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Deseo. Pasión. Innovación a la hora de mantener relaciones sexuales.
En psicología y sexología, hablamos de parafilias para referirnos a situaciones en las que el deseo no se activa principalmente por el acto sexual en sí, sino por ciertos objetos, escenas o dinámicas que no entran en la categoría de lo “tradicional”.
Según el artículo ¿Qué son las parafilias?, publicado por la revista UNAM Global, no existe un único parámetro para definir si una conducta sexual es “aceptada” o considerada problemática. Esa categorización depende de varios criterios que cambian según la época, la cultura y el contexto social.
Entre ellos se mencionan el criterio estadístico, que observa qué prácticas son más comunes dentro de una sociedad; el biológico, que toma como punto de comparación el comportamiento sexual de otros mamíferos; el moral, atravesado por valores, creencias y normas que varían según el lugar del mundo desde el que se hable; el legal, determinado por las leyes vigentes en cada país; y el social, que evalúa si una conducta tiene efectos negativos sobre otras personas o sobre la convivencia.
Recuerde que esta información se presenta únicamente con fines informativos y recoge definiciones que han sido estudiadas y descritas en distintos ámbitos académicos. En cualquier caso, el consentimiento y el respeto por los límites de otras personas son centrales y no están puestos en discusión.
Explicar estas conductas no implica promoverlas ni justificar situaciones que vulneren derechos.
Hablemos de algunas de las parafilias más conocidas
Fetichismo
Mientras en la mayoría de los casos el interés sexual se construye alrededor del encuentro o la interacción entre personas, en el fetichismo la atención se concentra en objetos o detalles: ropa, accesorios, materiales, juguetes, comida, entre otros.
Pero, cuando el foco está puesto, por ejemplo, únicamente en una parte del cuerpo, se habla de una variante conocida como parcialismo.
Voyeurismo
Aquí el papel es más bien pasivo. La gratificación proviene de presenciar momentos íntimos ajenos —como el desnudo o una relación sexual— sin que quienes los viven sepan que están siendo observados.
Masoquismo y sadomasoquismo
Lo sexual se asocia con vivir dolor o humillación. Cuando estas prácticas son pactadas, consensuadas y recreadas entre los involucrados, no se entienden como un trastorno.
Sabemos que puede confundirse con el sadismo, por lo que es preciso aclarar que “un masoquista es alguien que disfruta recibiendo dolor, mientras que un sádico es alguien que disfruta infligiéndolo”, explica el portal sobre salud y bienestar Verywell Mind.
Es decir que esta última se caracteriza por la excitación que se obtiene al causar daño, sufrimiento o humillación a otra persona. La gratificación proviene del control o del malestar ejercido, especialmente cuando no existe consentimiento.
Sobre otras parafilias...
En distintos portales y estudios se incluyen conductas como la pedofilia o el frotteurismo dentro de las categorías que analizan los patrones de interés sexual atípicos para detectar las señales de alerta, promover su prevención y orientar tratamientos.
Es importante aclarar que, más allá de su estudio clínico, estas prácticas tienen consecuencias legales y psicológicas en el caso de las víctimas. Por ende, en esta nota no se explican.
El manual médico estadounidense MSD explica que la presencia de intereses sexuales poco frecuentes no es, en sí, un problema clínico. En los adultos, es muy común que exista diversidad en las fantasías o en las prácticas, siempre que estas se den en contextos de consentimiento y no impliquen daños graves.
El hecho de que alguien tenga fantasías o conductas sexuales que no son habituales no significa automáticamente que tenga un problema de salud mental. La línea que los divide está, básicamente, en si la conducta empieza a afectar otras áreas de la vida de la persona (familia, pareja, trabajo, vida social). Se considera un trastorno parafílico cuando perjudica de manera directa al individuo o a su entono, genera incomodidad, existe acoso, siente vergüenza o tiene dificultad para mantener relaciones sexuales fuera de ello.
Según la revista de la UNAM, citada al inicio de este artículo, el tratamiento le apunta a la terapia conductual para modificar el interés sexual de la persona y reacondicionarlo, “así como programas de manejo de la ira, gestión del enfado, relajación y promover la empatía con la víctima”.
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