Por qué las primeras impresiones engañan: así funcionan el efecto ‘halo’ y el efecto ‘horn’

Atractivo físico, estatura o edad pueden influir en juicios que creemos objetivos.

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Redacción Amor
02 de marzo de 2026 - 01:53 p. m.
Lo que pensamos de una persona en segundos puede afectar cómo interpretamos todo lo demás que hace.
Lo que pensamos de una persona en segundos puede afectar cómo interpretamos todo lo demás que hace.
Foto: Getty Images
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Las decisiones que tomamos rara vez son tan objetivas como creemos. El primer paso es aceptarlo: los seres humanos podemos dejarnos llevar por el “instinto” y no siempre actuar de forma racional. Y se puede comprobar por la manera en que evaluamos a otras personas en el trabajo, en las amistades y, sobre todo, en el amor.

Aunque quisiéramos ir en contra de ese refrán popular que asegura que “todo entra por los ojos”, no es algo que podamos controlar del todo, porque, en realidad, nuestros juicios están atravesados por ciertas configuraciones mentales que simplifican la realidad.

Hoy queremos hablarle del efecto halo y su “gemelo malvado”. Este primero es un sesgo cognitivo que influye en cómo atribuimos cualidades a alguien a partir de una primera impresión. A través de él es posible explicar por qué se extiende una percepción positiva hacia otros rasgos que no necesariamente guardan relación entre sí. Por ejemplo, si alguien nos agrada en lo superficial, es más probable que creamos que también puede ser inteligente, amable o buena persona, aun cuando no existan pruebas para lanzar una juicio de valor así.

Su contraparte funciona de manera similar: cuando la impresión global es negativa, hasta los detalles mínimos tienden a interpretarse también de forma desfavorable. A este mecanismo se le conoce como efecto diablo, horn o efecto halo invertido.

Según explica Laura Calonge en Ethic, medio de comunicación en España, ambos conceptos forman parte de un conjunto de sesgos cognitivos identificados durante el siglo XX y vinculados de forma ilustrativa con la imagen del ángel y el demonio. El término “halo” hace referencia al resplandor o aura asociado a las figuras divinas, mientras que “horn” —que significa cuerno en inglés— se remite a las representaciones de lo demoníaco, encontradas sobre todo en la Biblia.

Cuando un asesino puede verse, incluso, “sexy”

Para explicarlo, debemos comenzar por la cara “menos amable” de este fenómeno.

El llamado efecto horn entra en juego cuando percibimos ciertas características como negativas o poco atractivas y condicionan, inevitablemente, lo qie pensamos de una persona. Bien sea por género, edad, origen social o rasgos físicos, pueden salir a flote los prejuicios que afectan oportunidades y perspectivas.

El medio español recoge, por ejemplo, investigaciones sobre sesgos en evaluaciones académicas y judiciales que muestran diferencias en los resultados según la identidad atribuida a quien realiza un trabajo o enfrenta un proceso legal. Pero todo “ángel” también pudo ser demonio alguna vez.

Esto de romantizar o sentir simpatía por alguien cuando es atractivo ocurre mucho, de hecho, con los asesinos seriales que tienden (o tendían) a encajar en un canon de belleza. Aunque los hechos sean comprobables, parece que la severidad con la que, al menos una parte del mundo exterior los percibe, varía. Si todavía no nos cree, veamos, por ejemplo, a Jeffrey Dahmer:

Según BBC Mundo, el criminal “al principio llevaba a su casa a hombres que seducía en los bares, pero después les comenzó a ofrecer dinero para posar desnudos para él”. Cometió alrededor de 17 asesinatos, actos de necrofilia y canibalismo.

Pero todo eso pareció menos relevante cuando el protagonista de la serie de Netflix que intentaba retratarlo era Evan Peters. Recordemos el furor que hubo al respecto, similar al de Ted Bundy y su serie, cuyo reparto encabezaba Zac Efron. El efecto era tal, que la gente llegaba incluso a cuestionar su culpabilidad en los crímenes o a asegurar que también habrían caído en sus “encantos”.

¿Por qué? Sencillo: tanto los actores como los asesinos eran considerados atractivos.

Como lo explica Marita Alonso, autora de "‘Cute, but psycho’: ¿Qué pasa cuando el asesino es guapo?", en la web de 20 Minutos: “tal y como ocurre con las celebridades, a causa de este tipo de contenidos y de series que romantizan con la figura del criminal, los asesinos se han convertido en productos de consumo más que ha pasado a formar parte de la cultura pop, algo que ha hecho que emergen fans, las denominadas ‘murder groupies’”.

No es un fenómeno que surgió con la televisión

Aunque los ejemplos nos ayudan a entender su dimensión, solo lo visibilizan. El origen académico de esta dualidad entre el bien y el mal y cómo nos afecta se remonta a 1920, cuando el psicólogo estadounidense Edward Thorndike publicó A Constant Error in Psychological Ratings en el Journal of Applied Psychology. Allí, asegura Ethic, se observó que algunos oficiales militares evaluaban a sus subordinados de manera “coherente” entre distintas categorías. Lo escribimos entre comillas porque la lógica era, básicamente, que una impresión positiva en algún aspecto influía automáticamente en la valoración de los demás. No correspondía al desempeño real, sino a una percepción previa que definía el resto de puntos a calificar.

Investigaciones posteriores, citadas por el mismo medio, ampliaron el análisis hacia factores sociales como, ya hemos mencionado, el atractivo físico. Estudios como What is beautiful is good (1972), explican, mostraron que la apariencia influye en la atribución de cualidades morales o de personalidad y que estas terminan afectando la percepción de competencia o de imparcialidad.


¿Cree usted que idealiza a ciertas personas antes de conocerlas lo suficiente? Lo leemos en los comentarios.


👗👠👒 Entérese de otras noticias sobre Amor en El Espectador.

Por Redacción Amor

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.