
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
No es exagerado decir que vivimos en una cultura que desecha con rapidez: los celulares, la ropa, la comida (y hasta los vínculos).
Hemos reflexionado antes sobre cómo los extremos suelen empujarnos, precisamente, a otros extremos. Si durante mucho tiempo creímos que sostener algo implicaba sacrificarnos hasta el límite, ahora pareciera que nos movimos al lado contrario: nos rendimos con más facilidad.
Y tal vez el punto no esté en elegir un extremo u otro, sino en aprender a habitar los grises, que no apelan a la tibieza, sino a esa capacidad de dimensionar cada situación por su propio peso, a preguntarnos con honestidad si realmente vale la pena sostenerla o no.
En Japón existe desde el siglo XV una técnica artesanal —una filosofía, a decir verdad— que hace exactamente lo contrario: cuando una pieza de cerámica se rompe, en vez de botarla, se rellena con una resina mezclada con polvo de oro. En vez de intentar desaparecer las grietas la idea central es iluminarlas.
En las relaciones ocurre algo parecido a lo que pasa con los objetos y nuestra manía de desecharlos. Olvidamos nuestra dimensión humana y esperamos que todo funcione sin errores y, por ende, sin fisuras. Que tengamos una discusión grave, suframos una decepción o cometamos un error, es sinónimo de fracaso. Una herida lo es.
Pero reparar no es fingir que nada pasó
El problema no es que existan conflictos —eso es inevitable—, sino la idea de que una relación “sana” no debería atravesarlos. Por eso el kintsugi nos propone otra lectura: que la fractura forme parte de la historia del objeto. Y, aplicado a la pareja, eso implicaría reconocer que los momentos de crisis no necesariamente invalidan todo lo construido.
En el proceso tradicional del kintsugi, las piezas se desmontan —sí, una por una—, se limpian, se vuelven a unir y luego hay que esperar. Como en la vida, el tiempo es parte de la restauración. En este caso, del perdón.
Como reparar no significa minimizar el daño, en la vida real significaría atravesar la incomodidad. Hablar de lo que pasó, asumir responsabilidades, escuchar lo que duele, ofrecer una disculpa, tener tiempo para pensar.
Entonces, ¿todas las grietas se pueden arreglar?
No necesariamente. Para ser un poco más claros: el kintsugi no es una invitación a tolerar cualquier daño. El perdón, como también hemos insistido antes, es una decisión personal y, en otros casos, hay fracturas que hacen inviable la reconstrucción, como el maltrato físico o psicológico.
De regreso al amor, el “oro” que reemplaza la grieta en la cerámica no es romanticismo. Puede traducirse en terapia, acuerdos nuevos, imposición de límites sanos, cambios reales en el comportamiento. La herramienta más efectiva en el amor es la paciencia. Y los resultados, tal como el proceso de reparar los trozos rotos, solo se logran con el tiempo.
Si el día a día premia lo nuevo y castiga lo imperfecto, negarnos a descartar y aprender a ver la belleza en lo transformado es, en sí mismo, un “gesto de rebeldía”.
Pero el dolor tiene límites. El amor no todo lo puede. Priorice atender las situaciones que acaban con su salud mental y el bienestar individual, sea cual sea su dimensión. Esa es, acaso, la segunda señal de rebeldía.
¿En dónde comienza para usted el límite entre reparar y extender algo que ya no funciona? Lo leemos en los comentarios.
👗👠👒 Entérese de otras noticias sobre Amor en El Espectador.