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Por qué a los hombres les enseñaron a no llorar

Tenían que ser proveedores, fuertes, inquebrantables. Responder. Competir. Producir. No sentir.

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Redacción Amor
08 de febrero de 2026 - 12:00 a. m.
Por qué a los hombres les enseñaron a no llorar
Foto: Getty Images - OsakaWayne Studios
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Sabemos que, durante décadas, las mujeres se han visto obligadas a aceptar todo tipo de interpretaciones, teorías, explicaciones y discursos sobre la evidente situación de desventaja que día a día deben enfrentar en sus vidas.

Se les exige que sean expertas financieras en microeconomía, pedagogas con maestría en educación y psicología, chefs de cinco estrellas y, además, que se vean como reinas de belleza. También han tenido que resistir (y aceptar) discursos sobre una supuesta predominancia física, mental y hasta actitudinal que explicaría sus peores salarios, los obstáculos que deben enfrentar para llegar a posiciones de liderazgo y hasta el pago del “impuesto rosa”.

Entonces, el discurso sobre las cargas históricas del género ha puesto el foco —y con razón— en las mujeres: en lo que no eligieron, en lo que les fue impuesto, en los roles que debieron asumir. Pero existe otro punto de partida posible. Uno que no niega esas violencias ya ejercidas, pero que permite ubicar a los hombres dentro del mismo entramado social que los formó.

Tenían que ser proveedores, fuertes, inquebrantables. Responder. Competir. Producir. No sentir. Todo eso dentro de un contexto histórico y cultural que definió el “ser un buen hombre”.

Por eso, pensar lo masculino únicamente desde lo psicológico, sin tener en cuenta la sociedad que lo moldeó, resulta insuficiente. Porque, aunque suene obvio, los hombres tampoco eligen cómo ser hombres, no comienzan desde cero. “No sentir se vuelve casi una respuesta automática ante una exigencia histórica”, señala Viviana Daza Alayón, psicóloga de la Universidad Konrad Lorenz, especialista en psicología jurídica y consteladora familiar.

Una programación que se ha transmitido durante siglos, generación tras generación, de abuelo a padre y a hijo.

El “analfabetismo emocional” masculino

Pero las consecuencias de esa desconexión no se quedan en el plano teórico. Porque aparecen las cifras que se reflejan en comportamientos. Porque los hombres registran mayores tasas de consumo de alcohol y sustancias psicoactivas, presentan los índices más altos de suicidio consumado y un aumento sostenido en diagnósticos de ansiedad y depresión, en muchos casos asociados a conflictos de pareja.

Parte del problema es que, cuando las emociones no se nombran, terminan expresándose de otras maneras. La tristeza suele leerse como cansancio; el miedo, como necesidad de control; la vergüenza, como aislamiento; la ansiedad, como trabajo excesivo. “Lo que no se procesa emocionalmente se enquista”, advierte la terapeuta.

“La emoción es un mensajero, no una casa”, añade. El dolor sano informa, señala que algo no está bien y permite gestionarlo. El dolor adictivo, en cambio, se vuelve identidad y una manera de justificarse. El acostumbrado “yo soy así”.

Cuando alguien se queda fijado en el dolor, suele haber una ganancia secundaria: atención, justificación, zona de confort. El aislamiento, el silencio o la evasión evitan la incomodidad del cambio. “Hay gente que no madura, solo envejece”, asegura un dicho popular.

Por eso, aprender a nombrar lo que se siente no es una moda ni una patologización de la emoción humana. Es una herramienta básica. El problema no es poner en palabras lo que pasa, sino convertir cada emoción en un diagnóstico. “En ese sentido, el lenguaje funciona como un puente: permite entenderse y ser entendido”, afirma Daza.

Claro que es preciso aceptar algo: en esta época han aumentado los espacios de autocrítica masculina.

En los últimos años han surgido espacios que intentan abrir esa conversación. Podcasts, entrevistas y contenidos donde hombres hablan de vulnerabilidad, miedo y vergüenza sin ironía ni burla. “Aprendemos por imitación”, explica la terapeuta. Ver a otros hombres hablar desde la emoción habilita nuevas posibilidades. Lo mismo ocurre con los vínculos cercanos: padres presentes, amigos sensibles, referentes masculinos que no se construyen desde la dureza o la competencia.

Como lo explica Daza, todavía hace falta la creación de espacios masculinos no competitivos. Mientras abundan los círculos de mujeres y los espacios comunitarios, muchos hombres siguen reuniéndose casi exclusivamente en escenarios de rendimiento, de exigencia (como los partidos de fútbol, por ejemplo). Espacios donde aún debe decidirse quién es el mejor. Salir de ahí también es una forma de transformación.

Redefinir el éxito

Parte del cambio implica revisar qué se entiende por éxito masculino. Durante décadas, estuvo asociado al dinero, la fuerza, el estatus, la resistencia. Aguantar. No fallar, no pedir ayuda. Pero ese modelo tiene un costo alto.

Validar el descanso, los vínculos sanos, la posibilidad de equivocarse y de ser sostenido no debilita a los hombres. Al contrario. “Sentir jamás pone en riesgo la pertenencia, el valor ni la identidad”, afirma la especialista.

El cuerpo es la puerta de entrada al mundo emocional, y durante años fue tratado solo como herramienta, no como territorio sensible. Por eso, aunque parezca un tanto obvio, hay que volver a lo básico: respirar, habitarlo, escucharlo, moverse sin la lógica del rendimiento.


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Por Redacción Amor

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