No es exagerado decir que vivimos en una cultura que desecha con rapidez: los celulares, la ropa, la comida (y hasta los vínculos).
Hemos reflexionado antes sobre cómo los extremos suelen empujarnos, precisamente, a otros extremos. Si durante mucho tiempo creímos que sostener algo implicaba sacrificarnos hasta el límite, ahora pareciera que nos movimos al lado contrario: nos rendimos con más facilidad.
Y tal vez el punto no esté en elegir un extremo u otro, sino en aprender a habitar los grises, que no apelan a la tibieza, sino a esa capacidad de dimensionar cada situación por su propio peso, a preguntarnos con honestidad si realmente vale la pena sostenerla o no.
Esta técnica surgió en la época del Japón feudal y trascendió al terreno filosófico tradicional. Posteriormente, con el auge del comercio, pasó de convertirse en un tesoro de la tradición oral del país a una referencia para las comunidades de occidente.
Hablemos un poco de su historia.
En el siglo XV, Ashikaga Yoshimasa, shogun japonés que, según la Enciclopedia Británica (Britannica), fue un señor feudal o dictador militar hereditario que “contribuyó a promover una de las épocas culturales más importantes de Japón”, envió a China una de sus tazas de té rotas.
Al recibirla de vuelta, la pieza había sido enmendada con aleaciones de metal que no compactaban lo quebrado ni eran atractivas visualmente. Entonces, hallaron un material que podía compensar ambas cosas: el oro. No era únicamente bello, sino resistente y conservable en el tiempo.
Lo que esta técnica nos propone, tanto en la teoría como en la práctica es que, cuando una pieza se rompe, en vez de botarla, se rellena con una resina mezclada con polvo de oro. En lenguaje metafórico: en vez de intentar desaparecer las grietas la idea central es iluminarlas.
En las relaciones (no solo amorosas) ocurre algo parecido a lo que pasa con los objetos y nuestra manía de desecharlos. Olvidamos nuestra dimensión humana y esperamos que todo funcione sin errores y, por ende, sin fisuras. Que tengamos una discusión grave, suframos una decepción o cometamos un error, es sinónimo de fracaso. Una herida lo es.
Pero reparar no es fingir que nada pasó
El problema no es que existan conflictos —eso es inevitable—, sino la idea de que una relación “sana” no debería atravesarlos. Por eso el kintsugi nos propone otra lectura: que la fractura forme parte de la historia del objeto. Y eso implicaría reconocer que los momentos de crisis no necesariamente invalidan todo lo construido.
En el proceso tradicional del kintsugi, las piezas se desmontan —sí, una por una—, se limpian, se vuelven a unir y luego hay que esperar. Como en la vida, el tiempo es parte de la restauración. En este caso, del perdón.
Como reparar no significa minimizar el daño, en la vida real significaría atravesar la incomodidad. Hablar de lo que pasó, asumir responsabilidades, escuchar lo que duele, ofrecer una disculpa, tener tiempo para pensar.
Veamos un ejemplo muy cercano, no necesariamente aplicado al escenario romántico.
El Kintsugi como símbolo de paz y reparación a las víctimas: el caso de la JEP
Desde 2024, un jarrón restaurado se convirtió en el símbolo característico del Sistema Restaurativo de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), que es su apuesta institucional para lograr uno de sus principales propósitos: reparar el daño causado a las víctimas por la violencia.
“El actuar de la JEP reside sobre el principio de la justicia restaurativa, que va más allá del paradigma tradicional de encontrar un culpable y castigarlo. Aquí se busca que el compareciente aporte una verdad plena sobre los hechos que cometió, que reconozca su responsabilidad, que garantice la no-repetición, pero, sobre todo, que se comprometa a trabajar para restaurarlo”, explica David Mayorga, contratista de la JEP.
De hecho, y tomando como base un florero en kintsugi, la entidad ha entregado unos reconocimientos a las personas que han contribuido a implementarla en Colombia, como lo directivos que conforman el sistema Integral para la Paz:
Entonces, ¿todas las grietas se pueden arreglar?
No necesariamente. Para ser un poco más claros: el kintsugi no es una invitación a tolerar cualquier daño. El perdón, como también hemos insistido antes, es una decisión personal y, en otros casos, hay fracturas que hacen inviable la reconstrucción, como el maltrato físico o psicológico.
De regreso al amor, el “oro” que reemplaza la grieta en la cerámica no es romanticismo. Puede traducirse en terapia, acuerdos nuevos, imposición de límites sanos, cambios reales en el comportamiento. La herramienta más efectiva en el amor es la paciencia. Y los resultados, tal como el proceso de reparar los trozos rotos, solo se consiguen con el tiempo.
Si el día a día premia lo nuevo y castiga lo imperfecto, negarnos a descartar y aprender a ver la belleza en lo transformado es, en sí mismo, un “gesto de rebeldía”.
Pero el dolor tiene límites. El amor no todo lo puede. Priorice atender las situaciones que acaban con su salud mental y el bienestar individual, sea cual sea su dimensión. Esa es, acaso, la segunda señal de rebeldía.
¿En dónde comienza para usted el límite entre reparar y extender algo que ya no funciona? Lo leemos en los comentarios.
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