Que a usted le guste el sexo, que tenga relaciones con cierta frecuencia o que se excite con facilidad, no lo convierte automáticamente en un “adicto”.
Hoy hablaremos de la hipersexualidad —generalmente conocida como ninfomanía en mujeres o satiriasis en hombres—, una condición que muchos conocen por el término coloquial que mencionamos al inicio, y que en psicología se entiende como un trastorno de comportamiento sexual compulsivo.
Lejos de patologizar a la primera oportunidad, hay que tener en cuenta que este fenómeno afecta la vida diaria de quienes lo padecen, que puede generar consecuencias a nivel personal, social y emocional, y que no funciona en lo absoluto como un fetiche.
¿Cómo reconocerla?
A diferencia de la plenitud que produce el sexo en muchas personas, quienes experimentan la hipersexualidad no buscan únicamente placer sino que a menudo utilizan el acto como un mecanismo para aliviar tensión o malestares que, incluso, pueden no haber reconocido todavía. Funciona como una especie de placebo para lo que a veces dejamos sin atender dentro de nosotros mismos.
Arturo Torres, psicólogo de la Universitat Autónoma de Barcelona, describe en su artículo Ninfomanía (adicción al sexo): causas, síntomas y tratamiento, que esta compulsión se relaciona con la actividad dopaminérgica del cerebro, un sistema involucrado en el placer y la recompensa. Para hacer la explicación un poco más sencilla: esa es la razón por la que la persona necesita estímulos sexuales cada vez más intensos (insuficientes a medida que la adicción crece), para conseguir el mismo efecto que termina por desarrollar una dependencia.
Si hablamos de los factores que contribuyen a que se desarrolle esta condición, podemos incluir antecedentes traumáticos, trastornos mentales como el bipolarismo o el TLP (trastorno límite de la personalidad), consumo de sustancias psicoactivas, lesiones cerebrales o incluso medicamentos que, debido a sus componentes, alteran la dopamina.
María Hurtado, psicóloga, explica en su publicación en AGS Psicólogos que, aunque los casos pueden variar, existe un patrón de pensamientos obsesivos y comportamientos repetitivos. La intensidad y frecuencia permiten diferenciarla de un comportamiento sexual considerado “normal” o saludable.
En esa misma línea, pero respecto a los síntomas físicos, cabe mencionar el dolor o la tensión en los músculos por el exceso de penetración o masturbación; insomnio por la avalancha de pensamientos sexuales; dolores de cabeza por estrés; taquicardia debido a la ansiedad; sudoración excesiva y desesperación, que también puede verse reflejada en el cambio de apetito.
¿Y la solución?
El tratamiento de la hipersexualidad requiere terapia psicológica y, en algunos casos, medicación —fármacos como antidepresivos o estabilizadores del ánimo— siempre bajo receta y supervisión del profesional que las formule. La Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), aseguran, ayuda a identificar y modificar patrones de pensamiento que llevan a la compulsión.
Pero si a usted lo atrae la idea de probar herramientas que se enfoquen en algo más alternativo, las terapias basadas en Mindfulness entrenan a la persona para gestionar mejor sus emociones y reducir la ansiedad.
Sabemos que el término ninfomanía puede sonar sensacionalista, pero la realidad es que la hipersexualidad es una condición seria que merece atención. Porque, aunque algunos lo tomen desde el humor, buscar ayuda no es un fracaso ni debe provocar vergüenza: según el portal Psicología y Mente, entre un 3% y un 6% de la población podría experimentar algún grado de adicción sexual, aunque pocos buscan tratamiento.
Recuerde que explorar su sexualidad es totalmente natural y saludable, incluso divertido; lo contrario es que algo tan humano termine causando daño: a usted o a terceros. Si siente que sus impulsos sexuales se están saliendo de control, le recomendamos buscar ayuda profesional.
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