y eso también se refleja en las relaciones. Hay distorsiones. Nos comparamos, medimos, y competimos, incluso con nosotros mismos, para encajar, para gustar o para no perder al otro. Compararse es humano, el problema aparece cuando eso se convierte en la razón que nos moviliza y se mezcla con celos (que terminan siendo obsesivos).
¿Qué pasa cuando estos pensamientos intrusivos comprometen nuestra salud mental?
El síndrome de Rebeca (o Rebecca) describe un tipo de celos centrado en el pasado amoroso de la pareja. A diferencia de los celos “tradicionales”, no responde a una situación actual ni a una persona que esté en el presente, sino a relaciones anteriores que, en muchos casos, ya no tienen ningún vínculo real en la vida del otro.
Se trata de un fenómeno conocido como “celos retrospectivos”. Y, aunque suele describirse como una condición de carácter patológico cuando se vuelve frecuente y obsesiva, no está clasificado como un trastorno clínico en sí. No obstante, la incidencia emocional que tiene es bastante alta y dañina, especialmente cuando los pensamientos sobre las exparejas se repiten, generan ansiedad y comienzan a interferir tanto en lo personal como en la relación de pareja.
Básicamente, el pasado ocupa un lugar desproporcionado en el presente, porque la persona afectada puede sentirse invadida por imágenes, comparaciones o suposiciones sobre relaciones anteriores, incluso cuando no existe un motivo real para que eso suceda. En algunos casos, los celos se dirigen hacia personas que nunca conoció, relaciones que ocurrieron hace muchos años o incluso hacia parejas ya fallecidas.
El nombre de este síndrome -como muchos otros que hemos ido compartiendo desde la sección- tiene un origen literario y cinematográfico. Proviene de la novela Rebeca, de Daphne du Maurier, y de la adaptación dirigida por Alfred Hitchcock.
Inseguridad, apego y pensamientos obsesivos
El psicoterapeuta Toby Igham, miembro de la Fundación Británica de Psicoterapia y exdirector clínico de South Bucks Counselling, explica en su página de contenidos sobre salud mental que el síndrome de Rebeca no se entiende solo a partir del pasado amoroso de la pareja sino que, en muchos casos, en conflictos internos de quien lo padece -como la inseguridad o una autoestima frágil-, que llevan a idealizar a las exparejas y a compararse de forma frecuente.
Es decir que los celos obsesivos pueden estar relacionados con heridas tempranas de apego, comúnmente originadas en la infancia, que resurgen al establecer vínculos sexo-afectivos. Este dolor se revive y se proyecta sobre la pareja y sus historias amorosas del pasado, generando interpretaciones distorsionadas y erróneas.
¿Por qué es tan dañino?
La mente queda atrapada en preguntas repetitivas, imágenes intrusivas o en la necesidad constante de saber más y más. La persona afectada puede sentir que, si obtiene suficiente información sobre el pasado de su pareja, logrará calmarse y tener puntos a su favor para ser “mejor que el otro”.
Pero ocurre todo lo contrario: cuanto más se indaga, más se amplía el malestar. Como explica Igham, los problemas obsesivos “tienden a crear agujeros profundos” en los que es fácil perderse.
Por eso las prácticas como revisar el teléfono de la pareja, investigar a las exparejas en redes sociales o insistir en saber detalles de relaciones anteriores suelen reforzar y perpetuar la ansiedad. El internet ha intensificado este fenómeno, ya que desde allí se permite acceder fácilmente a fotos, recuerdos o notificaciones de eventos importantes de personas completamente ajenas a nosotros.
El síndrome de Rebeca también puede derivar en conductas de control, actitudes persecutorias o intentos de competir simbólicamente con la expareja, incluso cuando esa competencia solo existe en la mente de quien la experimenta.
De hecho, existen casos en donde las personas intentan parecerse físicamente a un ex, hasta el punto de caminar, actuar, vestirse y pensar como esa persona. Estas dinámicas generan, por supuesto, discusiones, desequilibrios en la relación y miedo y confusión en la pareja actual, afectando la autoestima de ambas partes.
Para trabajarlo, el primer paso es identificar que se está en ese círculo vicioso. Pero asistir a terapia no implica trabajar alrededor del pasado de la pareja ni de comprobar qué tan importantes fueron sus relaciones anteriores. El foco siempre estará en la historia personal de quien siente estos celos, en cómo se construyó su autoestima y en las ideas que aprendió sobre el amor, el abandono o la “competencia” afectiva.
Trabajar el síndrome de Rebeca implica cuestionar esas comparaciones, aprender a tolerar la incertidumbre y la incomodidad y entender que el pasado del otro no es una amenaza ni “una vara que dejaron muy alta” y que debemos superar.
Porque, al final, ninguna historia previa define el valor de la relación actual. Debemos dejar de buscar tranquilidad en la vigilancia o en el control, y empezar a construir seguridad desde adentro para que la relación pueda convertirse en un espacio más seguro.
👗👠👒 Entérese de otras noticias sobre Amor en El Espectador.