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¿Quién de nosotros no ha sentido un poco de placer y a la vez vergüenza al hablar de algo que le gusta? Una comida que nadie más parece disfrutar en alguna salida, un libro que todos dijeron que era aburrido o poco útil, una canción que nadie entiende o un hobby que sentimos que los demás juzgarán. Muchas veces preferimos quedarnos callados al respecto, como si ese gusto culposo fuera casi que un delito o una razón por la que dejarían de aprobarnos a nivel social.
Lo que los hace “culposos” no es la acción o la actividad en sí, sino la sensación de que no deberíamos disfrutarlos y que otros podrían, eventualmente, opinar de forma destructiva sobre ello. No tiene nada que ver con conductas dañinas, trastornos, abusos o actividades ilegales. Se trata simplemente de pequeñas preferencias inofensivas.
Por ejemplo, existen personas que desarrollan una atracción por personajes que aparecen en caricaturas, otras que disfrutan hablar solas en otros idiomas. También hay quienes coleccionan objetos raros o que encuentran cierto placer en combinar comidas que parecen incompatibles (como huevo con helado, por ejemplo).
La culpa tiene nombre (y contexto)
El sentimiento de culpa y sus detonantes, en realidad, están influidos por la sociedad y la cultura que nos rodea. Lo que se considera inapropiado o vergonzoso en un grupo puede ser normal en otro. Eso puede depender del país, la ciudad, la localidad, el estrato social, las creencias, etcétera.
Incluso, un gusto culposo resulta, a la vez, tan personal, que además de eso depende de las historias propias, los hábitos, el desarrollo de la conciencia, la independencia y de cómo su exterior percibe determinadas conductas. Porque es esa misma presión la que hace que muchas veces disfrutemos en secreto, evitando el comentario de los demás a toda costa.
Pero la vergüenza, en su cara amable, nos empuja a compartir esos placeres con alguien de confianza, haciéndonos creer que está bien, que podemos disfrutar de ellos mientras no pongan en riesgo la integridad física o moral del otro, que es normal que nuestro criterio sea distinto y tenga un espacio.
Entonces, ¿deberíamos seguir llamándolos así?
La etiqueta de “culposo”, tal vez, añade una carga un poco innecesaria. Porque el término refuerza la idea de que hay intereses que debemos esconder, cuando en realidad son inofensivos y puede que logren enriquecer nuestra vida en muchos sentidos. Reconocerlos, aceptarlos y disfrutarlos no solo aumenta el bienestar o la “paz mental”.
Por ejemplo, en los vínculos que denominamos como sexo afectivos, aunque pensaríamos que no incide, compartir algo que normalmente ocultaríamos implica mostrarnos tal y como somos. Es ganar un espacio en el terreno de la confianza, conocernos sin filtros.
Aceptar lo que verdaderamente somos ayuda a entender mejor lo que disfrutamos y lo que queremos compartir en pareja. Quien respeta y acepta esos pequeños “placeres culposos” probablemente esté en la misma página y quiera involucrarse con eso que otros pueden llegar a juzgar.
Los gustos y placeres no necesitan justificarse. La idea de “placer culposo” está quedando obsoleta: lo importante es cómo nos sentimos y no cómo podrían juzgarnos. Permitirnos esos pequeños momentos de satisfacción contribuye a una relación más sana con nosotros mismos y, por supuesto, con los demás.
Cuéntenos cuál es su gusto culposo. Lo leemos en los comentarios.
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